La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz tenue de la lámpara de noche. Celi estaba sentada en el borde de la cama, abrazando sus piernas, mientras Emilio permanecía de pie junto a la ventana, con la mirada perdida en el jardín oscuro.
Ambos habían estado en silencio desde que entraron. La tensión aún estaba en el aire, pero no era incómoda. Era un entendimiento mutuo, como si supieran que aquella noche cambiaría algo entre ellos.
-No es la primera vez que siento que alguien me observa -murmuró Celi de repente, rompiendo el silencio.
Emilio giró ligeramente el rostro para verla.
-¿Desde cuándo?
Ella tragó saliva.
-Desde que era niña.
Él se acercó, sentándose frente a ella, esperando a que continuara.
Celi bajó la mirada y, con un suspiro, comenzó a desabrochar lentamente los primeros botones de su blusa. Emilio frunció el ceño, pero no dijo nada.
Cuando la tela cayó un poco hacia los lados, quedó al descubierto una cicatriz larga y pálida justo en el centro de su pecho.
Emilio sintió un nudo en el estómago.
-¿Qué... qué pasó?
Ella pasó los dedos por la cicatriz con delicadeza, como si tratara de borrar un recuerdo que nunca desaparecería.
-Tenía ocho años. Había un hombre que solía venir a casa. Un amigo de mi padre, o al menos eso creía. Siempre me miraba de una forma extraña, pero nunca entendí por qué.
Emilio apretó los puños.
-Celi...
Ella negó con la cabeza.
-No hizo nada, no directamente. Pero una noche... prendió fuego a nuestra casa. Mi madre me sacó a tiempo, pero un trozo de madera en llamas cayó sobre mí. Me quemé... -Tocó la cicatriz con la yema de los dedos-. No recuerdo mucho después de eso. Solo el dolor. Y la sensación de que nunca volvería a sentirme segura.
Emilio se quedó en silencio, observándola.
Celi levantó la mirada y, por primera vez, se atrevió a hacerle una petición.
-Quiero ver la tuya.
Él se tensó.
-No es necesario.
-Para mí lo es.
Emilio exhaló pesadamente. Se puso de pie y se llevó las manos al cuello de su camisa, desabrochándola lentamente.
Cuando dejó caer la tela, Celi vio la cicatriz en su hombro derecho. Un agujero perfectamente redondo, con un borde irregular y oscuro.
Emilio desvió la mirada, incómodo.
-Una bala.
Celi se acercó y, con la misma suavidad con la que él la había tocado antes, rozó la cicatriz con la punta de los dedos.
-¿Cómo fue?
Emilio cerró los ojos por un momento, dejando que el recuerdo lo invadiera.
-Estábamos en una carretera, cerca de Nuevo León. Mi hermano y yo habíamos hecho negocios con la mafia equivocada. Querían mi cabeza. -Su voz se volvió más grave-. Nos emboscaron. Peleamos. Disparamos. No sé cuántos cayeron de su lado, pero los nuestros también cayeron. Hasta que sentí el impacto aquí.
Celi tragó saliva.
-¿Pensaste que morirías?
Él asintió lentamente.
-Sí. Pero Damián me sacó de ahí. Me llevó a un hospital, me salvó.
Celi dejó caer la mano sobre su brazo, con ternura.
-Pero sigues llevando esa bala en la memoria.
Emilio la miró con intensidad.
-Igual que tú llevas ese fuego en la piel.
Celi suspiró.
-Y a veces siento que nunca va a desaparecer.
Él se acercó más y, con mucho cuidado, deslizó los dedos por la cicatriz de Celi, trazando su contorno.
-Las cicatrices nunca desaparecen. Pero nos recuerdan que sobrevivimos.
Celi sintió que el aire se le atascaba en la garganta.
La conexión entre ellos en ese momento era innegable.
Sin pensar, sin planearlo, se acercó un poco más.
Emilio no se apartó.
Sus respiraciones se mezclaron, y por primera vez, sintieron que ya no eran solo dos almas heridas.
El silencio entre ellos no era incómodo. Era un silencio cargado de emociones, de recuerdos y de una comprensión mutua que ninguno había experimentado antes. Emilio aún tenía los dedos sobre la cicatriz de Celi, pero esta vez, ella no se apartó.
Celi levantó la mirada, su respiración era inestable, pero no por miedo, sino por lo mucho que significaba ese momento.
-A veces siento que mi piel nunca volverá a ser la misma -susurró.
Emilio la miró con intensidad.
-No necesitas que vuelva a ser la misma. Las cicatrices nos recuerdan lo fuertes que somos.
Ella sonrió con tristeza.
-No siempre me siento fuerte.
-Pero lo eres.
Hubo un instante de vulnerabilidad en el que ambos simplemente se observaron, sin pretender ocultar nada. Sin barreras. Sin miedo.
Emilio, en un impulso, llevó su mano al rostro de Celi y acarició su mejilla con el pulgar.
-Nunca me había sentido así con nadie.
Celi sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
-¿Así cómo?
-Así de... real.
Ella dejó escapar una pequeña risa nerviosa.
-Yo tampoco.
Emilio inclinó la cabeza apenas un poco.
-Celi...
Pero antes de que pudiera terminar su frase, ella cerró los ojos y tomó la iniciativa.
Sus labios se encontraron en un beso lento, cargado de todo lo que no habían dicho. No era un beso desesperado ni impulsivo. Era un beso de reconocimiento, de aceptación.
Las manos de Emilio se deslizaron con cuidado hasta la cintura de Celi, atrayéndola más hacia él, mientras ella enredaba los dedos en su cabello.
La sensación era abrumadora.
Por primera vez en mucho tiempo, Emilio sintió que no tenía que ser el hombre fuerte, el que siempre debía tener el control. Y por primera vez en su vida, Celi sintió que alguien la veía por lo que realmente era, con todas sus cicatrices y su historia.
El beso se fue profundizando poco a poco, hasta que la falta de aire los obligó a separarse.
Celi apoyó la frente contra la de Emilio, susurrando entrecortada:
-¿Esto está bien?
Emilio sonrió levemente, con una mirada que decía más que mil palabras.
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Editado: 18.03.2026