Por amarte así

Fiesta bonita

Las luces de la ciudad titilaban en la distancia mientras Emilio conducía hacia la isla San Marcos. La noche estaba en su punto perfecto: ni demasiado fría ni demasiado cálida. Celi observaba por la ventanilla, intrigada por el entusiasmo de Emilio. Nunca lo había visto tan animado como en este momento.

-¿Por qué sonríes tanto? -preguntó ella, cruzando los brazos con diversión.

-Porque esta es mi época favorita del año -respondió Emilio sin apartar la vista del camino-. La Feria de San Marcos es la más grande de México. Es tradición, cultura, fiesta...

-Suena interesante -dijo Celi-. Pero no tengo idea de qué esperar.

Emilio sonrió de lado.

-Entonces prepárate, porque esta noche no la vas a olvidar.

Al llegar, el bullicio los envolvió de inmediato. Música de banda, mariachis y hasta reguetón sonaban en distintas partes del recinto. El aire olía a garnachas, a churros recién hechos y al dulzón aroma de la cajeta.

Celi se quedó maravillada.

-Esto es... impresionante.

Las calles estaban abarrotadas de gente, desde familias enteras hasta grupos de amigos bebiendo cerveza en enormes tarros de litro. Los juegos mecánicos se alzaban iluminados en la distancia, mientras que los puestos de comida exhibían tacos al pastor, elotes asados, gorditas rellenas y aguas frescas de todos los colores.

Emilio la observó con una sonrisa.

-Es la primera vez que traigo a alguien aquí.

Celi lo miró sorprendida.

-¿En serio?

-Sí. Siempre vengo solo o con mi hermano, pero nunca con alguien especial.

Celi sintió un calor en el pecho, pero decidió ignorarlo.

-Entonces me siento honrada -dijo con una sonrisa traviesa-. ¡Ahora dime por dónde empezamos!

Emilio tomó su mano sin pensarlo dos veces.

-Primero, comida.

Se dirigieron a un puesto donde vendían tacos de birria. Emilio pidió para ambos sin siquiera consultarle a Celi.

-¿Te gusta la birria? -preguntó con diversión.

-Nunca la he probado -respondió ella-. Pero supongo que esta es mi oportunidad.

Le dio un mordisco al taco y su expresión cambió de inmediato.

-¡Dios, esto está buenísimo!

Emilio rió.

-Te dije que la feria es otro mundo.

Después de comer, Celi notó que Emilio abrió la cajuela de su auto para dejar su chaqueta. Justo en un rincón, vio algo que le llamó la atención: una cámara profesional.

-¿Qué es esto? -preguntó, tomándola entre sus manos.

Emilio tensó la mandíbula.

-Es solo una cámara.

-¡Es una cámara increíble! -Celi la revisó con emoción-. ¿Puedo usarla?

Emilio dudó por un momento. No le gustaba la idea, pero al ver la emoción en los ojos de Celi, suspiró con resignación.

-Está bien, pero con cuidado.

Celi sonrió ampliamente y colgó la correa de la cámara en su cuello.

Desde ese momento, la feria se convirtió en un escenario para ella. Fotografiaba los juegos mecánicos iluminados, a los vendedores de globos, los mariachis tocando en una esquina y hasta a un niño corriendo con algodón de azúcar en la mano.

-¡Mira esto! -dijo, mostrando una foto a Emilio.

Él la observó con atención. La imagen capturaba la esencia de la feria: colores vibrantes, risas en el aire, vida en cada rincón.

-Tienes buen ojo -admitió.

-Es fácil cuando hay tanto qué ver -respondió ella, con una chispa de emoción en la mirada.

Más tarde, cuando subieron a la rueda de la fortuna, Celi aprovechó la altura para capturar la vista panorámica de la feria.

-Esto es increíble... -susurró mientras el viento le despeinaba el cabello.

-Sí... -dijo Emilio, pero no estaba mirando la vista. Estaba mirándola a ella.

Bajaron y continuaron explorando. Celi no dejaba de tomar fotos, pero Emilio notó que, de vez en cuando, también apuntaba la cámara hacia él.

-No me tomes fotos -dijo de pronto.

Celi se detuvo, confundida.

-¿Por qué no?

Emilio apartó la mirada, incómodo.

-No me gusta.

Celi frunció el ceño.

-Pero...

-Borra esa foto -ordenó con voz firme.

Celi se quedó en silencio por un momento. Luego, sin decir nada, eliminó la imagen frente a él.

-Está bien -susurró, devolviéndole la cámara.

Emilio sintió una punzada de culpa al ver su expresión decepcionada.

-No es por ti, Celi -dijo después de un rato-. Es solo... algo mío.

Celi asintió, pero no insistió más.

Más tarde, después de haber recorrido los puestos de dulces típicos y de haberse comprado un enorme peluche de toro llamado "Emilio Jr.", terminaron en la velaria, un rincón más tranquilo de la feria.

Se sentaron en silencio, disfrutando del momento.

-Gracias por traerme aquí -dijo Celi de repente.

Emilio la miró.

-¿Por qué?

-Porque sé que no sueles hacer esto. Pero esta noche me has mostrado una parte de ti que no conocía... y me gusta.

Emilio bajó la mirada.

-No sé qué me pasa contigo, Celi.

Ella sintió su corazón acelerarse.

-¿A qué te refieres?

Él se giró hacia ella, con el rostro serio.

-Desde que llegaste, todo en mi vida ha cambiado. Siempre he sido alguien calculador, alguien que mantiene el control. Pero contigo... todo es diferente.

El silencio entre ellos se tornó espeso.

Celi tragó saliva y desvió la mirada.

-¿Eso es bueno o malo?

-Aún no lo sé... -susurró Emilio.

Y antes de que pudiera decir algo más, un estruendo iluminó el cielo.

Los fuegos artificiales estallaron en lo alto, reflejándose en los ojos de Celi mientras ella miraba hacia arriba con fascinación.

-Esto es hermoso -dijo en un susurro.

Emilio no respondió. Solo la observó en silencio.

Porque en ese momento, supo con certeza que estaba perdido.

Perdido en ella.

Y lo peor de todo... es que no quería ser rescatado.

Los fuegos artificiales seguían iluminando el cielo, pero Emilio no apartaba la vista de Celi. Algo en ella lo hacía sentirse diferente. Vulnerable, incluso.




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