Sebastián sabía exactamente en qué momento todo se había salido de control.
No fue cuando conoció a Valeria.
Ni siquiera cuando comenzó a buscar excusas para escribirle cada noche.
Fue el día en que entendió que necesitaba a las dos.
Y desde entonces, empezó a odiarse un poco más.
Sofía era estabilidad.
La mujer que había estado con él en sus peores momentos. La que conocía a su familia, sus manías, sus planes. Con ella la vida tenía orden.
Valeria, en cambio, era escape.
Con ella no existían responsabilidades ni discusiones sobre el futuro. Todo se sentía intenso, nuevo, vivo. Valeria lo miraba como si él fuera extraordinario, incluso cuando sabía que no lo era.
Y eso le gustaba más de lo que quería admitir.
Sebastián soltó el aire mientras veía el chat de Valeria abierto en su celular.
“¿Me extrañas?”
Ese había sido su último mensaje.
Claro que la extrañaba.
Pero también extrañaba a Sofía cuando discutían.
Y ahí estaba el verdadero problema: nunca había amado lo suficiente a una para renunciar completamente a la otra.
Era egoísta.
Lo sabía.
Pero cada vez que intentaba alejarse de Valeria, terminaba buscándola otra vez. Porque ella llenaba partes de él que ni siquiera Sofía conocía.
Aunque jamás tendría el valor de admitir algo más cruel:
Le gustaba sentirse necesitado por ambas.
El celular vibró.
Era Sofía enviándole una foto de los dos en la playa semanas atrás.
“Te amo.”
Sebastián cerró los ojos.
Ella todavía creía en él.
Y aun así, minutos después terminó entrando al chat de Valeria.
“¿Estás despierta?”
Siempre empezaba así.
Como si escribirle tarde en la noche hiciera menos grave la traición.
A veces intentaba convencerse de que no era un mal hombre. Nunca quiso herirlas. Nunca planeó enamorarse de dos personas al mismo tiempo.
Pero en el fondo sabía la verdad.
No estaba confundido.
Simplemente no quería perder ninguna de las dos.
Y mientras ellas seguían peleando silenciosamente por un lugar en su vida… él continuaba teniendo ambas opciones.
Editado: 27.05.2026