Por amarte así

Antes de que sea tarde

Cuarenta y ocho horas sin Celi.

El tiempo transcurría como un maldito castigo.

No había señales de ella. Ni una sola pista clara.

El rastreo de la llamada los había llevado a un almacén abandonado a las afueras, pero al llegar, no encontraron más que sangre seca en el suelo y un cigarro a medio consumir en el rincón.

Nada más.

La policía local no tenía respuestas. Sus contactos en la ciudad no sabían nada. Nadie había visto a una mujer con acento británico, nadie recordaba a una extranjera de ojos grandes y cabello castaño oscuro.

Era como si se la hubiera tragado la tierra.

Emilio se encontraba en su oficina, con el rostro entre las manos. La desesperación era una sombra pesada sobre sus hombros.

Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.

Damian entró con expresión sombría.

—Nada —dijo con frustración—. Preguntamos en cada maldito motel, en cada casa abandonada, en cada esquina. Nadie la ha visto.

Emilio sintió un nudo en el pecho.

—Tal vez… —dijo en voz baja—. Tal vez ya no está viva.

Damian lo miró con furia.

—¡No digas eso, carajo! —golpeó la mesa—. Si ese bastardo la hubiera matado, lo sabríamos. Le gusta jugar con nosotros, le gusta verte sufrir.

Emilio apretó los puños.

Era cierto.

El maldito disfrutaba de este juego.

Y Emilio lo estaba dejando ganar.

Se puso de pie de golpe, tomando su chaqueta.

—Vamos a buscar otra vez.

—¿Dónde? —preguntó Damian con un suspiro cansado.

—A donde sea.

Salieron juntos, sin un plan claro, solo con la furia y la desesperación guiando sus pasos.

Horas después…

Estaban en la carretera, recorriendo la ciudad de punta a punta cuando el teléfono de Emilio sonó.

Un número desconocido.

Sintió el corazón martillando en su pecho.

Con manos temblorosas, contestó.

—¿Celi? —preguntó con la voz rasposa.

Un silencio prolongado.

Luego, la respiración entrecortada de una mujer.

—E-Emilio…

Su mundo entero se detuvo.

—Celi, ¿dónde estás? —preguntó con urgencia.

La voz de ella era débil, como si apenas pudiera hablar.

—N-no sé… —jadeó—. Es oscuro… hay humedad… me duelen las manos…

—Escúchame. Necesito que me des una pista, cualquier cosa. Un sonido, un olor, algo que puedas ver…

Hubo un murmullo al otro lado.

Luego, un ruido fuerte.

La respiración de Celi se cortó.

—¡Celi!

—Tss, tss, tss… —la voz del secuestrador se filtró en la llamada—. Muy cerca, Emilio… pero no lo suficiente.

La rabia de Emilio explotó.

—¡Si le hiciste algo, te juro que…!

—Cálmate. —El hombre rió—. Te daré una pista… después de todo, me has entretenido mucho estos días.

Emilio sostuvo el teléfono con fuerza, esperando.

El hombre bajó la voz.

—Busca donde nadie ha mirado. Busca donde se ocultan los recuerdos.

La línea se cortó.

—¡MALDICIÓN! —Emilio arrojó el teléfono contra el tablero.

Damian lo miró con el ceño fruncido.

—¿Qué dijo?

Emilio cerró los ojos por un momento, tratando de calmar su respiración.

**Busca donde nadie ha mirado… donde se ocultan los recuerdos.**

Entonces, lo entendió.

Abrió los ojos con furia y giró la llave del auto.

—Sé dónde está.

Pisó el acelerador con fuerza.

Busca donde nadie ha mirado. Busca donde se ocultan los recuerdos.

Las palabras del secuestrador resonaban en la cabeza de Emilio mientras conducía a toda velocidad.

Damian apenas podía abrocharse el cinturón cuando el auto se lanzó por la carretera como una bala.

—¿A dónde vamos? —preguntó, tratando de mantenerse firme en el asiento.

Emilio tenía la mirada fija en el camino, los nudillos blancos sobre el volante.

—El orfanato —dijo con voz tensa.

Damian frunció el ceño.

—¿Orfanato?

—Celi vivió en un hogar de acogida cuando era niña. Es donde encontró refugio después de que encerraran a su hermano.

Damian comprendió de inmediato.

—Tiene sentido —asintió—. Él quiere jugar con su pasado, hacerla revivir el peor momento de su vida.

El auto derrapó en la curva mientras Emilio apretaba el acelerador.

No podía permitirse perder más tiempo.

Si su instinto era correcto, el bastardo la tenía allí.

Media hora después…

El viejo orfanato estaba en las afueras de la ciudad. Un edificio de piedra con ventanas rotas y la pintura descascarada.

Parecía haber sido abandonado por años.

Las luces del auto iluminaron la entrada principal.

—No hay señales de vida —susurró Damian.

—Él está aquí. Lo sé —Emilio salió del auto y sacó su pistola.

Damian hizo lo mismo.

Ambos avanzaron con cautela.

La puerta principal estaba entreabierta.

El viento la hacía rechinar como si susurrara advertencias.

Emilio empujó la puerta y entró.

El aire era frío, con un olor a humedad y polvo acumulado.

Cada paso resonaba en el silencio.

—Nos está esperando —dijo Damian en voz baja.

Emilio asintió.

Sabía que era una trampa, pero no le importaba.

Solo quería encontrar a Celi.

Entonces, lo escucharon.

Un gemido ahogado.

La voz de Celi.

Emilio corrió sin pensarlo, siguiendo el sonido hasta una puerta al final del pasillo.

La abrió de una patada.

Y ahí estaba ella.

Celi estaba en el suelo, atada de manos y pies, con el rostro lleno de lágrimas y una herida en el labio.

Su vestido estaba rasgado y su cabello desordenado.

Pero estaba viva.

Emilio sintió una mezcla de alivio y furia.

Se acercó a ella de inmediato, pero antes de poder tocarla, una voz familiar sonó detrás de él.

—Qué conmovedor…

Emilio se giró lentamente.

El hermano de Celi estaba allí, apoyado contra la pared con una pistola en mano y una sonrisa enferma en los labios.

—Sabía que vendrías —dijo con burla—. Siempre tan predecible, Emilio.




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