¿por qué ella sí y yo no?

Capitulo 16 nunca me elegiste

Valeria estaba acostada mirando el techo cuando escuchó el celular vibrar por quinta vez.

Sebastián.

Otra vez.

Desde la pelea con Sofía, él no había dejado de escribirle. Sus mensajes llegaban desesperados, desordenados, como si estuviera intentando sostener algo que ya comenzaba a romperse entre las manos.

“Necesito verte.”
“Por favor contesta.”
“Las cosas se salieron de control.”

Valeria cerró los ojos con cansancio.

Las cosas se salieron de control.

Como si hubieran sido un accidente.
Como si él no hubiera tomado cada decisión que los llevó exactamente hasta ahí.

El celular volvió a vibrar.

Llamada entrante.

Ella lo observó unos segundos eternos antes de responder.

—¿Qué quieres?

La voz de Sebastián salió inmediatamente al otro lado.

Rota. Agitada.

—Necesito hablar contigo.

—No puedo ahora.

—Valeria, por favor.

Ella apretó los ojos.

Escucharlo así le dolía más de lo que quería admitir.

Porque todavía lo amaba.
Y ese era exactamente el problema.

—Sofía ya sabe todo, ¿verdad? —preguntó en voz baja.

Hubo silencio.

Después, un suspiro pesado.

—Sí.

Valeria sintió el pecho apretarse inmediatamente.

Aunque había imaginado ese momento cientos de veces… la realidad no se sintió victoriosa.

Se sintió triste.

Muy triste.

Porque ahora había otra mujer llorando exactamente por la misma razón que ella llevaba meses llorando sola.

—¿Dónde estás? —preguntó Sebastián.

—En mi casa.

—Voy para allá.

—No.

—Valeria…

—No quiero verte así.

Pero él apareció igual.

Treinta minutos después, Valeria abrió la puerta y lo encontró completamente destruido.

La camisa arrugada.
Los ojos rojos.
La expresión cansada.

Y aun así, seguía siendo el hombre que le rompía el corazón con solo mirarla.

Sebastián entró lentamente al apartamento mientras ella cerraba la puerta detrás de él.

El silencio era incómodo.

Pesado.

Él la observó unos segundos antes de hablar.

—Sofía me dejó.

Valeria sintió un dolor extraño atravesándole el pecho.

No alivio.
No felicidad.

Dolor.

Porque aunque Sofía era “la otra mujer” en su historia… nunca había sido realmente su enemiga.

Las dos terminaron heridas por el mismo hombre.

Sebastián pasó las manos por su rostro desesperadamente.

—Todo se arruinó.

Valeria lo miró fijamente.

Y algo dentro de ella finalmente explotó.

—¿Ahora sí se arruinó?

Él levantó la vista sorprendido.

Ella comenzó a reír con tristeza mientras las lágrimas llenaban sus ojos.

—Sebastián, yo llevaba meses rota y tú seguías diciendo que tuviera paciencia.

—Yo nunca quise hacerte daño.

—¡Pero lo hiciste!

La voz le tembló completamente.

Toda la tristeza acumulada comenzó a salir finalmente.

—Me convertiste en alguien que vivía esperando mensajes a escondidas… esperando que algún día me eligieras.

Sebastián intentó acercarse.

—Valeria…

—No.

Ella retrocedió inmediatamente.

—¿Sabes cuántas veces me pregunté qué tenía ella que yo no? ¿Cuántas veces me comparé con Sofía porque tú nunca eras capaz de decidirte?

Él bajó la mirada lleno de culpa.

Porque no había defensa posible.

Valeria sentía lágrimas correr libremente por su rostro ahora.

—Y lo peor es que aun cuando estabas conmigo… nunca dejabas realmente de pertenecerle a ella.

El silencio llenó el apartamento.

Sebastián respiró hondo antes de hablar.

—Te amo.

La frase llegó demasiado tarde.

Valeria soltó una risa rota.

—No. Tú amabas cómo te hacía sentir tenernos a las dos.

Eso le golpeó directamente el pecho.

Porque era verdad.

Ella se acercó lentamente hasta quedar frente a él.

Y por primera vez lo miró sin esperanza.

—Nunca me elegiste, Sebastián.

La voz le salió casi en un susurro.

Pero dolió más que un grito.

—Siempre fui la mujer que dejabas esperando mientras intentabas conservar otra vida.

Sebastián sintió desesperación real.

Porque estaba perdiéndola.

De verdad.

—Puedo arreglarlo —murmuró tomando su mano—. Ahora sí puedo hacerlo bien.

Valeria miró sus dedos entrelazados unos segundos.

Y lentamente soltó su mano.

—¿Sabes qué es lo más triste?

Él la observó en silencio.

—Que tuve que cansarme de amarte… para empezar a quererme un poco.

Sebastián sintió el corazón romperse mientras ella daba un paso atrás.

Y por primera vez entendió algo terrible:

El amor de Valeria siempre estuvo ahí.

Pero él lo había lastimado tantas veces… que finalmente comenzó a apagarse.




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