El teléfono vibró a las 11:47 de la noche.
Otra vez.
Valeria miró la pantalla iluminada en medio de la oscuridad de su habitación y sonrió sin querer hacerlo.
Era él.
“¿Estás despierta?”
Siempre era así. Nunca un “buenos días”, nunca una foto improvisada del desayuno, nunca una llamada en mitad de la tarde solo para escuchar su voz. Él aparecía únicamente cuando el mundo dormía y nadie podía verlo.
Aun así, ella respondió en menos de un minuto.
“Sí.”
Y como una costumbre peligrosa, su corazón volvió a latir más rápido.
Se levantó de la cama despacio para no despertar a su mamá, se miró rápido al espejo y acomodó su cabello como si él pudiera verla a través de la pantalla. Ridículo. Pero cuando una mujer está enamorada, hasta los gestos más pequeños se sienten importantes.
—Te extraño —dijo él apenas contestó la llamada.
Valeria cerró los ojos.
Esas dos palabras siempre podían destruirle la razón.
—Yo también.
Hubo silencio. Del otro lado se escuchaba el ruido de un carro pasando y después su respiración tranquila, esa que tantas veces le había dado paz.
—Hoy discutí con ella —murmuró él.
Y ahí estaba.
La sombra inevitable entre ellos.
Ella.
La novia.
La oficial.
La mujer que podía tomarle la mano en público sin miedo. La que aparecía en sus fotos. La que tenía derecho a llamarlo cuando quisiera.
Valeria tragó saliva y fingió que escuchar eso ya no le dolía.
—¿Y ahora qué pasó?
—Lo de siempre. Ya no nos entendemos.
Valeria conocía ese discurso de memoria. Lo había escuchado tantas veces que podía repetirlo palabra por palabra. “Ya no la amo igual.” “Estoy confundido.” “Tú me haces sentir cosas diferentes.”
Pero nunca se iba.
Nunca la dejaba.
Y ella, aun sabiéndolo, seguía esperando.
—A veces quisiera desaparecer contigo —susurró él.
Valeria miró el techo intentando ignorar el vacío que le atravesó el pecho. Porque él siempre sabía decir exactamente lo que ella necesitaba escuchar… pero jamás hacía nada para convertirlo en realidad.
—Entonces hazlo —respondió casi en un suspiro.
El silencio volvió.
Uno pesado. Incómodo.
Ella entendió la respuesta antes de que él hablara.
—No es tan fácil.
Claro que no era fácil.
Nunca lo era cuando una mujer debía quedarse escondida mientras otra ocupaba su lugar.
Valeria apretó fuerte el celular.
Odiaba sentirse así.
Odiaba esperar mensajes que llegaban tarde. Odiaba emocionarse por migajas de atención. Odiaba revisar las redes sociales de la otra chica comparando su cuerpo, su sonrisa, su cabello, preguntándose qué tenía ella que a él le costaba tanto dejarla.
¿Qué la hacía suficiente?
Porque Valeria lo intentaba todo.
Ser comprensiva. Paciente. Perfecta.
Pero al final del día seguía siendo la mujer que recibía llamadas a escondidas.
La que no podía existir frente al mundo.
—¿Sigues ahí? —preguntó él.
Ella tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Pero no estaba ahí.
No completamente.
Una parte de ella comenzaba a cansarse de amar a alguien que solo aparecía cuando le convenía. Aunque todavía no estaba lista para aceptarlo.
Editado: 27.05.2026