¡por los calzones del príncipe!

6| Me Llamo Jacob

ISABELLE

Sonrío de forma tensa al ver dos llaves frente a todos nosotros; Sophie arrebata una y las chicas se retiran en fila india, dejándome a solas con Fernello y con el anciano que sostiene la otra llave frente a nosotros.

—Bueno, iremos con ellas, entonces —comento, intentando seguir a mis amigas; sin embargo, me detengo cuando el señor aclara la garganta.

—La cabaña es solo para seis personas, señorita —dice.

Hago un conteo rápido en mi cabeza y recuerdo que Dina y Mikkel también se animaron a venir. Trago saliva y suelto una risita nerviosa.

—¿Eso significa que...?

—Significa que se reservó una segunda habitación para dos personas —rueda los ojos con obviedad y sacude las llaves frente a mí, impaciente.

—¿Una sola cama? —pregunto, y él asiente—. No, definitivamente hay un error. Es que... él y yo no podemos dormir juntos.

Veo cómo las cejas de Fernello se alzan, sorprendido.

—Entonces, señorita, regrese por donde vino —responde el anciano encogiéndose de hombros—. No hay más cabañas disponibles. Es la única que queda. —cruza detrás del mostrador mientras empieza a apagar las luces del pequeño local—Hice una excepción por ustedes. Son las doce de la madrugada; yo debería estar bajo mi techo, no lidiando con dos jovencitos resabiados.

Abro la boca, incrédula. Me cruzo de brazos y dejo caer el maletín con un golpe seco. Luego me acerco al mostrador y firmo la hoja con el registro de nuestra estadía y el inventario de la cabaña.

—Deme las llaves —rechisto.

Él me las entrega sin mirarme.

—Que tengan un buen fin de semana.

Tomo el maletín y salgo del lugar. Fernello me sigue en silencio, como si la situación no le afectara en lo más mínimo. Camino con paso torpe sobre la nieve, sintiendo cómo mis pies se hunden; maldigo en voz baja y lanzo la mochila hasta la entrada de la cabaña que nos corresponde.

Me aparto unos pasos y, bajo la mirada divertida de mi acompañante pelirrojo, hago una rabieta infantil. Salto varias veces sobre la nieve, aprieto los puños y gruño.

—Maldito anciano —murmuro, revolviéndome el cabello—. ¡Voy a matar a mis amigas!

Me giro hacia la cabaña y encuentro a Fernello observándome con una mezcla de sorpresa y diversión. Camino directo a la puerta, la abro sin detenerme a mirar el interior, arrojo la pesada mochila sobre el sillón y me dejo caer en él, soltando un resoplido cansado.

—No es tan mala... —comenta—. Está bien amoblada. Es bonita.

—Pero tenemos que dormir juntos.

—Bueno, no me quejo.

Lo observo recorrer la cabaña y tengo que contener un chillido cuando noto que soy la única realmente alterada por la situación. Lo hicieron a propósito, todas. Maldición.

—Dormiré en el sillón —bufo.

—¿Hablas en serio, Isabelle? —suspira—. Está bien. Si no quieres compartir el colchón conmigo, dormiré yo en el sillón.

Deja su maletín sobre uno de los asientos y desaparece hacia el interior de la cabaña. Me paso una mano por el rostro y me levanto para ir a la cocina, donde empiezo a guardar los sándwiches en la nevera.

Arrastro mi maletín por el pasillo hasta la habitación y comienzo a desempacar, acomodando mis cosas en los impecables cajones de madera. Me pongo una pijama cómoda y abrigada y salgo sin saber dónde está Fernello.

Al pasar por el baño y oír la ducha, entiendo que está ahí. Vuelvo a la cocina, tomo un sándwich, enciendo el televisor y pongo música navideña a volumen bajo.

Mientras como, recorren la estancia mis ojos. La cabaña está bien decorada, cálida, acogedora. Los adornos navideños terminan de darle una sensación hogareña que, contra mi voluntad, empiezo a disfrutar.

Trago en seco cuando veo a Fernello cruzar el pasillo con solo una toalla alrededor de la cadera, dejando a la vista su cuerpo marcado y bien trabajado. El calor me enciende el rostro y casi siento que voy a caerme de la silla. Parece no percatarse de mi presencia y se acerca a su maleta para buscar algo.

Mi respiración se atasca cuando veo cada uno de sus músculos tensarse con el movimiento. Mi boca queda abierta; he dejado de respirar. Su cabello está húmedo, al igual que su rostro, su pecho y su abdomen. Observo las gotas de agua deslizarse entre sus marcados cuadrados y no puedo evitar relamerme los labios cuando sacude el cabello.

Todo ocurre en cámara lenta frente a mis ojos: la forma en que pasa las manos por su cabeza, cómo sus músculos se contraen.

Un ángel acaba de caer del cielo, amén. ¡Qué bendición! Qué espectáculo tan digno de agradecer.

—Por el Señor Jesucristo —jadeo en voz baja.

Él se gira abruptamente.

Cubro mi boca al darme cuenta de que lo dije en voz alta y noto cómo una pequeña sonrisa se instala en su rostro. Intento ponerme de pie, pero este se enreda con la pata de la silla y termino yéndome de bruces al suelo. Maldigo al sentir el dolor en mis rodillas.

En segundos, las manos de Fernello me sostienen por los brazos y me ayuda a incorporarme.

—¿Estás bien? —pregunta, inspeccionándome.

Lo miro a los ojos durante unos segundos y detecto diversión en su mirada. Mi atención se desvía brevemente hacia su cuerpo, pero finjo interés en mis manos y las sacudo.

—Sí —respondo, sacudiendo también mi pantalón—. Estoy bien. Solo fui torpe.

—Tu pantalón está limpio.

Oigo el tono divertido en su voz. Gruño y, todavía pasando mis manos por el pantalón, me aparto de él. Se ríe.

—Debo volver a la habitación.

—Bien. Que tengas una buena noche. Hasta mañana, Isabelle.

Me detengo a mitad del pasillo.

Me giro hacia él y, con toda la determinación que me queda, sostengo su mirada.

—Cambié de opinión. Dormiremos en la misma cama.

Levanta las cejas, sorprendido, pero finalmente asiente. No puedo simplemente dejarlo durmiendo afuera, con el frío que hace. Además eso sería muy descortés de mi parte.




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