JACOB
Semanas atrás...
—Su alteza, permítame leer la agenda del día. —Janet me mira con esa formalidad que lleva estampada en el rostro desde que empezó a trabajar conmigo. Le doy un leve asentimiento para que continúe—. Su madre solicitó su presencia en el comedor principal para tomar el desayuno con su hermano, el príncipe Anthony, y su alteza real, Leticia. Pronto se dirigirá hacia la Compañía Morton para comenzar los preparativos del vestido que usará su prometida en la boda...
—Jane... —la interrumpo, cruzándome de brazos, y ella eleva la vista con un parpadeo nervioso.
—¿Sí, su alteza?
—No hay una prometida —remarco, sin cambiar la postura.
—Bueno... príncipe, yo solo leo lo que me envían —balbucea.
—Tranquila, puedes continuar.
Aclara su garganta, algo sonrojada, y vuelve a fijar la mirada en la tableta.
—Después tiene el almuerzo con los representantes de la fundación para los niños y... parece que el resto del día está libre.
Asiento, memorizando mentalmente las actividades.
—Jane, ¿mi madre está en el comedor?
—Irá en unos minutos, príncipe.
—Bien. Puedes retirarte. Gracias.— ella se da vuelta para salir, pero la detengo antes de que cruce la puerta—Jane... ¿encontraron mis calzones?
Se congela. Da media vuelta lentamente, con el rostro rojo como un tomate maduro.
—No, príncipe —dice en un hilo de voz.
—Está bien, puedes retirarte.
Sale prácticamente huyendo, y no puedo evitar soltar una carcajada baja.
Termino de arreglar mi traje, me miro una última vez en el espejo y salgo de mi habitación mientras mi mente sigue atorada en el mismo pensamiento de siempre: la obsesión de mi madre por casarme lo antes posible.
Como si yo fuera solo una pieza más del tablero que ella mueve.
Recorro los pasillos del palacio saludando a los empleados que están colocando los adornos navideños. Contestan con reverencias, mientras Jane me sigue a una distancia prudente, por si necesito pedir algo. Pero lo único que quisiera pedir es que convenza a mi madre de dejar de presionarme con un matrimonio arreglado. Es agotador.
Al entrar al comedor, veo a mi madre sentada, impecable como siempre; Anthony está a su lado, conversando con Leticia en voz baja. Cuando me ven, se ponen de pie. Hago la reverencia correspondiente ante mi madre y saludo cordialmente a los demás antes de sentarme.
—Buenos días, Jacob. ¿Has dormido bien? —pregunta mi madre, con esa sonrisa pulida de reina.
—Sí, madre. Gracias. Espero que tú también.
Asiente con elegancia.
—¿Estás listo para las actividades del día?
—No —respondo con sinceridad, provocando que ladee la cabeza—. No quiero preparar el vestido de una prometida imaginaria, madre.
Ella suspira, un suspiro largo que anuncia guerra.
—Jacob, no compliques las cosas.
La miro fijamente mientras el personal empieza a servir los platos. No desvío la mirada ni un segundo.
—¿Por qué insistes tanto?
—Porque quiero que seas responsable, Jacob —dice, marcando cada palabra, tensando el ambiente.
—Soy un hombre de veintiocho años, completamente responsable de mi vida y mis decisiones. No necesito una mujer para demostrarlo.
Su rostro se tiñe de rojo, pero se contiene por respeto a quienes escuchan. Aun con los contratos de confidencialidad, mi madre jamás deja margen para que el palacio vea debilidad.
—Jacob, me informaron que llegaste a las cinco de la madrugada el otro día. Ebrio. Como si fueras un hombre común. ¿Acaso no entiendes que eres el príncipe?
—¡Nadie sabe que soy el príncipe! —alzo la voz solo un grado, lo suficiente para dejar clara mi molestia.
—Eres irresponsable.
Gruño, desviando la mirada. Anthony y Leticia están rígidos, mirando sus platos, como si temieran que los arrastre a la discusión.
—Madre, cumplo con todas mis obligaciones. Asisto a eventos, hago donaciones, dirijo proyectos, participo en obras... ¿Y soy irresponsable porque salí a divertirme una sola noche después de años sin descanso?
—Todos allá afuera dicen que eres un mujeriego, un engreído, un patán —insiste.
—¿Eso es lo que piensas que soy?
Nos quedamos mirándonos, midiéndonos, hasta que finalmente bajo la vista hacia mi plato para cortar la discusión antes de que escale más.
—No quiero que hablen mal de nuestra familia, Jacob.
—Y no lo harán, su majestad.
—Jacob... solo quiero que pongas los pies sobre la tierra.
—No voy a casarme con una desconocida. Si lo hago, será porque la amo y me ama. No sacrificaré mi vida en un matrimonio que condena a dos personas a la infelicidad.
Ella suspira, esa mezcla de frustración y resignación que conozco desde que era niño.
—A veces quisiera que fueras un poco más como tu hermano.
Respiro hondo, evitando responder algo que pueda dolerle. Me limito a desayunar en silencio.
Entiendo que no ha sido fácil para ella desde la muerte de mi padre... pero eso no le da derecho a cargar su ansiedad sobre mis hombros. He hecho todo lo necesario para mantener limpio nuestro nombre; me alejé de cámaras, de la prensa, del circo que siempre rodea a mi familia.
He trabajado en mí, en mis proyectos, en mis responsabilidades. Pero soy humano. Una noche de desahogo no me convierte en el desastre que la ciudadanía y ella pintan.
Solo quisiera que lo viera.
Mamá no es una mala mujer, ella simplemente ha cargado con el peso de una corona entera durante demasiado tiempo. Conoce las consecuencias de cada movimiento y, aunque a veces su manera de expresarlo es brusca, en el fondo solo quiere protegernos. Las personas pueden ser crueles. Pueden destruir reputaciones con unas cuantas palabras malintencionadas. Y ella está cansada de luchar contra ese mundo que siempre vigila, siempre critica y nunca olvida.
Sin embargo, siendo un hombre de veintiocho años, plenamente consciente de quién soy y del peso que cargo sobre los hombros, me resulta inevitable sentir cierta indignación cuando mi madre me da instrucciones constantes, como si yo no estuviera lo suficientemente involucrado con la Corona o no comprendiera la magnitud de mis responsabilidades. Tal vez no estuve presente ante las cámaras después de la muerte de mi padre, pero nunca me aparté de mi deber. Permanecí tras bambalinas, sí, pero siempre atento, siempre cumpliendo. Nunca he huido de lo que soy.
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Editado: 04.07.2026