La lluvia caía con fuerza sobre las calles asfaltadas, reflejando las luces de neón de los rascacielos y los semáforos que parpadeaban en la distancia. En un callejón apartado, lejos de los centros comerciales brillantes y los barrios residenciales de lujo, yacía María.
Era una mujer joven y hermosa, con el cabello rosado que se extendía sobre el suelo mojado, y ojos verdes como el jade que ahora permanecían cerrados para siempre. Junto a ella, envuelta en una manta delgada que ya no la abrigaba del frío, su bebé recién nacida lloraba con voz muy débil: tenía el mismo cabello rosado y suave, ojos azules claros y piel muy blanca.
Pasaron muchos coches rápido, sin detenerse. Hasta que llegó una camioneta oscura, propiedad de la familia Pérez, gente con dinero pero sin ningún tipo de escrúpulos, que volvía tarde de una cena de negocios.
La señora Pérez asomó la cabeza por la ventanilla, vio a la bebé y calculó con frialdad:
—No tiene a nadie. Nos servirá para limpiar, cuidar la casa y no tendremos que pagarle nada. Será nuestra ayudante desde pequeña.
Bajaron dos personas, tomaron a la niña sin siquiera mirar el rostro de María, la envolvieron en un trapo viejo y se la llevaron. La lluvia siguió cayendo sin parar, dejando a la madre sola en la oscuridad del callejón.