Por amarte así

El café de mis mañanas

El sol apenas comenzaba a despuntar cuando Emilio abrió los ojos de golpe, su respiración agitada, el pecho subiendo y bajando con fuerza. Había soñado con aquella carretera, con el ardor de la bala en su hombro, con el eco de los disparos y el grito desesperado de Damián arrastrándolo fuera del campo de batalla.

Sacudió la cabeza. No tenía tiempo para los fantasmas del pasado.

Se puso de pie, vistió su ropa deportiva y salió de la casa sin hacer ruido. El aire fresco de la mañana lo golpeó con fuerza mientras comenzaba a correr por la propiedad, siguiendo el camino de grava que rodeaba el viñedo.

Correr lo ayudaba a despejar la mente. A olvidar, al menos por un momento, que tenía cicatrices que nadie podía ver.

Después de una hora de ejercicio y una sesión intensa de golpes contra el saco de boxeo en la bodega, Emilio se dirigió al viñedo. Ahí lo esperaban sus trabajadores para resolver algunos asuntos sobre la cosecha y la distribución de la uva. Dio órdenes precisas, organizó los horarios y revisó que todo estuviera en marcha antes de encerrarse en su oficina para hacer una llamada.

-¿Tadeo?

-Jefe, ¿cómo le va? -respondió la voz de su hombre de confianza al otro lado de la línea.

-¿Cómo está la posada?

-Sin novedades. Todo tranquilo. Los clientes van y vienen, la mercancía está controlada, los números en orden. Nadie ha preguntado por usted.

Emilio asintió para sí mismo.

-Bien. Mantén todo bajo control. Si notas algo extraño, me avisas de inmediato.

-Sí, señor.

Cortó la llamada y se quedó en silencio por un momento, mirando por la ventana el viñedo extendiéndose hasta el horizonte.

Las cosas estaban tranquilas... por ahora.

Suspiró y se dirigió de nuevo a la casa.

Cuando abrió la puerta de la habitación, encontró a Celi lista, vestida con un conjunto casual pero elegante, su cabello recogido en un moño alto y una sonrisa radiante en el rostro.

-¿Lista para trabajar? -preguntó Emilio con ironía, cruzándose de brazos.

-No. Hoy es mi día de shopping -respondió ella con orgullo, levantando la barbilla.

Emilio cerró los ojos por un instante y respiró profundo.

-¿Shopping?

-Sí. Ropa nueva, zapatos nuevos... y mi cabello necesita un cambio. No puedo ser Celia Garza con este tono de rubio.

Él arqueó una ceja.

-¿Desde cuándo te preocupa tanto encajar?

Celi se encogió de hombros.

-Desde que descubrí que soy la única rubia a kilómetros de distancia.

Emilio rodó los ojos, pero no discutió.

-Vamos entonces.

Salieron de la propiedad y subieron al auto de Emilio, un clásico deportivo de motor rugiente que hacía temblar el pavimento con su potencia.

-¿A dónde vamos? -preguntó Celi, observando el GPS.

-A la ciudad. Estamos en San Francisco de los Romo, y Aguascalientes está a unos cuarenta minutos.

-¿Cuarenta minutos? ¡Eso es mucho tiempo!

-No en este auto -dijo Emilio con una sonrisa ladeada antes de acelerar.

Celi se agarró del asiento mientras el vehículo tomaba velocidad. En menos de media hora, ya estaban en la entrada de la ciudad.

Lo primero que llamó su atención fue un mural en una de las avenidas.

-¡Mira eso! -señaló Celi, fascinada-. ¿Quién es el hombre del sombrero con el gallo?

Emilio le echó un vistazo rápido.

-Ese es un homenaje a Saturnino Herrán, un pintor famoso de aquí.

Celi asintió, intrigada.

-Me gusta. Es lindo.

Finalmente, llegaron a su destino: Altaria.

Desde afuera, el centro comercial no parecía gran cosa, pero en cuanto entraron, Celi abrió los ojos con asombro.

-¡Es enorme! -exclamó.

-Bienvenida a uno de los mejores centros comerciales de la ciudad -comentó Emilio con tono aburrido.

-Esperaba más...

Emilio rió por lo bajo.

-Por supuesto que sí.

La primera parada fue el salón de belleza.

Emilio entregó una imagen como referencia sin que Celi pudiera verla.

-¿Puedo al menos saber qué me van a hacer? -preguntó, desconfiada.

-No. Confía en mí.

Ella frunció los labios, pero no discutió.

Mientras el tinte hacía su efecto, fueron a comprar ropa.

Pasaron de tienda en tienda, eligiendo prendas adecuadas para el viñedo. Emilio nunca pensó que escoger ropa pudiera ser más agotador que una pelea a tiros.

-¿Y este vestido? -preguntó Celi, sosteniendo un conjunto elegante.

-¿Para qué quieres un vestido si trabajarás en el viñedo?

-Para ocasiones especiales -respondió con una sonrisa traviesa.

Emilio suspiró.

-Llévatelo.

Después de cinco horas de compras, Celi terminó su tratamiento capilar.

Cuando salió del salón, Emilio se quedó sin palabras.

Su cabello ya no era rubio. Ahora era un tono chocolate intenso, largo y ondulado, enmarcando su rostro de una manera que lo hacía aún más hipnótico. Sus ojos marrones resaltaban más que nunca.

Emilio tragó saliva.

Celi lo miró con curiosidad.

-¿Qué pasa?

Él desvió la mirada, incómodo.

-Nada.

Celi sonrió, divertida.

-Emilio...

Se acercó lentamente y tomó su mano entre la suya.

Él no se movió. Solo pudo pronunciar en voz baja:

-Te ves hermosa.

El silencio que los envolvió no era incómodo. Era tenso.

De esos silencios que dicen más que cualquier palabra.

Celi entrelazó sus dedos con los de Emilio por un breve instante antes de soltarlo con suavidad.

-Bueno... ahora sí, Celia Garza está lista.

Emilio asintió.

-Sí. Celeste Thomson ya no existe.

Pero mientras la miraba, perdida en su nuevo reflejo, Emilio supo que no era cierto.

Celeste Thomson aún estaba allí.

Y lo tenía completamente obsesionado.

La noche cayó sobre la ciudad, envolviendo las calles en un cálido resplandor de luces amarillas y faroles antiguos. Emilio giró el volante con tranquilidad, sin un destino claro en mente. No estaba acostumbrado a salir por placer, mucho menos a elegir restaurantes.




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