Justo cuando iban a hacerle daño, se escucharon sirenas afuera y golpes fuertes en la puerta principal. Entraron agentes especiales y al frente estaba Bernardo Casablanca: el hombre más poderoso de la Ciudad Metropolitana, dueño de empresas, fundaciones y con gran influencia en la justicia.
Era alto, elegante, de mirada firme y cabello negro con algunos mechones plateados, que venía a arrestar a los Pérez por orden judicial.
—¡Quédense quietos! —dijo con voz potente—. Están detenidos por fraude, lavado de dinero y negocios ilegales.
Los Pérez intentaron huir o esconder las pruebas, pero fueron atados y sacados de inmediato. Mientras revisaban cada rincón de la casa, Bernardo oyó un llanto muy débil que venía del sótano.
Bajó con cuidado y vio a la niña golpeada, sucia y asustada en el suelo. No sabía quién era, pero su corazón se apretó de compasión y rabia.
—Ya estás a salvo —le dijo suavemente, acercándose despacio—. Nadie te volverá a hacer daño nunca más.
La tomó en brazos, la cubrió con su abrigo largo y decidió llevársela a su casa, hasta saber quién era su familia.