La niña creció en la enorme casa de los Pérez, en la zona más exclusiva de la ciudad, pero nunca tuvo un nombre propio para ellos: todos la llamaban “la sirvientita”, “la inútil” o simplemente “tú”.
Vivía en un pequeño cuarto de servicio sin ventanas, en lo más alto de la casa, y se levantaba mucho antes de que saliera el sol para barrer los pisos de mármol, lavar los platos de las cenas y cargar las compras pesadas que apenas podía mover.
A menudo pasaba hambre: si rompía algo por el cansancio, o si se retrasaba un minuto, se quedaba sin comer todo el día. En invierno le daban ropa vieja y demasiado grande, que no la protegía del frío que entraba por las rendijas.
La hija de los Pérez, de su misma edad, se divertía humillándola: le tiraba comida al suelo para que la recogiera, le ordenaba arrodillarse para limpiar sus zapatos y le decía con malicia:
—Nadie te quiere. Eres solo una carga, y siempre lo serás. Nadie vendrá nunca por ti.
Un día, mientras limpiaba el despacho cerrado del señor Pérez, encontró unos papeles escondidos detrás de un archivador: eran contratos falsos, pruebas claras de que estaban estafando al banco, robando dinero de obras públicas y haciendo negocios ilegales en toda la ciudad.
Antes de que pudiera soltar los papeles o esconderlos, el señor Pérez entró de golpe y la agarró del brazo con tanta fuerza que le dejó marcas:
—¡Has visto lo que no debías! —le gritó—. Si esto se sabe, vamos todos a la cárcel. Y tú desaparecerás primero, para que nadie sepa nada.
La encerraron en el sótano profundo de la casa, oscuro, húmedo y lleno de cajas viejas, sin darle ni agua ni comida. Al tercer día bajaron decididos a acabar con ella para borrar cualquier rastro.
La niña se acurrucó en el rincón más lejano, temblando de miedo y frío, y susurró muy bajito:
—¿Papá? ¿Estás ahí? ¿Algún día vendrás?