Por el camino del destino

14-2

Serafima

A la mañana siguiente, justo después del desayuno, me dirigí a casa de Ilmygan.

Me había entusiasmado la posibilidad de reconciliar a las tribus. Como alguien que creció en Karasun, lejos de la magia y los licántropos, en plena civilización, no creía en las maldiciones. Sabía que todo depende de nosotros mismos, de nuestras decisiones, metas y capacidades. Sabía que solo nosotros podemos cambiar algo en nuestra vida o dejarlo todo como está, rendirnos y quejarnos de la mala suerte. Tenía claro que cada uno tiene su propio camino, sus subidas y bajadas, pero la vida siempre da la oportunidad de girar en otra dirección, de cambiar algo. Y según qué sendero elijamos en esa encrucijada, así continuará nuestro viaje. Esa lección la tenía muy bien aprendida.

Me puse unos pantalones de lino fino blancos y una camiseta rosa pálido, me calcé las sandalias, me dejé el pelo suelto y salí a la calle. El sol apenas estaba saliendo y aún no se sentía el calor. Caminaba sin prisa por las calles, observando las casitas y los árboles, sonriendo con amabilidad a los miembros de la tribu que encontraba por el camino. Todos se alegraban de mi regreso.

Ilmygan y Gor estaban sentados en el cenador bebiendo té. Al verme, el alfa me saludó con la mano animadamente, pero Gorolla frunció el ceño y desvió la mirada.

—¡Buenos días! —les deseé mientras me sentaba a la mesa. —Buenos días, Fima —me sonrió mi tío. Tío... Qué difícil era asimilarlo, pero lo lograría. Con el tiempo. —Buenos —gruñó Gor—. Con permiso, me retiro, no quiero molestar. —Gor, ¿no prefieres quedarte? —pregunté tomándolo de la mano. —No, no creo que sea una buena idea. Supongo que tienes mucho de qué hablar con mi padre, "futura alfa" de nuestra tribu, ¿verdad? —el resentimiento era evidente en su voz. —Gor, ¿qué estás diciendo? —me quedé atónita—. ¿Qué clase de alfa sería yo? —¡No te hagas la tonta conmigo, hermanita! —escupió con rabia y, soltando su mano bruscamente, se marchó.

—¿Qué le pasa? —le pregunté a Ilmygan, mirando desconcertada cómo se alejaba Gor. —No le hagas caso, niña. Se le ha metido en la cabeza que tú serás la alfa después de conocer tu historia. —Pero si yo ni siquiera pensaba... —Lo sé —me interrumpió el hombre—, lo sé. Dale tiempo, ¿de acuerdo? —Está bien —me encogí de hombros. —¿Querías hablar de algo? —preguntó Ilmygan mientras me servía té. —Sí, así es —envolví la taza con las manos, pensando en cómo empezar la conversación. —Te escucho con atención —Ilmygan me miraba con bondad; no había malicia en sus ojos, solo curiosidad.

—Quiero retomar la conversación de ayer. Sobre las sombras de los ancestros. Creo que es hora de que todos olvidemos los motivos de la separación y tratemos de ser amigos de nuevo. ¡Sería tan interesante! Además, por lo que he entendido, entre mis antepasados hubo panteras negras, lo que explica el color de mi pelaje en mi otra forma. —Sí, querida, lo entiendes perfectamente. Hace muchos años, los matrimonios mixtos eran muy comunes, y la descendencia era mucho más fuerte. Entiendo lo que quieres preguntarme. No me importa conocer al alfa de la Tribu Negra. De hecho, quiero estrechar la mano de quien te ayudó a sobrevivir. Los Negros están demasiado alejados de nosotros. Conozco a algunos de los Rojos; Alfigon suele entrar en nuestro territorio, pero nunca he visto a nadie de los Negros. —Gracias, tío, muchísimas gracias —sonreí de oreja a oreja, sin creer que hubiera aceptado tan fácilmente—. Entonces, espera a Edgrif hoy al mediodía.

—¡Vaya! ¿Y se puede saber cómo sabes exactamente cuándo esperar visitas? —Deja que eso sea, de momento, mi pequeño secreto, ¿vale? —Como digas, niña mía. Como digas... —Gracias. Bueno, me voy, quiero ver a las chicas. —Corre, claro. Pero estarás aquí a las doce, ¿verdad? —¡Por supuesto! Y me encantaría ver a Gor allí. Por favor, dile que venga. — No prometo nada, pero le pasaré tu petición. Suerte, querida. Nos vemos. —Nos vemos, tío. Gracias.

Salí disparada del cenador, enviándole mentalmente la información a Edgrif de que lo estarían esperando. Su alegría no se puede describir con palabras. Prometió llegar puntual, y yo me fui a mi salón, donde las chicas ya me esperaban.

Las siguientes dos horas pasaron volando entre charlas, emoción y apoyo. Emilia, Alexia y yo bebíamos café y hablábamos de todo un poco. Las chicas estaban felices de mi vuelta y de que el salón, finalmente, abriera de nuevo. Confesaron que me habían extrañado a mí y a mis frasquitos para ponerse guapas.

De pronto, la voz de Edgrif resonó en mi cabeza y me hizo dar un salto. Comprendiendo rápido qué pasaba, le pedí que esperara cinco minutos.

—Chicas, perdonadme, me tengo que ir, Ilmygan me llama.

—¡Oh-oh! —exclamaron al unísono—. ¿Y qué querrá el alfa de ti ahora?

—¿Cómo voy a saberlo? Además, no olvidéis que no es solo el alfa, sino también mi tío.

—¡No es tan fácil acostumbrarse a eso, Serafima! —Emilia me abrazó y, dándome un beso rápido en la mejilla, me susurró—: ¡Corre, buena suerte!

—¡Gracias! Alexia, ¡nos vemos! —les hice un gesto con la mano y salí de la habitación. Bajé las escaleras a toda prisa, saltando los peldaños de dos en dos, crucé el patio y me apresuré hacia las afueras, donde me esperaba mi Ángel.

—¡Alma mía! —exclamó Ed, abriendo los brazos en cuanto me vio. Corrí hacia él y lo abracé con fuerza. Apenas había pasado un día sin vernos, pero lo había extrañado. Muchísimo.




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