Poco después de la fiesta, Bernardo descubrió quién era realmente Antonio. Conocía muy bien a Luis Fernando, respetaba su trabajo y su fortuna, pero eso no quitaba que tuviera muchas dudas sobre su hijo. Sabía que la vida en la cima era complicada, llena de obligaciones y de gente que solo busca intereses, y temía que Rosaura terminara sufriendo si se unía a esa familia.
—No quiero que te acerques a él por ahora —le dijo Bernardo a su hija con seriedad—. Necesito estar seguro de que sus intenciones son buenas.
Rosaura sintió que el corazón se le rompía. Dejó de sonreír, pasaba las horas mirando por la ventana sin ver nada y se encerraba en su habitación. Bernardo la veía así y comprendió que no podía prohibirle sus sentimientos, pero tampoco podía entregarla a alguien que no estuviera dispuesto a darlo todo por ella. Así que decidió poner a Antonio a prueba.
Lo citó en su despacho y le dijo:
—Si realmente quieres estar con mi hija, tienes que demostrarme que la valoras por lo que ella es, y no por quién soy yo o por lo que tienes tú. Quiero que trabajes tres meses en los proyectos sociales de los barrios más necesitados, sin decir quién eres, sin usar tu dinero ni tus contactos. Quiero ver cómo tratas a los demás y si estás dispuesto a esforzarte.
Antonio aceptó sin dudarlo ni un instante. Durante tres meses trabajó de sol a sol: ayudó a construir salones de clase, llevó comida a familias que no tenían nada, escuchó los problemas de la gente y se ensució las manos como cualquiera. Nunca presumió, nunca se quejó y siempre hablaba de Rosaura con mucho cariño.
Al final de ese tiempo, volvió a ver a Bernardo.
—No me importa mi apellido ni mi fortuna —le dijo con sinceridad—. Lo único que quiero es estar a su lado, respetarla, cuidarla y hacerla feliz toda la vida. Daría todo lo que tengo por ella.
Bernardo miró a los ojos del joven y vio allí la verdad, la valentía y el amor que buscaba. Extendió la mano y lo abrazó.
—Has pasado la prueba —le dijo—. Ahora sé que puedes cuidar de mi hija. Bienvenido a nuestra familia.