Inglaterra. Cinco años atrás...
El sol se ocultaba en el horizonte cuando Celi caminaba por la calle de su barrio, con la mochila colgada de un hombro y la falda de su uniforme ondeando con la brisa de la tarde.
Había tenido un día pesado en la secundaria, pero lo único que quería era llegar a casa, darse un baño y descansar.
Sin embargo, al cruzar la puerta, su mundo se derrumbó.
La sala estaba hecha un desastre. Los muebles volcados, el suelo lleno de vidrios rotos y el olor a alcohol impregnando el aire.
Pero lo peor no era eso.
Lo peor era la imagen de sus padres en el suelo, con el rostro cubierto de sangre y lágrimas.
Y frente a ellos, su hermano.
Su hermano mayor, el que alguna vez fue su protector, el que la hacía reír cuando era niña... ahora apenas era una sombra de lo que solía ser.
Tenía la mirada perdida, inyectada en rojo, con el cuerpo temblando por la abstinencia o el exceso de sustancias.
En su mano derecha, sostenía un cuchillo.
Celi sintió que el miedo le paralizaba el cuerpo.
-¡¿Qué estás haciendo?! -gritó con la voz entrecortada.
Su hermano giró la cabeza hacia ella, y por un momento, pareció no reconocerla.
Pero luego sonrió.
-Celi... hermanita... llegaste justo a tiempo.
Ella tragó saliva y dio un paso atrás.
-Déjalos en paz...
-¡¿En paz?! -bufó, con una risa siniestra-. ¿Sabes cuánto tiempo he vivido en este maldito infierno? ¿Sabes lo que me han hecho? ¡Me abandonaron! ¡Siempre fui el problema, el error!
Sus palabras estaban llenas de resentimiento, pero Celi sabía que no eran solo palabras. Eran las drogas hablando por él.
-No... no es cierto -susurró-. Ellos solo querían ayudarte.
-¡Mientes! -gritó, dando un paso hacia ella.
Celi sintió que su corazón se detenía.
No podía quedarse ahí. Tenía que pedir ayuda.
Sin pensarlo dos veces, giró sobre sus talones y corrió hacia la puerta.
Pero no llegó muy lejos.
Sintió un tirón brusco en el cabello y su cuerpo se estrelló contra el suelo con fuerza.
Gritó de dolor, pero su hermano no se detuvo. La arrastró por la calle como si fuera un muñeco de trapo, ignorando sus súplicas.
La gente del vecindario comenzó a salir de sus casas, horrorizados ante la escena.
-¡Déjala en paz! -gritó alguien.
Pero su hermano no escuchaba.
Se detuvo en seco y sacó algo de su bolsillo.
Un arma.
Celi sintió cómo el frío metal se posaba en su sien.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
-Por favor... -susurró, con la voz temblorosa-. No hagas esto...
Su hermano respiraba de manera agitada. Parecía estar luchando contra sí mismo.
Pero antes de que pudiera hacer algo más, se escucharon sirenas a lo lejos.
La policía llegó en cuestión de segundos.
-¡Suelte el arma! -gritó uno de los oficiales.
El hermano de Celi se quedó inmóvil.
-No quiero... no quiero volver ahí... -murmuró, con la voz quebrada.
Pero en su mirada no había arrepentimiento.
Había odio.
Rencor.
Locura.
Los policías no le dieron opción. Lo redujeron al suelo y le arrebataron el arma.
Celi cayó de rodillas, con las piernas temblando.
No podía creer lo que acababa de pasar.
No podía creer que el niño con el que solía jugar ahora estuviera siendo esposado frente a ella.
No podía creer que ese era su hermano.
-Se lo llevarán a un centro psiquiátrico -le informó un oficial, mientras la ayudaba a ponerse de pie-. Estará bajo supervisión.
Celi no respondió.
Solo miró a su hermano una última vez antes de que lo metieran en la patrulla.
Él la miró de vuelta.
Y le sonrió.
-Nos veremos pronto, hermanita.
Celi sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No.
No quería volver a verlo nunca más.
Actualmente...
El latido de su corazón retumbaba en sus oídos como un tambor de guerra. Emilio avanzaba con paso firme, sintiendo la ira consumir cada parte de su cuerpo. Sus manos temblaban, pero no de miedo... sino de rabia.
Damián se mantenía a su lado, con el teléfono pegado a la oreja mientras daba órdenes a los empleados del viñedo.
-¡Quiero a todos revisando cada rincón! ¡Cada salida, cada cuarto, cada jodida ventana!
Los empleados asintieron y se dispersaron, buscando cualquier rastro de Celi.
Emilio revisó las cámaras nuevamente, intentando calcular hacia dónde se la habían llevado.
-En la toma de la entrada... hay un auto negro estacionado -dijo Damián, señalando la pantalla-. Se fue hace menos de cinco minutos.
Emilio apretó la mandíbula.
-Ese auto no estaba cuando comenzó la fiesta.
-Exacto.
No lo pensó dos veces. Salió corriendo hacia su auto y encendió el motor con violencia.
Damián subió al asiento del copiloto.
-Vamos a cazar a ese hijo de puta.
Emilio pisó el acelerador y el auto rugió antes de salir disparado por el camino de terracería.
Mientras tanto, en un lugar desconocido...
Celi despertó con la cabeza palpitante y un sabor amargo en la boca.
El aire olía a cigarro, a tierra y a humedad.
Trató de moverse, pero sus manos estaban atadas a una silla con una cuerda gruesa que le quemaba la piel.
La luz era escasa, pero pudo notar que estaba en lo que parecía ser un almacén viejo.
Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad, pero cuando finalmente lo hicieron, sintió que su sangre se helaba.
Frente a ella, sentado en una mesa, estaba él.
Un hombre de cabello oscuro, con ojos fríos como el hielo y una sonrisa ladeada que la hizo estremecer.
-Vaya, vaya... cuánto tiempo, hermanita.
Celi sintió cómo el terror subía por su garganta.
-¿Qué demonios quieres?
Su hermano rió con diversión y se inclinó hacia ella, apoyando los codos en la mesa.
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Editado: 18.03.2026