El comedor de la posada estaba iluminado con luces cálidas, creando un ambiente íntimo y acogedor. Emilio había preparado una cena especial para Celi, esmerándose en cada detalle. La mesa estaba adornada con flores frescas y velas encendidas, mientras que un pequeño grupo de mariachis tocaba en vivo, sus voces resonando con la melancólica melodía de "Qué bonito amor".
Celi suspiró suavemente, disfrutando de la escena.
-Es hermoso... -murmuró con una sonrisa melancólica.
Emilio, sentado frente a ella, le sostuvo la mirada.
-La música mexicana tiene algo especial -dijo con voz serena-. Es pura emoción, cada canción cuenta una historia.
Celi jugueteó con el borde de su copa de vino antes de responder.
-Lo he notado. No se parece a nada de lo que suelo escuchar en Inglaterra... Hay tanta pasión en cada nota, tanta nostalgia.
Emilio sonrió levemente.
-México es un país de emociones intensas. Aquí se ama, se sufre y se celebra con la misma intensidad.
Celi apoyó el codo sobre la mesa y dejó reposar su barbilla sobre su mano.
-Es curioso... jamás pensé que México me cautivaría de esta manera. No solo la música, sino la historia, la arquitectura, la gente...
Emilio arqueó una ceja con interés.
-¿Y qué esperabas encontrar aquí?
Celi se encogió de hombros, riendo un poco.
-No lo sé... Supongo que tenía una idea muy superficial. Pensaba en playas, tequila, fiestas. Pero hay mucho más que eso.
-Mucho más -asintió Emilio-. Me alegra que lo estés descubriendo.
El ambiente se mantenía cálido, con la conversación fluyendo con naturalidad. Pero de pronto, el teléfono de Celi vibró sobre la mesa.
Ella frunció el ceño al ver un número desconocido.
-¿Esperas una llamada? -preguntó Emilio al notar su expresión.
-No... -respondió ella con incertidumbre antes de deslizar el dedo por la pantalla y contestar-. ¿Hola?
Silencio.
Solo se escuchaba una respiración profunda y entrecortada.
El cuerpo de Celi se tensó de inmediato.
-¿Hola? -repitió, su voz temblorosa.
Nada.
Y entonces, una risa.
Una risa distorsionada, macabra, como si viniera de las profundidades de una pesadilla.
El color se desvaneció del rostro de Celi. Sus dedos se aferraron al teléfono con fuerza mientras su respiración se agitaba.
Emilio se levantó de inmediato y rodeó la mesa para colocarse a su lado.
-Celi, ¿qué pasa? ¿Quién es?
Ella no respondió. Sus ojos estaban fijos en la pantalla, como si se hubiera congelado en el tiempo.
La risa continuaba, resonando en su cabeza como una sombra de su pasado. Hasta que, abruptamente, la llamada se cortó.
Celi dejó caer el teléfono sobre la mesa y se cubrió el rostro con las manos.
-No... no puede ser... -murmuró con la voz quebrada.
Emilio se arrodilló a su lado, apoyando una mano en su hombro.
-Celi, dime qué está pasando. ¿Quién era?
Ella negó con la cabeza, sintiendo cómo su cuerpo entero temblaba.
-No dijeron nada... solo... esa risa...
Emilio frunció el ceño.
-¿Te están siguiendo? ¿Alguien te está amenazando?
Celi cerró los ojos con fuerza. No quería hablar. No quería recordar.
-No puedo volver a Inglaterra... no sola...
Emilio sintió un nudo en el estómago al verla así. Nunca la había visto tan vulnerable, tan asustada.
Tomó su mano con suavidad y, con voz firme, le dijo:
-Entonces no vuelvas sola. Ven conmigo.
Celi abrió los ojos, sorprendida por su propuesta.
-¿Contigo...?
-A mi casa -explicó Emilio-. Vivo con mis padres y mis hermanos. No estarás sola.
Ella bajó la mirada, mordiéndose el labio.
-No quiero ser una carga para ti...
-No lo serás -afirmó Emilio con determinación-. No sé exactamente qué está pasando, pero si necesitas ayuda, quiero dártela.
Celi sintió que sus defensas se desmoronaban.
Tomó aire profundamente y, con un leve temblor en la voz, susurró:
-Está bien... iré contigo.
Emilio apretó su mano con suavidad.
-No tienes que enfrentarlo sola, Celi. Sea lo que sea... no estás sola.
Los mariachis seguían tocando en el fondo, pero ahora, la velada tenía un matiz completamente diferente.
Celi sabía que su viaje a México había tomado un giro inesperado.
Y que, tal vez, Emilio era la única persona que podía ayudarla a enfrentar su pasado.
-----------------------------------------------------------
El ambiente en el comedor se había transformado. Donde antes había calidez y música, ahora flotaba una tensión densa, un miedo silencioso que se filtraba en cada rincón de la posada.
Celi permanecía sentada, su cuerpo aún temblando tras la llamada, sus manos aferradas al borde de la mesa como si necesitara sostenerse de algo para no derrumbarse.
Emilio la observaba con preocupación. Nunca la había visto así. Siempre tan serena, tan segura de sí misma, pero en este momento parecía al borde de un abismo invisible.
-Celi... -murmuró con cautela.
Ella no respondió. Sus ojos estaban clavados en la nada, su respiración agitada.
De repente, comenzó a hiperventilar.
Emilio se alarmó al verla llevarse una mano al pecho, como si le faltara el aire.
-¡Celi, mírame! -dijo, inclinándose hacia ella.
Pero ella seguía perdida en su propio pánico.
-No puedo... -jadeó-. No puedo respirar...
Emilio reaccionó sin pensarlo dos veces. Se arrodilló a su lado y tomó su rostro entre sus manos, obligándola a verlo.
-Celi, escúchame -su voz era firme, pero suave-. Respira conmigo.
Celi sacudió la cabeza, sintiendo cómo todo a su alrededor se desmoronaba.
-No... no puedo...
-Sí puedes. Solo sigue mi ritmo -Emilio inspiró profundamente-. Inhala...
Ella intentó imitarlo, pero su respiración seguía entrecortada.
-Bien, otra vez. Inhala... exhala... lentamente.
Celi cerró los ojos con fuerza, tratando de concentrarse en su voz.
#5525 en Novela romántica
#1557 en Chick lit
mexico, persecucion y amor, secretos deseos y amores complicados
Editado: 18.03.2026