Por amarte así

Vino agridulce

La puerta principal se abrió con un chirrido leve, revelando un majestuoso vestíbulo de techos altos y detalles coloniales. Celi sintió cómo su corazón latía con fuerza al entrar. La casa era tan enorme que la posada de Emilio no se comparaba en lo absoluto.

En la entrada, varios trabajadores esperaban alineados, con miradas respetuosas pero curiosas. Emilio los saludó con una inclinación de cabeza y luego, con una seguridad impresionante, tomó la mano de Celi.

-Quiero que conozcan a Celi -dijo con voz firme-. Mi novia.

Celi sintió que el aire abandonaba sus pulmones. ¿Novia? Sus ojos se abrieron con sorpresa y lo miró de reojo. ¿Cuándo habían acordado eso? Sin embargo, su instinto le dijo que lo mejor era seguirle la corriente. Mientras su seguridad estuviera garantizada, no tenía de qué preocuparse.

-Un gusto -murmuró, con un acento apenas entendible.

Los trabajadores inclinaron la cabeza en señal de respeto y algunos incluso sonrieron. Sin darle más tiempo para reaccionar, Emilio la guió hacia la enorme sala principal, donde una multitud de personas los esperaba.

-¡Emilio! -exclamó una voz femenina antes de que un grupo de familiares se abalanzara sobre él con abrazos, besos y palabras de bienvenida.

Celi observó la escena con una mezcla de asombro y desconcierto. Emilio, el hombre que hasta ahora había demostrado ser frío y reservado, se veía completamente en casa entre ellos.

-¡Hijo! -exclamó una mujer de porte elegante mientras lo abrazaba con fuerza.

Celi entendió de inmediato. **Era su madre.**

Después de unos segundos, una chica de alrededor de 16 años se acercó con una sonrisa traviesa. Sus ojos brillaban con una mezcla de admiración y cariño.

-Aitana -la llamó Emilio con una leve sonrisa.

-Pensé que nunca volverías -dijo la joven con un leve puchero, antes de voltear la mirada hacia Celi-. ¿Y ella?

Antes de que Celi pudiera siquiera intentar responder, otro joven, de aproximadamente la misma edad de Emilio, apareció junto a Aitana. Sus facciones eran similares a las de Emilio, pero lo que realmente llamó la atención de Celi fue el tatuaje que ambos llevaban en el antebrazo derecho: una llave con una cadena rodeada de espinas.

-Hermano -saludó el recién llegado, estrechándole la mano con fuerza.

-Damián -respondió Emilio con un leve asentimiento.

Luego, giró hacia Celi y con su tono habitual de seguridad, la presentó de nuevo.

-Ella es Celi, mi novia.

Celi sintió un leve calor en las mejillas, pero mantuvo la compostura. La madre de Emilio la saludó con una sonrisa cálida.

-Bienvenida a nuestra familia, querida.

Celi sonrió con nerviosismo y murmuró un agradecimiento en inglés. Emilio aclaró su garganta y comentó en español que ella no hablaba el idioma y que venía de Inglaterra.

-¿Y a qué se dedica? -preguntó Aitana con curiosidad.

-Era bailarina -respondió Emilio sin titubear.

-¿Era? -preguntó Celi en inglés, frunciendo el ceño.

Emilio le lanzó una mirada rápida, pero no dijo nada más.

Después de unos minutos más de presentaciones y conversación, Emilio la tomó del brazo y la guió por los pasillos de la enorme casa. Subieron una elegante escalera de madera hasta llegar a una habitación espaciosa con una gran ventana que ofrecía una vista impresionante.

-Aquí nos quedaremos -dijo Emilio cerrando la puerta detrás de él.

-¿Nos? -Celi arqueó una ceja.

-No podemos levantar sospechas. Aquí dormiremos juntos, pero yo lo haré en el suelo.

Celi dejó escapar un suspiro y se sentó en el borde de la cama.

-No entiendo nada, Emilio. ¿Por qué fingimos esto? ¿Quién eres realmente?

Emilio se pasó una mano por el cabello y negó con la cabeza.

-No voy a responder más preguntas por ahora -dijo en un tono firme-. Lo que sí voy a hacer es darte algunas instrucciones.

Celi lo miró con incredulidad.

-¿Instrucciones?

-Sí. A partir de ahora, dejarás de ser Celi y te convertirás en Celia Garza.

-¿Garza? -preguntó ella confundida.

-Es un apellido común aquí en La república. Y además, es más seguro para ti -explicó Emilio-. También deberás pintarte el cabello. Castaño o negro, nada de colores llamativos.

-¿Pintarme el cabello?

-Sí. Necesitas pasar desapercibida. Además, tendrás que aprender español lo más rápido posible. No quiero que alguien sospeche de ti solo porque no puedes comunicarte bien.

Celi sintió que su cabeza daba vueltas.

-Y hay algo más -continuó Emilio-. Aquí ya no eres bailarina. Ahora eres la encargada de dirigir el viñedo.

Celi abrió los ojos de par en par.

-¿El viñedo?

Emilio caminó hacia la ventana, corrió la cortina y señaló la vista.

-Es nuestro. La familia lo ha manejado por generaciones.

Celi se levantó y caminó hasta la ventana. Frente a ella, un campo interminable de viñedos se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Más allá, se podía ver una piscina iluminada y un patio enorme.

Celi se quedó en silencio por un momento.

-No sé nada sobre viñedos -susurró.

-Aprenderás -respondió Emilio con tranquilidad.

Ella lo miró, con el miedo reflejado en sus ojos.

-Emilio, esto es demasiado.

-Lo sé. Pero es la única forma de mantenerte con vida.

Celi se mordió el labio y bajó la mirada.

-Gracias -murmuró.

Emilio la observó fijamente y, con un leve encogimiento de hombros, respondió:

-Está bien, Celi.

Ella se sentó en la cama y miró la habitación con expresión ausente.

La puerta de la habitación se cerró con un leve clic, dejando a Celi y Emilio en un silencio tenso. Ella aún procesaba todo lo que acababa de escuchar.

-Entonces... ¿tengo que convertirme en otra persona? -preguntó, con un tono entre incredulidad y molestia.

Emilio se quitó la chaqueta y la arrojó sobre un sillón cercano.

-Es por seguridad, Celi. No es un capricho.




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