¡por los calzones del príncipe!

4| Pedir Un Deseo

ISABELLE

Envío el archivo después de hacerle los últimos cambios y sonrío cuando veo que ya ha llegado a su destino. Espero que el señor Morton lo vea y le agrade. Trabajé en esto durante toda la noche, mientras las chicas dormían, y hoy desperté súper temprano solo para terminar esta primera parte.

Agarro el vaso de icopor y bebo un poco del chocolate hirviendo que acabo de pedir a la cocina. Muerdo el pequeño panecillo, sintiendo su perfecto sabor a queso derretido. Es una mañana helada y solo quisiera estar metida bajo las cálidas sábanas de Krisha, durmiendo en la cómoda cama que tan amablemente me ofrece.

Levanto la mirada cuando siento la presencia de alguien y doy un salto del susto al ver a Fernello mirándome fijamente desde arriba. Suelta una risita y yo me pongo de pie para darle un pequeño puño en el brazo. Él se queja, pero no deja de reír.

—Me asustaste, Fernello.

—¡Fernando! —corrige, y yo río por lo bajo—. El señor Morton quiere almorzar con su equipo de trabajo —anuncia, estirando un pequeño papel sobre mi escritorio. Frunzo los labios—. Te esperamos a las doce, muy puntual, en el restaurante que está justo al cruzar la calle.

—Pero no hago parte del equipo de trabajo del señor Morton —comento, confundida—. Recuerda que trabajo para la señora Anderson.

—El señor Morton quiere que estés presente —insiste, observándome mientras leo el papel.

—Bien, entonces iré —aseguro, encogiéndome de hombros—. Tal vez llegue unos minutos tarde, tengo un par de cosas que atender.

Asiente con formalidad y luego se retira por el amplio pasillo, saludando a varios empleados. Se detiene frente al ascensor y, antes de entrar, se despide de mí con la mano. Sonrío en su dirección y vuelvo a sentarme.

Si el señor Morton quiere que almorcemos, entonces asistiré. Seguramente será un buen rato; es un tipo agradable. Además es mi jefe principal. Tal vez Krisha tenga razón y pueda convertirse en una amiga más... aunque no sé muy bien cómo tomar eso todavía.

Después de perseguir a la señora Anderson varias veces con la caja de donas y la bolsa con su ropa, finalmente llega la hora del almuerzo. Me dirijo al baño para retocar un poco mi maquillaje luego de sudar como nunca corriendo tras mi jefa. Aunque el frío congela, yo acabo de transpirar veinte litros de sudor. Salgo de la empresa y me quedo un momento en la acera observando a la gente: algunos corren por comida, otros buscan adornos navideños y unos más simplemente caminan, probablemente de regreso a sus oficinas o yendo a tomar el almuerzo apenas.

Suelto un bostezo mientras el frío se cuela hasta mis huesos. Me aferro al abrigo y acomodo el gorro, sintiendo las orejas completamente congeladas. Cruzo la calle cuando los autos se detienen y empujo la puerta del restaurante, oyendo el tintineo de la campana. El olor a comida me invade de inmediato y el calor me envuelve al pasar junto a la chimenea, además hay calefacción aquí. Camino hacia la mesa reservada y veo que solo Fernello está sentado allí.

Supongo que los demás llegarán pronto.

Me acerco y él se percata de mi presencia. Sonríe cuando tomo asiento y enseguida aparece un mesero para entregarnos el menú. Me quito el abrigo con alivio y lo dejo a un lado antes de mirarlo con sospecha.

—¿Tardarán mucho? No quiero comer sin ellos, sería descortés —susurro.

—El señor Morton canceló el plan —dice—. Iba a decírtelo, pero ya te habías sentado. Los demás buscarán otro restaurante.

Abro la boca con sorpresa y luego tuerzo los labios.

—¿Ni siquiera Krisha vendrá?

—Dijo que almorzará en la empresa.

—Entonces creo que iré con ella —me pongo de pie, tomando mi bolso y el abrigo.

—¿Por qué no me haces compañía a mí? —me detiene.

Lo miro en silencio.

—Krisha es mi amiga. Siempre comemos juntas.

—¿Yo no soy tu amigo? —pregunta, apretando los labios. Luego ríe con suavidad—. Tranquila, compañera de trabajo. Puedes irte. Comeré solo. No hay problema.

Lo observo tomar el menú con fingida concentración y el sentimiento de culpa se me instala en el pecho. No lo considero mi amigo, pero tampoco quiero herirlo. Últimamente Krisha y yo hacemos todo juntas, y tal vez no estaría mal cambiar un poco la rutina,

Dejo el bolso sobre la mesa y me quito el abrigo una vez más.

—Comeré contigo.

Fernello levanta la vista y sonríe.

Llamamos al mesero y hago mi pedido. Cuando llega su turno, Fernello me mira con súplica.

—¿Qué me recomiendas?

—Ni idea —admito—, pero esto parece bueno —señalo un plato—. Tiene buena pinta.

Asiente satisfecho y confirma la orden. Cuando el mesero se va, lo observo usar el celular con concentración. Es atractivo, no se puede negar: alto, de rasgos casi perfectos, ojos hermosos.

Es... demasiado caliente.

—Ya lo sé —dice de pronto.

—¿Ah?

—Lo dijiste en voz alta.

—¡¿Qué?! —chillo, completamente avergonzada.

—Que es muy caliente —repite, señalando la calefacción—. Deberían bajarla un poco.

—¡Eso! —me apresuro—. Exactamente eso.

Cuando llegan los platos, intento imitar su forma elegante de comer, pero me rindo rápido. Tomo la cuchara y como sin pretensiones. Incluso tomo un trozo de carne con los dedos. Gimo satisfecha cuando la pruebo.

Al terminar, compartimos una copa de vino.

—¿Te gustó? —pregunto.

—Mucho —responde—. Podríamos volver.

—La próxima vez traigo a Krisha —digo sin pensar.

Las comisuras de sus labios tiemblan, pero asiente.

Cuando intento pagar, toma mi muñeca con suavidad.

—Invito yo.

—Fernello...

—La próxima vez pagas tú—propone.

Acepto.

Al salir, el frío nos golpea de lleno. Antes de cruzar la calle, un Santa Claus gordito nos detiene con una campana y dos niños vestidos de reno. Nos pide un deseo. Cierro los ojos.

—¡Pidan un deseo, pidan un deseo! ¡Santa Claus va a cumplir sus deseos! —agita la ruidosa campana frente a nosotros. Dos niños elevan una pequeña caja llena de papelitos—. ¡Tomen un mensaje y guárdenlo hasta el fin de año!




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