Por amarte así

Secretos

El motor del auto rugía mientras Emilio conducía con rapidez, con Celi a su lado, completamente ida, perdida en sus pensamientos. Tomas ya estaba llegando a la posada, pero Emilio tenía claro que no podían quedarse. La sensación de peligro era abrumadora, y por la expresión atónita de Celi, ella lo sentía también.

Celi comenzó a murmurar en inglés, su voz apenas un susurro al principio, pero cada palabra iba cargada de una emoción incontrolable. Emilio intentó entenderla, pero el pánico de la joven no tenía lógica aparente.

-Celi, tienes que calmarte -dijo él, manteniendo una mano en el volante y la otra intentando alcanzar la suya.

-¡No entiendes nada, Emilio! -gritó de pronto, con los ojos llenos de desesperación-. ¡Nos van a encontrar! ¡Nos van a matar! ¡Tú no sabes de lo que son capaces!

Emilio tensó la mandíbula y trató de mantener el control.

-Voy a protegerte. No voy a dejar que nadie te haga daño -dijo con firmeza, pero Celi seguía agitada.

-¡No puedes protegerme! ¡Nadie puede hacerlo! -volvió a gritar, llevándose las manos a la cabeza. Su respiración se volvió errática.

Emilio vio el principio de un ataque de pánico y maldijo en voz baja. No podían permitirse perder el control ahora.

-¡Celi, mírame! -dijo, elevando el tono.

Pero ella estaba atrapada en su propio caos, susurros en inglés escapaban de sus labios mientras sus manos temblaban descontroladamente.

Emilio apretó el volante y golpeó la bocina con frustración. Luego, sin pensarlo más, encostó el auto en una zona segura, tomó aire y giró bruscamente para encarar a Celi.

-¡Celi, maldita sea, escúchame! -rugó con desesperación-. ¡No podemos quedarnos aquí, nos están siguiendo y si sigues perdiendo el control, te van a encontrar más rápido!

Celi lo miró con el terror pintado en su rostro y luego rompió en llanto. Emilio sintió que su propio pecho se oprimía. No quería hacerle daño, pero ella tenía que entender la gravedad de la situación.

-Yo... tengo miedo, Emilio -susurró ella entre sollozos-. Estoy aterrada.

Él suavizó su expresión, respiró profundo y le sostuvo el rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo.

-Lo sé. Pero no voy a dejar que te pase nada. Solo confía en mí. -Su voz fue más baja, más firme, más sincera.

Celi asintió lentamente, aún con los ojos vidriosos.

-¿A dónde vamos? -preguntó con un hilo de voz.

-A Aguascalientes. Tengo un avión, podemos volar hasta allá. Es seguro. Nadie podrá encontrarnos allí -explicó Emilio, acelerando de nuevo.

Celi parpadeó confundida.

-¿Tienes un avión?

Emilio solo asintió y siguió manejando en silencio.

El camino al garaje privado donde Emilio escondía su avión fue tenso. Cuando llegaron, Emilio salió rápidamente del auto y abrió la enorme puerta metálica. Celi lo siguió, aún con la respiración entrecortada.

Pero lo que vio la dejó completamente helada.

Entre las sombras, Emilio comenzó a sacar armas de un compartimento oculto en el suelo del garaje. Una, dos, tres pistolas. Una escopeta. Municiones. Todo en perfecto orden.

Celi retrocedió un paso, su mente procesando la escena con incredulidad.

-¿Quién eres en realidad, Emilio? -susurró, su voz cargada de miedo.

Emilio la miró en silencio por un momento antes de acercarse lentamente hasta quedar peligrosamente cerca de ella. Su mirada oscura y seria.

-Así como tú tienes un pasado que no quieres contar -susurró-, yo también tengo uno del cual no pienso decir nada. -Se inclinó ligeramente, dejando que su aliento chocara contra el rostro de Celi-. Mi vida desde niño ha sido dura. Pero sé defenderme, sé ganarme la vida y sé pelear. Tanto así que soy respetado en cualquier lugar de México.

Celi tragó saliva.

-La posada...

-Es mi refugio. Mi lugar seguro. Pero la gente que me busca sabe que enfrentarse a mí es su sentencia de muerte -continuó Emilio sin titubeos.

Celi sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sus piernas temblaban y su mente estaba al borde del colapso.

Emilio iba a decir algo más cuando, de repente, Celi se tambaleó. Sus ojos se desenfocaron y, sin más, su cuerpo se desplomó contra él.

-¡Celi! -Emilio la atrapó justo a tiempo.

La sostuvo entre sus brazos, su piel fría, su respiración agitada. Maldijo por lo bajo y la cargó con rapidez, subiéndola al avión junto con sus cosas. No había más tiempo que perder.

Una vez dentro, Emilio se aseguró de que Celi estuviera bien sujeta en el asiento antes de encender el motor. El rugido del aparato resonó en la inmensidad del hangar.

-Aguanta, Celi -susurró Emilio, mirando de reojo su frágil figura desmayada.

Activó los controles y tomó vuelo.

En cuestión de minutos, el avión estaba en el aire, alejándose de la ciudad y del peligro inminente.

Rumbo a Aguascalientes.

El viaje sería de tres horas.

Pero Emilio tenía la sensación de que aquel era solo el inicio de algo mucho más grande.

El sonido del motor del avión zumbaba de fondo mientras Emilio mantenía una mano firme sobre los controles. La noche estaba despejada, y la luz de la luna iluminaba el interior de la cabina con un resplandor tenue.

Celi comenzó a moverse lentamente, sus párpados temblando antes de abrirse por completo. Al principio, parecía desorientada, como si no entendiera dónde estaba.

-¿Dónde... dónde estamos? -murmuró con voz rasposa.

Emilio la miró de reojo, aliviado de verla despierta.

-Estamos en el aire, camino a Aguascalientes -respondió con calma.

Celi parpadeó varias veces y trató de incorporarse en su asiento, pero su cuerpo aún se sentía pesado. Entonces, recordó todo: el garaje, las armas, Emilio hablándole con una firmeza que la aterraba.

Su mirada se clavó en él, con una mezcla de miedo y confusión.

-¿Quién eres realmente, Emilio?

Él suspiró. Sabía que esa pregunta llegaría en algún momento.




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