Dos semanas, catorce días de incertidumbre, de noches sin dormir, de un silencio que se clavaba como puñales en el pecho de Emilio cada vez que miraba a Celi en esa cama de hospital.
Las máquinas pitaban con su ritmo monótono, manteniéndola en un estado entre la vida y la muerte.
Los médicos fueron claros: era un coma. Podía durar meses, semanas... o toda una vida. Todo dependía de ella.
Pero lo peor no era eso.
Lo peor eran los informes médicos, los análisis clínicos, las palabras que Emilio se negaba a repetir en su cabeza.
Abuso.
Emilio apretó los dientes y cerró los puños.
Lo sabían. Su madre, Damián, su familia... todos lo sabían. Pero nadie lo decía en voz alta. Era un secreto doloroso, uno que flotaba en el ambiente, que se reflejaba en las miradas compasivas, en los suspiros silenciosos de su madre cada vez que entraba a la habitación.
Emilio no lloraba. No podía.
Si lo hacía, no habría forma de detenerse.
-¿Por qué tenías que conocerme, Celi? -susurró, apoyando la frente en el borde de la cama-. Si nunca hubieras llegado a mi vida... nada de esto te habría pasado.
Pero la idea de una vida sin ella le dolía más que todo lo que estaban viviendo.
Su mano rozó los dedos fríos de Celi, entrelazándolos con los suyos.
-Por favor, despierta... -susurró-. No sé qué hacer sin ti.
El reloj en la pared marcaba las tres de la madrugada.
Otro día. Otra noche en vela.
Cada minuto se sentía eterno.
Afuera, la vida seguía su curso. La ciudad continuaba, el viñedo seguía operando, la gente iba y venía.
Pero para Emilio, el mundo entero se había detenido en esa habitación blanca y asfixiante.
La puerta se abrió suavemente.
Era su madre.
-Emilio, tienes que descansar -susurró con dulzura.
-No quiero.
Ella suspiró.
-Hijo... quedarte aquí día y noche no va a hacer que despierte más rápido.
-Pero si despierta y no estoy aquí...
Su madre se acercó y le acarició el cabello, como cuando era niño.
-Ella va a despertar, Emilio. Pero tú también necesitas cuidarte.
Emilio no respondió. Solo apretó más la mano de Celi.
Su madre entendió.
-Al menos come algo. Te traeré un café.
Cuando ella salió de la habitación, Emilio se inclinó hacia Celi y apoyó su cabeza junto a la de ella en la almohada.
-Si puedes oírme... solo quiero que sepas que te amo.
El monitor cardiaco siguió su ritmo monótono.
Nada cambió.
Pero Emilio no perdía la esperanza.
No podía. Porque su vida entera dependía de Celi.
Y él la esperaría. El tiempo que fuera necesario.
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El tiempo en el hospital transcurría lento, como si el reloj jugara en su contra.
Emilio no soportaba la televisión, su teléfono se había convertido en una extensión de su aburrimiento y la lectura, que al principio fue un escape, ya no le llenaba.
¿Qué más podía hacer?
La respuesta llegó sola, en forma de un impulso repentino.
Escribir.
Pero, ¿qué?
Tomó una hoja de papel y la miró fijamente. Vacía. Como él sin Celi.
Sus dedos tamborilearon sobre la mesa hasta que, sin darse cuenta, su pluma se movió por sí sola.
Celi.
Ese fue el primer trazo. Y de ahí, las palabras comenzaron a fluir.
No cualquier tipo de palabras.
Cartas.
Cartas a ella.
Una por cada día que estuvo a su lado.
Cada recuerdo, cada sonrisa, cada pelea, cada vez que le robó la atención con sus ojos cafés, más profundos que el café que tomaba cada mañana.
Cartas llenas de confesiones que nunca se atrevió a decir en voz alta.
En un punto, dejó de contar. Pero cuando revisó el desorden de hojas sobre la mesa, se dio cuenta de que había escrito más de cuarenta.
Y de esas, solo cinco contenían lo que realmente importaba.
Su amor por ella.
Cinco cartas en las que Emilio se desnudaba emocionalmente, sin orgullo, sin miedos, sin máscaras.
Cinco cartas en las que decía, de mil formas diferentes, lo que nunca pudo decirle en persona.
Tomó una de ellas y la leyó en voz baja, sintiendo que, de alguna manera, Celi lo escuchaba:
"Celi,
Nunca supe cómo empezar a decirte esto. Pero hoy, aquí, en este hospital, viéndote dormir sin saber si abrirás los ojos mañana, entendí que no puedo callarlo más.
Te amo.
No como un amor pasajero, ni como un simple deseo. Te amo con una intensidad que me consume, con un miedo terrible de perderte, con una necesidad absurda de que te quedes a mi lado.
Desde el primer momento en que te vi, supe que no eras como las demás. Pero nunca imaginé que te convertirías en mi todo.
Si pudieras abrir los ojos ahora y escucharme, te diría que no me importa cuánto tiempo tarde... te esperaré.*
Solo regresa a mí, Celi.
Por favor."
Emilio cerró los ojos con fuerza y apretó el papel contra su pecho.
Las cartas eran lo único que podía hacer por ella ahora.
Hablarle sin que respondiera. Amar sin ser correspondido.
Pero la esperanza seguía allí.
Porque, sin importar cuánto tardara...
Celi era suya.
Y él seguiría escribiéndole, hasta que despertara.
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Editado: 18.03.2026