Poco después de que Bernardo reconociera legalmente a Rosaura como su hija, y de que el mundo supiera quién era realmente la joven que había aparecido de la nada, empezaron a ocurrir cosas extrañas y peligrosas alrededor de ella.
Al principio parecían simples coincidencias: un coche que pasaba demasiado rápido cerca de la acera donde caminaba, una luz que se apagaba justo cuando ella entraba en una habitación, o unas palabras amenazantes escritas en un papel que apareció en la puerta de la casa. Pero pronto los hechos se volvieron mucho más graves. Un día, mientras Rosaura compraba unas flores en una tienda del centro, alguien la empujó con fuerza por la espalda, haciéndola caer al suelo y lastimándose la rodilla. Otro día, al probar su bebida favorita, notó un sabor extraño y amargo; los análisis confirmaron que alguien había puesto una sustancia nociva en su vaso.
Bernardo no perdió ni un segundo. Ordenó a sus mejores investigadores descubrir quién estaba detrás de todo esto, y puso guardias de seguridad en cada entrada de la mansión, además de escoltas que acompañaban a Rosaura a todos lados.
—No permitiré que nadie te haga daño —le dijo con voz firme—. Nadie se atreverá a tocarte mientras yo esté aquí.
Poco tardaron en descubrir la verdad: la mente de todos esos ataques era la hija de los Pérez. Había logrado esconderse el día del arresto de sus padres, y desde entonces vivía llena de rabia y resentimiento. Culpaba a Rosaura de que su familia hubiera perdido todo: su dinero, su casa, su reputación y su libertad. Para ella, la culpa era solo de la chica que habían tenido como sirvienta y que ahora vivía entre lujos y amor. Quería vengarse, borrarla del mundo para que nadie recordara nunca lo que habían hecho los Pérez.
La policía la encontró en una casa pequeña en las afueras de la ciudad, mientras preparaba otro plan para atacar a Rosaura. Fue detenida de inmediato y llevada al mismo centro de detención donde ya estaban sus padres, esperando el juicio que decidiría su condena. Allí, encerrada en una celda pequeña y fría, comprendió al fin que su odio solo le había traído más desgracia.
Bernardo no bajó la guardia. Reforzó la seguridad, instaló cámaras en todos los rincones y le enseñó a Rosaura cómo protegerse. Poco a poco, la calma volvió a su corazón: sabía que su padre no descansaría hasta que ella estuviera completamente a salvo.