¡por los calzones del príncipe!

8| Un Mundo Ideal

ISABELLE

Una semana después...

—Bien, no sé qué usar para la lección de hoy —rasco mi nuca y suelto un suspiro agotado.

—No te compliques tanto, Belle.

—Sabes que debo cumplir con ciertas reglas. No puedo usar el mismo tipo de ropa que antes... —farfullo, apartando las prendas con fastidio—. Necesito encontrar un maldito vestido ya o llegaré tarde, Kris, ¿entiendes?

—Relájate un poco, vaya... Estás demasiado estresada —suelta una risita, y sé que lo próximo será una estupidez—. ¿Acaso no tuviste sexo con Jacob anoche?

La miro mal.

—No tenemos sexo, Krisha.

—¡Ay, por Dios, Belle! —chilla, incorporándose sobre mi cama—. ¿Todavía no han estado juntos? ¿En serio?

—Muy en serio.

—¿Eh? —me observa como si estuviera perdiendo la cabeza.

—Tampoco es como si fuera tan importante.

—Umh... ¿entonces no te frustra estar en sequía?

Admito que estar junto a Jacob y sentir su aroma me resulta embriagador; es como si algo en mi interior se desbordara sin permiso y mis hormonas entraran en un alboroto silencioso cada vez que se acerca. Su presencia me desarma de una forma peligrosa y deliciosa a la vez. Aun así, lo nuestro es tan suave, tan cuidadoso, tan cargado de gestos pequeños y miradas largas, que el deseo físico queda en segundo plano, casi como un murmullo que espera su turno.

Y no es que no lo quiera. Claro que lo deseo. Sería mentir negarlo. Pero todo entre nosotros se siente distinto, nuevo, como un territorio que aún no sé cómo pisar sin temor a romperlo. Hay una calma extraña en esa contención, una intimidad que no depende del cuerpo sino de la cercanía, y quizá por eso me descubro avanzando despacio.

—No —me encojo de hombros, hasta que al fin encuentro algo—. ¡Aquí está!

—Belle, ya has usado ese vestido en varias lecciones.

—No importa.

—¿Jacob vendrá por ti?

—No puede. Hoy estará ocupado.

—Aún no me acostumbro a verte siendo parte de ellos —dice entre risas—. ¿Cuándo saldrá todo a la luz?

—El próximo año.

—Bueno, queda bastante tiempo.

—En marzo.

—¡Ay, Jesús! ¡Eso es prácticamente ayer!

—No me siento preparada para eso —confieso, plantándome frente a ella. Me relamo los labios, resecos.

—Deberías relajarte. Falta poco para Navidad y estás al borde de un colapso.

Estamos a nueve de diciembre. Los días han pasado volando. Me siento como si hubieran pasado cincuenta años. He vivido demasiado en casi un mes.

—Creo que va a pedirme matrimonio.

—¡Es muy pronto!

—Voy a volverme loca.

—Deja de sobre pensar —me sacude por los hombros, provocando que bufe mientras ríe—. Tranquila, cariño. Anda, arréglate o llegarás tarde. Yo iré a trabajar.

Después de estar lista y de subir nuevamente a la enorme camioneta blindada —tal como hace una semana—, llego al salón donde tomo las lecciones, dentro del palacio.

Jacob y yo acordamos que comenzaríamos de inmediato. La vida es para tomar riesgos, y decidí hacerlo sin dudar. Siempre está pendiente de mí, pero hoy los asuntos familiares le impiden acompañarme.

El palacio es inmenso; sé que aún no conozco ni una quinta parte. Las dimensiones de todo lo que lo adorna me abruman, aunque sé que tendré que acostumbrarme si estoy dispuesta a formar parte de la vida de Jacob. Resulta irónico: hace pocos días lloraba sin consuelo y ahora, en cambio, me siento un poco más tranquila. Él sigue siendo el mismo conmigo.

Nunca lo dije en voz alta, pero lo que realmente me aterraba era que Jacob cambiara, que se convirtiera en lo que todos dicen que es... en lo que yo misma llegué a creer.

La primera lección fue sobre postura: cómo pararme, cómo sentarme, cómo inclinar la cabeza, cómo caminar, cómo posar frente a las cámaras, cómo saludar. Cómo, cómo, cómo... todo. Absolutamente todo.

Luego vinieron los cubiertos y la forma correcta de sostener cada uno; aprendí que no debo reír a carcajadas en público, que no debo aplaudir con fuerza, que no debo encorvarme y que debo mantener una sonrisa permanente, incluso si me estoy derrumbando por dentro.

Durante estos días me han instruido en códigos de vestimenta: qué usar en cada evento, qué peinados son apropiados, qué maquillaje llevar, uñas siempre naturales, rostro impecable.

Hoy toca una breve clase de baile, necesaria para los eventos más cercanos posteriores a la coronación. También, aunque nadie lo diga en voz alta, me están preparando para un matrimonio que ni siquiera ha sido anunciado.

Por estas lecciones, he estado trabajando desde casa con permiso del señor Morton, quien conoce toda la situación y me ha concedido el tiempo que he necesitado.

Sigo al profesor de baile, sintiendo los pies arder dentro de los tacones que llevo desde la mañana. Bostezo sin poder evitarlo; su gruñido de molestia me da ganas de llorar.

Ha sido una semana agotadora, saturada de información. Estoy segura de que olvidé casi todo lo aprendido ayer. Solo quiero descansar. No me imagino cómo será todo después de la coronación.

—Muchacha, definitivamente no estás hecha para esta vida —espetó—. ¡No muestras ninguna disposición en mi clase!

—¡Juro que hago lo mejor que puedo!

—Respeta mis clases y también a La Familia. Si bailas así, todos se burlarán de ti, de mí y de La Familia Real, ¿entiendes? —escupe con desprecio—. Chica pueblerina.

Lo observo durante varios segundos y, vencida por el cansancio, rompo en llanto. Su resoplido me perfora los oídos.

—¿Cómo se atreve a hablarle de esa forma?

Reconozco la voz de Jacob de inmediato. Alzo el rostro y lo veo acercarse.

—Oh, su alteza, yo...

—¿Por qué le ha hablado así?

—Su alteza, permítame explicarle, Isabelle ha...

Su alteza, para usted —lo interrumpe—. Ella es parte de mi familia, y le exijo respeto.

Jacob me acerca a él y me envuelve con sus brazos.




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