Por amarte así

Café de mi vida

La habitación tenía un encanto rústico, con paredes de piedra, una cama con cobertores tejidos a mano y una ventana que dejaba ver el amanecer tímido de la ciudad. Celi despertó con el sonido de los pájaros y un aroma embriagador que flotaba en el aire.

Era café.

Se sentó en la cama, recordando los eventos de la noche anterior. Había llegado a esa posada de la mano de un extraño, alguien que, de alguna forma, había sido su salvación en medio del caos. Miró a su alrededor y, por un momento, sintió que estaba en otro mundo. No en Londres, no en su departamento, sino en una historia que apenas comenzaba a escribirse.

Se levantó, se lavó la cara y, aún en pijama, se asomó al pequeño balcón. Desde ahí podía ver un patio central, adornado con macetas de barro y mesas de madera. En una de ellas, un hombre preparaba café con una precisión casi artística.

Celi observó con curiosidad. Lo reconoció de inmediato.

Era él.

El hombre que la había ayudado la noche anterior ahora estaba detrás de una barra de café, con las mangas de su camisa remangadas y una expresión concentrada mientras manejaba una cafetera de cobre. El aroma era tan envolvente que, por primera vez en su vida, sintió el impulso de ir y probar la bebida que menos le gustaba: el café.

Después de vestirse con un conjunto sencillo, pero cómodo, bajó las escaleras y se acercó con cautela.

Él levantó la mirada y le dedicó una leve sonrisa.

-Buenos días. ¿Dormiste bien? -

Celi asintió.

-Sí... gracias.

-¿Café? -preguntó él, levantando una taza de cerámica.

Celi titubeó.

-No me gusta el café.

Él arqueó una ceja, divertido.

-Entonces no has probado el correcto.

-Dudo que eso cambie.

-Desafío aceptado -respondió con una media sonrisa, sirviendo el líquido oscuro en una taza humeante.

Celi lo miró con escepticismo cuando él se la ofreció.

-Pruébalo. Si no te gusta, no vuelves a intentarlo. Pero estoy seguro de que te arrepentirás si no lo pruebas-

Ella tomó la taza con cierta resignación. Sus experiencias pasadas con el café siempre habían sido amargas y desagradables, pero había algo en la confianza de aquel hombre que la hacía dudar.

Llevó la taza a sus labios y tomó un sorbo.

Sus papilas gustativas se sorprendieron.

No era amargo ni insípido, sino una mezcla de sabores profundos, con un toque a chocolate y especias, y una suavidad inesperada.

Celi bajó la taza lentamente, sin poder disimular su sorpresa.

Él sonrió con satisfacción.

-Lo sabía.

Ella frunció el ceño.

-No te emociones. Solo es... diferente.

-Bienvenida al verdadero café mexicano.

Celi le sostuvo la mirada antes de rendirse y admitir:

-Está delicioso.

Él extendió la mano con confianza.

-Emilio Garza Sánchez. Propietario de esta posada... y cafetero a tiempo completo en lo que contrato a alguien-

Celi dudó un momento antes de tomar su mano.

-Celeste Thomson... pero todos me dicen Celi.

El contacto de sus manos fue breve, pero suficiente para que Celi sintiera un ligero cosquilleo.

Se quedaron en silencio por unos segundos. Luego, Emilio señaló el patio con la cabeza.

-Siéntate. Hay pan dulce, chilaquiles y fruta con yogurt si quieres desayunar.

Celi, aún sorprendida por lo bien que sabía aquel café siguió tomando pequeños sorbos mientras caminaba y se sentó en una de las mesas.

Mientras desayunaba, observó a Emilio moverse con soltura en su cafetería, saludando a los huéspedes y preparando bebidas con la misma precisión con la que un bailarín ejecuta una coreografía.

Había algo en él que la intrigaba.

Tal vez, después de todo, México tenía más sorpresas de las que esperaba.

El sonido del tráfico matutino de la ciudad se mezclaba con el aroma del café recién hecho y el murmullo de los huéspedes de la posada que bajaban a desayunar. Celi, aún acostumbrándose al ritmo de México, había pasado la mañana revisando su teléfono, intentando entender los correos del seguro de viaje.

Pero había un problema.

-No entiendo nada -murmuró en voz baja, frunciendo el ceño mientras releía la información en español.

Las palabras burocráticas y los términos legales eran un desafío incluso en inglés, así que en español la tarea era doblemente frustrante.

Emilio, que estaba organizando algunas facturas en la barra del café, notó su expresión de confusión.

-¿Todo bien?

Celi suspiró.

-Tengo que hacer el trámite del seguro por el accidente, pero... -levantó la pantalla de su teléfono- no entiendo qué documentos necesito ni dónde tengo que ir.

Emilio dejó lo que estaba haciendo y se acercó, apoyando una mano en la mesa.

-Déjame ver.

Ella le pasó el teléfono y él leyó rápidamente el correo.

-Ok, necesitas ir a la oficina de la aseguradora para hacer el reporte en persona. Está en el centro de la ciudad.

Celi lo miró con incertidumbre.

-No creo poder hacerlo sola... Mi español no es tan bueno y esto parece complicado.

Emilio sonrió con tranquilidad.

-Yo te acompaño.

Ella parpadeó sorprendida.

-¿En serio?

-Claro. No tienes por qué hacerlo sola.

Por alguna razón, aquellas palabras hicieron que Celi se relajara un poco. Desde que había llegado a México, se había sentido completamente fuera de lugar, pero Emilio tenía una forma de hacer que todo pareciera más fácil.

-Gracias -dijo con sinceridad.

-No hay de qué. Pero si vamos a salir, también aprovecharemos para hacer algo más divertido.

Celi arqueó una ceja.

-¿Como qué?

Emilio se encogió de hombros con una sonrisa traviesa.

-No sé lo pensaré de camino a la aseguradora-

La mañana avanzó mientras tomaban un taxi hacia el centro. A través de la ventana, Celi observaba la ciudad con ojos curiosos. Todo en México era vibrante: los colores de las fachadas, los mercados llenos de vida, la música que parecía surgir en cada esquina.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.