El viaje de regreso fue más silencioso de lo que Celi esperaba. Emilio mantenía ambas manos en el volante, su mirada fija en la carretera, y aunque la feria había sido divertida, algo en él había cambiado después de aquella última mirada en el carrusel.
Celi abrazó el pequeño peluche que Emilio le había ganado en el juego de los aros y miró por la ventana. La carretera estaba oscura, solo iluminada por los faros del auto y algunas luces lejanas en el horizonte.
-Fue un buen día -comentó finalmente, rompiendo el silencio.
Emilio asintió, pero no respondió de inmediato.
-Sí, lo fue -dijo al cabo de unos segundos.
-Aunque admito que no esperaba que la feria fuera tan... intensa -continuó Celi con una sonrisa-. Tanta gente, tantos colores...
Emilio soltó una risa baja.
-Eso es porque es la mejor feria del país.
Celi giró la cabeza para verlo.
-¿Y en serio nunca habías traído a nadie antes?
-Nunca.
La respuesta de Emilio fue rápida, sin dudarlo.
Celi no supo si eso la hizo sentir especial o si simplemente le dio más curiosidad.
-¿Por qué?
Emilio apretó ligeramente la mandíbula y tomó una curva con precisión.
-Porque la feria es un lugar al que solo llevo a las personas importantes para mí.
El corazón de Celi se aceleró ante esa respuesta.
-Entonces...
-Entonces ahora lo sabes -la interrumpió Emilio, su tono más grave de lo habitual.
Celi mordió su labio, sin saber qué decir.
El silencio volvió a adueñarse del auto, pero esta vez no era incómodo. Era un silencio cargado de algo más, algo que ambos sentían pero que ninguno quería poner en palabras.
Después de un rato, el cansancio comenzó a ganar la batalla y Celi apoyó la cabeza contra la ventana, dejando que el movimiento del auto la arrullara.
Emilio desvió la mirada un par de veces para asegurarse de que estaba dormida. Sus facciones estaban relajadas, su respiración tranquila.
Algo dentro de él se revolvió.
No quería aceptar lo que sentía, no quería ponerle nombre. Pero era innegable.
Celi lo estaba cambiando.
Y eso era peligroso.
Cuando finalmente llegaron a la casa, Emilio apagó el motor y giró la cabeza para verla.
-Celi -la llamó en voz baja.
Ella no respondió.
Emilio suspiró. No quería despertarla, pero tampoco podía dejarla dormir en el auto.
Con cuidado, abrió la puerta y rodeó el vehículo. Luego, con la mayor delicadeza posible, la tomó en brazos.
Celi se removió levemente, murmurando algo en su idioma, pero no despertó.
Emilio sintió un nudo en el pecho mientras la cargaba hasta la habitación.
Cuando llegaron, la recostó en la cama con cuidado y se quedó mirándola por un instante.
Lentamente, apartó un mechón de su cabello oscuro de su rostro.
-Eres un problema, Celi -murmuró en voz baja.
Luego, sin hacer ruido, tomó una manta y se acomodó en el suelo, como siempre.
Pero aquella noche, dormir le resultó imposible.
Porque, aunque quisiera negarlo, una parte de él ya sabía la verdad:
Celi no solo era su protegida.
Se estaba convirtiendo en su razón para quedarse.
El aroma a café llenaba la cocina cuando el sol apenas comenzaba a iluminar la enorme casa. Emilio estaba de espaldas, sirviendo en dos tazas cuando escuchó los pasos de Celi bajando las escaleras.
Ella llevaba el cabello alborotado, aún medio dormida, y se estiró perezosamente antes de tomar asiento en la mesa.
-¿Duermes alguna vez? -murmuró, frotándose los ojos.
Emilio sonrió levemente mientras le pasaba una taza.
-Solo lo necesario.
Celi miró el café con desconfianza.
-Sabes que no me gusta.
-Prueba este -insistió él-. Es diferente.
Celi arqueó una ceja y tomó la taza con cautela. Dio un pequeño sorbo, esperando la amargura de siempre, pero en su lugar sintió algo más: dulce, espumoso y cálido. No sabía igual que el café de la posada.
Frunció el ceño y miró a Emilio.
-¿Hiciste trampa?
Él soltó una risa baja.
-No, es café hidrocalido.
-¿Hidro qué?
Emilio apoyó los codos en la mesa y la miró divertido.
-Hidrocalido. Así nos dicen a los de Aguascalientes, como a ustedes les dicen ingleses.
Celi hizo una mueca.
-Suena raro.
-Porque no estás acostumbrada -respondió él, tomando su propia taza-. Pero aquí es normal.
Celi volvió a mirar su café, aún desconfiada. Algo no encajaba. Sabía que Emilio lo había preparado, pero el sabor era diferente.
-¿Seguro que lo hiciste tú? -preguntó con recelo.
Emilio la miró en silencio por un momento antes de desviar la vista hacia su taza.
-Sí -respondió, pero su voz sonó tensa.
Celi lo notó. Algo en él había cambiado desde la noche anterior.
El recuerdo del carrusel, las miradas intensas, la forma en que Emilio la había cargado hasta la habitación... Todo eso estaba flotando en el aire entre ellos, sin mencionarse, pero presente.
Celi mordió su labio inferior.
-¿Estás bien?
Emilio se levantó bruscamente de la mesa y llevó su taza al fregadero.
-Tenemos que trabajar en el viñedo -dijo, esquivando la pregunta.
Celi suspiró.
Sabía que algo pasaba. Pero Emilio no iba a hablar, al menos no todavía.
-Está bien -cedió, terminándose el café de un solo trago-. Vamos a trabajar.
Emilio asintió, aliviado, y salió de la cocina con pasos firmes.
Pero ni el trabajo en el viñedo podría distraerlo de lo que realmente le preocupaba:
Estar cerca de Celi se estaba volviendo más difícil de lo que jamás imaginó.
El sol estaba en su punto más alto cuando Celi se detuvo para secarse el sudor de la frente. Trabajar en el viñedo era agotador, pero había algo extrañamente satisfactorio en ello.
Desde la distancia, Emilio la observaba con discreción mientras hablaba con Damián sobre los avances del cultivo.
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Editado: 18.03.2026