Celi no podía dormir.
Había cerrado los ojos una y otra vez, pero su mente seguía despierta, atrapada en una maraña de pensamientos. La obra, la historia de Carlota, su llegada a México, Emilio y la extraña sensación de que todo lo que estaba viviendo tenía un propósito más grande de lo que imaginaba.
El insomnio la devoraba lentamente.
Suspiró y se sentó en la orilla de la cama, mirando la tenue luz de la luna filtrándose por la ventana. El aire nocturno se sentía fresco, invitándola a salir. Sin hacer ruido, tomó sus zapatillas de ballet y salió al patio de la posada.
El suelo de piedra estaba frío bajo sus pies, pero no le importó. Se paró en el centro del patio, cerró los ojos y dejó que su cuerpo hablara por ella.
Llevó los brazos al frente y tomó posición. Sus pies marcaron el primer movimiento y, sin más, comenzó a bailar la danza del cisne negro.
Cada giro, cada extensión, cada salto era una liberación silenciosa. El mundo a su alrededor se tornó oscuro, reducido solo a los latidos de su corazón y al ritmo de su cuerpo. Era una batalla entre la belleza y la tragedia, entre la perfección y el dolor.
Desde el balcón superior, Emilio la observaba en silencio.
Apoyado contra la barandilla, con los brazos cruzados sobre el pecho, dejó que su mirada se perdiera en ella. Su baile era hermoso, pero no de la manera en que lo sería en un escenario. No tenía luces deslumbrantes ni público aplaudiendo. Lo que veía ahora era crudo, íntimo... un dolor convertido en arte.
Algo en Celi le decía que su viaje a México no era solo una escapada turística.
Ella buscaba algo. O quizás huía de algo.
Celi giró con precisión, su falda ondeó como una sombra en la noche, sus pies se deslizaron con una ligereza inhumana, pero la tensión en sus movimientos revelaba lo que sus labios no decían.
El dolor era satisfactorio.
El cansancio ardía en sus músculos, pero no se detenía. No quería detenerse.
Hasta que lo sintió.
Un roce sutil en su cintura, un tacto casi imperceptible.
Su respiración se agitó y, con un rápido giro, se detuvo en seco. Miró a su alrededor.
No había nadie.
Su pecho subía y bajaba rápidamente, su piel erizada por la fría brisa nocturna y... por algo más.
Por un momento, pensó que había sido...
No importaba ya.
Cerró los ojos y respiró profundo, tratando de recuperar el control sobre su mente.
Desde arriba, Emilio no apartó la mirada.
No entendía qué era lo que Celi llevaba dentro, pero una cosa era segura: lo que ella callaba, su cuerpo lo gritaba a través del baile.
Y él quería saber qué era.
La mañana llegó con la calidez del sol filtrándose por las ventanas de la posada, pero Celi no bajó a desayunar.
Emilio esperaba verla sentada en su mesa habitual, con su postura elegante y su mirada distraída en el café que tanto había despreciado al principio. Pero no estaba allí.
El restaurante estaba tranquilo, los huéspedes disfrutaban de sus desayunos, y el aroma a pan recién horneado flotaba en el aire. Pero para Emilio, nada de eso importaba. Su mirada recorría el lugar en busca de la silueta de Celi.
No había rastro de ella.
Su mandíbula se tensó. ¿Había salido sin avisar? ¿Se había ido sin despedirse?
No. No lo haría.
La ansiedad se enredó en su pecho. No entendía por qué, pero la idea de que ella hubiera desaparecido sin decir nada lo ponía de mal humor.
Con pasos largos y decididos, caminó hacia las habitaciones, pero antes de llegar, una sombra apareció por la parte trasera del patio.
Celi.
Su figura se recortaba contra la luz del sol, con los hombros ligeramente caídos y el cabello en un desorden natural. Se veía cansada. Demasiado.
Emilio se detuvo en seco, observándola en silencio por un momento antes de acercarse.
-Vaya, pensé que te habías escapado -bromeó, pero su tono tenía un dejo de preocupación.
Celi levantó la vista, con una sonrisa tenue y forzada.
-No suelo huir, solo... no dormí bien.
Sus ojos delataban el insomnio.
Emilio suspiró, rascándose la nuca.
-Entonces necesitas esto -dijo, haciéndole una seña para que lo siguiera hasta el restaurante.
Celi no discutió. Caminó junto a él y se dejó caer en una de las sillas.
Emilio se fue directo a la barra y preparó el café más intenso que tenía. Un aroma fuerte e inconfundible se extendió por el lugar cuando colocó la taza frente a ella.
-A ver si esto logra despertarte -dijo con una sonrisa ladeada.
Celi tomó la taza con ambas manos, sintiendo el calor traspasar su piel. Le dio un sorbo lento y profundo.
El amargor la golpeó, pero no fue desagradable. Era fuerte, envolvente. Como un golpe de realidad en medio de su letargo.
Pero ni siquiera eso logró despertarla del todo.
Emilio la miró fijamente.
-Podemos reconsiderar lo de volar. Si no te sientes bien, lo dejamos para otro día.
Celi negó con la cabeza de inmediato.
-No. Quiero hacerlo hoy. No pienso rechazar la oferta.
Había una firmeza en su voz que no daba lugar a discusión.
Emilio la observó por unos segundos antes de asentir.
-De acuerdo. Pero primero dúchate, cámbiate y descansa un poco. Tenemos tiempo.
Celi tomó el último sorbo de café y se levantó con lentitud.
-Nos vemos en un rato.
Subió a su habitación y dejó escapar un suspiro cuando cerró la puerta tras de sí.
El agua caliente de la ducha la recibió, relajando sus músculos cansados. Pero cuando bajó la mirada, algo la hizo detenerse.
Un escalofrío recorrió su pecho.
Sus dedos tocaron la cicatriz alargada que surcaba su piel, justo debajo de su clavícula.
Un recordatorio del pasado.
Su respiración se agitó un poco, pero cerró los ojos e intentó ignorar la sensación.
Pasado era pasado.
Al salir, encontró a Emilio esperándola en el patio trasero con una sonrisa expectante.
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Editado: 18.03.2026