El día de la fiesta llegó y la casa se convirtió en un caos organizado. Todos corrían de un lado a otro asegurándose de que cada detalle estuviera perfecto para Aitana.
Celi estaba en la habitación de la festejada, ayudándola a arreglarse.
-¡Estoy tan emocionada! -exclamó Aitana mientras Celi le terminaba de acomodar el cabello-. No puedo creer que ya tenga diecisiete.
-Te ves hermosa -dijo Celi con una sonrisa-. Todos van a quedar impresionados.
Aitana giró sobre sí misma, observándose en el espejo con una sonrisa radiante.
-Gracias por ayudarme, Celi. Nunca había tenido a alguien con quien compartir esto.
Celi sintió un pequeño nudo en la garganta.
-Yo tampoco...
Aitana le tomó las manos con entusiasmo.
-¿Y tú? ¿Ya estás lista?
-Casi -respondió Celi-. Solo necesito cambiarme.
Aitana sonrió traviesa.
-No puedes dejar que Emilio te vea hasta el último momento. Así se impresionará más.
Celi soltó una pequeña risa, aunque en el fondo sintió una punzada en el pecho.
Emilio apenas y le dirigía la palabra últimamente.
-Dudo que le importe mucho -murmuró.
-Oh, sí le importa -dijo Aitana con seguridad-. Solo es terco.
Celi no respondió.
Mientras tanto, en otro punto de la casa, Emilio revisaba las cámaras de seguridad.
Desde aquel día en el que el hombre de negro fue visto no solo por Celi, sino también por algunos empleados del viñedo, Emilio había estado más alerta que nunca.
Revisó los monitores con el ceño fruncido.
No había señales de aquel sujeto.
Pero algo en su instinto le decía que no bajara la guardia.
La tarde comenzó a caer, y con ella, los invitados de Aitana empezaron a llegar.
La música, las luces y las risas llenaban el ambiente.
Celi se mantuvo ocupada ayudando a Aitana con los últimos detalles de la fiesta. Se mantuvo lejos de Emilio, consciente de la distancia que ambos habían creado entre ellos.
Las semanas habían pasado y lo único que compartían ahora eran saludos corteses.
"Buenos días."
"Buenas noches."
"Gracias."
"De nada."
Eso era todo.
A Emilio le dolía no estar cerca de ella. Pero su orgullo y su preocupación lo mantenían distante.
Y a Celi... le entristecía no poder acercarse a él.
Finalmente, la madre de Emilio la encontró en una esquina, alejada del bullicio.
-Ven, querida, es hora de que disfrutes de la fiesta -dijo con una sonrisa cálida, tomándola del brazo.
Celi suspiró y asintió.
Cuando salió al jardín, todas las miradas se posaron en ella.
Especialmente una.
Emilio.
Desde lejos, la observó con intensidad.
El vestido azul turquesa que llevaba era el mismo que él casi le negó comprar.
Se veía hermosa.
Pero en vez de acercarse, apartó la mirada.
Celi lo notó.
Y su corazón se encogió un poco más.
Decidió ignorarlo y concentrarse en la fiesta.
La música comenzó a sonar con más fuerza en la pista de baile.
Normalmente, la selección musical habría entusiasmado a Celi. Muchas de las canciones que sonaban eran de su agrado. Sin embargo, esa noche, nada parecía llamarle la atención.
Se sentía vacía.
Quería estar con Emilio.
Quería que él se acercara. Que la buscara.
Pero Emilio no lo hacía.
En su lugar, permanecía apartado, observándola con la misma intensidad con la que había visto las cámaras de seguridad.
Ella suspiró, jugando con el borde de su vestido mientras la música en español comenzaba a tomar protagonismo.
No entendía del todo las letras.
Pero sí entendía las emociones.
Y entendía que muchas de esas canciones hablaban de amor, de pasión y de sentimientos que no podían ser ignorados.
Emilio la observó durante un largo rato antes de tomar una decisión.
Basta de contacto cero.
Basta de distancias sin sentido.
Tomó un plato de pastel de limón y caminó hacia ella.
-Te traje esto -dijo, extendiéndoselo.
Celi lo miró y negó con la cabeza.
-No quiero.
Emilio frunció el ceño.
-Es tu favorito.
-No ahora.
Él suspiró y se pasó una mano por el cabello.
-Celi...
Ella no respondió.
-¿Podemos hablar?
-Sí.
-¿Podemos aclarar las cosas?
-No.
Emilio sintió una punzada en el pecho.
No la culpaba.
Él había sido un idiota.
Y ahora ella no tenía ninguna razón para facilitarle las cosas.
Inspiró hondo y decidió hacer lo que nunca hacía.
-Lo siento.
Celi alzó la vista, sorprendida.
-¿Perdón?
-Lo que escuchaste. Perdón, Celi.
Ella parpadeó, incrédula.
Emilio Garza jamás pedía perdón.
Y sin embargo, ahí estaba.
-Me comporté como un imbécil -admitió él, desviando la mirada-. No debí ignorarte. No debí tratarte como lo hice. Es solo que...
Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas.
-La presión del viñedo, mi familia, lo que pasa con ese tipo... Todo me tiene al borde. Pero sé que no es excusa.
Celi sintió que algo dentro de ella se ablandaba.
Pero no quería ceder tan fácilmente.
Se levantó de la silla y comenzó a caminar, alejándose de él.
Emilio no lo permitió.
Con firmeza, la tomó del brazo.
Y en ese momento, la música cambió.
"Por amarte así..."
Celi no conocía la canción.
Pero Emilio sí.
Y maldita sea, sabía que era su momento.
-Baila conmigo -susurró.
Ella lo miró, insegura.
Pero cuando él la atrajo hacia su cuerpo y la rodeó con sus brazos, supo que no podía resistirse.
Ambos comenzaron a moverse al ritmo de la melodía, lentamente.
Celi solo podía verlo a él.
Y Emilio solo podía verla a ella.
Las emociones flotaban en el aire, tan densas que cualquiera podría sentirlas.
El resto del mundo desapareció.
No importaban los invitados.
#5525 en Novela romántica
#1557 en Chick lit
mexico, persecucion y amor, secretos deseos y amores complicados
Editado: 18.03.2026