¡por los calzones del príncipe!

Capítulo Final| Por Los Calzones Del Príncipe

ISABELLE

Los meses pasaron con una rapidez que aún me cuesta comprender. La colección se convirtió en un éxito rotundo apenas salió a la luz; las tiendas se abarrotaron de personas ansiosas por adquirir las prendas exclusivas y, en cuestión de días, todo se agotó. Morton, sorprendido incluso por sus propias expectativas, decidió producir una última tanda, elevando ligeramente el precio debido a la alta demanda. Aun así, las piezas volvieron a desaparecer de los estantes en un abrir y cerrar de ojos.

Jacob y yo dimos el comunicado oficial sobre nuestro compromiso poco tiempo después. El mundo celebró el anuncio como si se tratara de una festividad nacional. Fuimos invitados a múltiples charlas, eventos y encuentros oficiales, y fue allí donde di mi primer discurso público como futura integrante de la Familia Real, oficialmente comprometida. Contra todo pronóstico —y mis propios nervios—, fue un éxito absoluto. Mi voz no tembló, mis palabras fueron claras y sentí, por primera vez, que estaba exactamente donde debía estar.

Con el dinero obtenido tras el lanzamiento de la colección, realicé diversas obras de caridad y donaciones. Ayudé a fundaciones y hogares para niños sin familia, algo que siempre había deseado hacer, pero que antes me parecía inalcanzable. Ahora tenía la posibilidad de cambiar realidades, y no pensaba desaprovecharla.

A mitad de año, mis padres y mis hermanos decidieron establecerse definitivamente en la ciudad, dejando atrás el pueblo. Durante ese tiempo, mi hermano Roy inició lo que parecía ser una relación estable con mi mejor amiga, Krisha, algo que al principio me tomó por sorpresa, pero que terminó haciéndome sonreír. Dina y Mikkel anunciaron su embarazo y pronto darían la bienvenida a su hijo, mientras que el resto de mis amigas continuó con su vida habitual, sin demasiados sobresaltos, pero acompañándome siempre.

Jacob, en una decisión que marcó un antes y un después, rechazó asumir la Corona de inmediato. Optó por modificar la fecha de su posesión y propuso que ambos fuéramos coronados después de nuestra boda. La reina estuvo de acuerdo, y yo no pude más que agradecer profundamente que me tuvieran en cuenta para algo tan trascendental.

Con el paso del tiempo, la reina y yo estrechamos nuestra relación hasta el punto de parecer casi amigas. Compartimos tardes enteras hablando sobre la decoración de la boda, el protocolo y, en ocasiones, sobre la vida misma. Ella me aconsejó sobre mi futura posición como reina y sobre la responsabilidad que implicaba la pronta coronación. A pesar de las múltiples ocupaciones de Jacob, jamás dejó de darme una atención especial; seguíamos compartiendo nuestra casita, nuestras rutinas y pequeños momentos que hacían que todo pareciera perfecto.

Nuestra relación floreció en todos los aspectos. No me arrepiento, ni por un segundo, de haberme emparejado con él. El amor que sentimos es tan grande que resulta imposible ocultarlo, incluso frente a las cámaras. Rompimos protocolos al tomarnos de la mano en medio de discursos o al besarnos con decencia ante la mirada pública, demostrando que el amor no entiende de reglas rígidas.

Continué ayudando a Morton en la empresa y comencé a diseñar nuevos estilos junto a él. Mientras tanto, se encargó de nuestros vestidos de boda y también de los atuendos para varios miembros de la familia real. Por supuesto, cada hora de trabajo fue pagada con creces, compensando cualquier pérdida que hubiera supuesto no lanzar una nueva colección.

Jacob y yo elegimos nuestras argollas dentro del palacio, revisamos la decoración, las tarjetas de invitación, el espacio para la fiesta y elaboramos la extensa lista de invitados. Embajadores, jefes de Estado, personas vinculadas con la Corona, actores, actrices, cantantes y estrellas internacionales formarían parte del evento, además de nuestras familias y amistades más cercanas. En total, tres mil invitados asistirían a la boda.

Si alguien conociera la cifra total de gastos, sin duda se escandalizaría.

Realizamos los ensayos necesarios y Jacob no dejó de invertir en cada detalle. Su entusiasmo era contagioso, tanto como el mío.

—Su alteza, cuarenta y ocho millones de euros sería el total de los gastos —informó Jane con absoluta seriedad.

Creo que en ese instante dejé de respirar.

—Bueno... creo que fue demasiado —murmuré.

—Es perfecto —respondió Jacob, poniéndose de pie con una sonrisa satisfecha, mientras yo lo miraba como si hubiese perdido la razón.

—Yo... pensaba en reducir costos.

—Para nada, Isabelle —me tomó por los brazos y me llevó hasta el salón una vez que Jane se retiró—. Escucha, amor de mi vida —acarició mi mejilla con ternura—, es nuestra boda. Merece ser celebrada con bombos y platillos. ¿Acaso no te pone feliz?

Se sentó en el sillón y tiró suavemente de mi cintura para acomodarme sobre sus piernas.

—Jacob...

—No todos los días alguien se casa con una princesa y tiene una boda real, ¿entiendes? —repitió mis propias palabras, haciéndome reír. Alzó mi rostro con un dedo bajo la barbilla y rozó mis labios—Te amo, Isabelle. Me haces el hombre más feliz del mundo.

Lo besé con pasión y dulzura, transmitiéndole todo lo que siento y lo mucho que ese amor se ha intensificado con el paso de los meses. Un año fue suficiente para comprender que él es el amor de mi vida.

—Te amo, JayJay.

—Estoy ansioso por... crear una familia pronto —confesó en voz baja, apoyando su mano sobre mi vientre.

—Disfrutemos primero nuestra vida de casados —respondí con una sonrisa—, luego vendrán los hijos.

***

Viernes, 23 de diciembre.

La mañana fue completamente ajetreada, y ni siquiera me atrevo a mencionar lo ocurrido el día de ayer. Cada minuto parece correr en mi contra y la presión se instala en mi pecho como un recordatorio constante de lo que está a punto de suceder. Aunque ya he estado frente al público en innumerables ocasiones, hoy no se trata de discursos ni de compromisos oficiales: hoy es el día de mi boda.




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