En la enorme residencia de Bernardo, la niña encontró por primera vez suelos limpios, luz cálida, una cama suave y comida abundante. Pero seguía muy asustada, y se escondía en los rincones si alguien se acercaba rápido.
Bernardo la miraba en silencio, y cada día notaba en ella rasgos que le partían el alma: la forma de su rostro, su cabello rosado, la manera en que miraba con timidez… eran idénticos a María, la mujer que había amado profundamente años atrás y que desapareció sin dejar ni una sola pista.
Mandó investigar todo con mucho cuidado. Las pruebas confirmaron lo que ya sospechaba: la mujer hallada en el callejón era María, y la pequeña era su propia hija, que nunca supo que existía.
Se arrodilló frente a ella, con lágrimas en los ojos, y le acarició suavemente el cabello:
—Eres mi hija. Te llamarás Rosaura Casablanca. Nunca más estarás sola. Yo te cuidaré y te protegeré siempre.
Rosaura lo miró con los ojos llenos de lágrimas y lo abrazó fuerte, sintiendo por fin que tenía un hogar y una familia.