Por amarte así

Celi

El suelo de madera crujía levemente bajo sus pies descalzos mientras Celi recorría los pasillos de la posada. La iluminación tenue proyectaba sombras alargadas en las paredes, dando un aire aún más nostálgico al lugar.

Se detuvo frente a un cuadro de colores vibrantes que representaba una escena de campo con una mujer de vestido blanco sosteniendo una canasta de frutas. Por un momento, sintió un vacío en el pecho. Su mente la traicionó con imágenes de su niñez, de su hogar en Inglaterra, de su hermano... pero sacudió la cabeza y apartó la mirada.

Continuó avanzando y encontró una pequeña vitrina con figurillas de barro. Con dedos temblorosos, tomó una de ellas: un pequeño danzante con los brazos abiertos, como si estuviera flotando. Celi lo sostuvo un rato, acariciando sus detalles con la yema de los dedos, sintiendo la textura áspera del material.

-Siempre bailando... -susurró para sí.

Dejó la figura en su sitio y siguió caminando.

Entonces lo vio.

El espejo era alto y antiguo, con un marco de madera tallada con intrincados detalles. La superficie reflejaba la tenue luz del pasillo y su propia silueta, inmóvil, atrapada en el cristal.

Los espejos le daban miedo.

Siempre le habían dado miedo.

No porque creyera en supersticiones, sino porque le devolvían la imagen de lo que más odiaba ver: a sí misma.

A la niña rota que fue.

A la bailarina que dejó de brillar.

A la joven que tenía miedo de aceptar que tal vez su vida ya no le pertenecía.

Se acercó un poco más y observó su reflejo con detenimiento.

Los ojos hinchados por el insomnio, la piel pálida, los labios entreabiertos como si quisiera decir algo pero no pudiera encontrar las palabras.

-Emilio me apoya, pero no pretendo ser una carga para él... -murmuró, apenas escuchando su propia voz-. Emilio sabe lo de anoche, pero ni él ni yo sabemos quién fue en verdad... ni qué quería.

Suspiró y apartó la mirada.

Volvió a su habitación y cerró la puerta con cuidado.

Era un cuarto acogedor, con muebles rústicos y un ventanal que dejaba entrar la luz tenue del amanecer. Se quitó la pijama y se quedó solo con su ropa interior, sintiendo la frescura del aire sobre su piel.

Se acercó de nuevo al espejo.

La cicatriz seguía ahí.

Atravesaba su pecho en una línea irregular y pálida.

Alzó una mano temblorosa y la tocó con delicadeza, como si con eso pudiera borrar el dolor que traía consigo.

Los recuerdos la golpearon de inmediato.

Las noches en las que su hermano volvía a casa oliendo a alcohol y drogas.

Los gritos.

Los golpes.

Las veces que ella trató de esconderse, pero no había un solo rincón en su hogar que pudiera protegerla.

El dolor que le causó aquella noche, la peor de todas.

El filo del vidrio contra su piel.

El ardor.

La sensación de que el aire le faltaba mientras su hermano murmuraba disculpas en medio de su borrachera.

Los paramédicos.

El hospital.

El silencio de sus padres.

Y luego, la mentira.

"Te caíste", dijeron.

"Un accidente", dijeron.

Y ella, con el alma rota, decidió callar.

Celi cerró los ojos y sintió cómo las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

-No quiero recordar... -susurró-. No quiero...

Pero los recuerdos no la dejaban.

Miró su reflejo con desesperación y, por un momento, quiso golpear el espejo, romperlo en mil pedazos, destruir la imagen de la chica débil que veía allí.

Pero no lo hizo.

Porque sabía que ni mil pedazos de cristal podrían arrancarle el dolor.

Se limpió las lágrimas y tomó el vestido rojo largo con encaje de rosas. Era hermoso, uno de sus favoritos. Lo había comprado en Inglaterra, antes de viajar a México, imaginando que lo usaría en una ocasión especial.

Se lo puso con cuidado y volvió a mirarse en el espejo.

Seguía viéndose frágil.

Pero al menos, por fuera, parecía fuerte.

-Tienes que ser fuerte -se dijo a sí misma.

De repente, un sonido la hizo sobresaltarse.

**Toc, toc.**

Alguien llamaba a la puerta.

Celi contuvo la respiración.

-¿Celi? -Era Emilio.

Cerró los ojos y se obligó a tranquilizarse.

-Sí, dime.

-Necesito hablar contigo. Es urgente.

El tono en su voz la hizo sentirse aún más inquieta. Se acercó a la puerta y la abrió lentamente.

Emilio estaba ahí, con el ceño fruncido y los ojos oscuros por la preocupación.

-Tenemos que irnos -dijo en voz baja-. Ahora.

Celi sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda.

-¿Qué pasa?

-Solo confía en mí -respondió él, tomando su mano con firmeza-. Te explicaré en el camino.

Celi miró su mano atrapada en la de Emilio y, sin saber exactamente por qué, asintió.

Porque en ese momento, la única certeza que tenía era que quedarse allí no era seguro.




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