Sebastián no podía dormir.
Llevaba más de una hora sentado dentro del carro frente al edificio de Valeria, mirando las luces apagadas del apartamento mientras sentía el pecho consumirse lentamente.
Todo estaba saliendo mal.
Sofía se había ido.
Valeria ya no lo miraba igual.
Y por primera vez en mucho tiempo… él estaba completamente solo.
Apretó las manos sobre el volante intentando ignorar el vacío horrible que sentía.
Entonces lo vio.
Un carro negro estacionándose frente al edificio.
Sebastián frunció el ceño automáticamente.
Daniel.
El corazón comenzó a latirle más rápido mientras observaba cómo él bajaba del carro bajo la lluvia sosteniendo algo en las manos.
¿Y qué hacía ahí a esa hora?
La rabia apareció inmediata.
Sebastián vio cómo Valeria abría la puerta del edificio y Daniel entraba sin dificultad.
Como si perteneciera ahí.
Como si tuviera derecho a estar con ella.
Sebastián sintió algo oscuro revolverse dentro del pecho.
Porque ese lugar siempre había sido suyo.
Él era quien recibía las llamadas nocturnas.
El hombre que ella esperaba.
El que conocía cada parte vulnerable de Valeria.
Y ahora otro hombre estaba entrando justo en el momento en que él comenzaba a perderla.
Apretó tanto la mandíbula que terminó doliéndole.
Dentro del apartamento, Valeria ya se había calmado un poco.
Daniel estaba sentado frente a ella mientras abrían los cafés que había llevado. La lluvia seguía golpeando fuerte las ventanas, llenando el ambiente de una tranquilidad extraña.
—Debes comer algo —dijo él empujando suavemente la bolsa hacia ella.
Valeria sonrió apenas.
—¿Siempre solucionas problemas alimentando personas?
Daniel se reclinó un poco en el sofá.
—Funciona más de lo que imaginas.
Ella soltó una pequeña risa.
Y Daniel sintió algo peligroso apretándole el pecho.
Porque verla sonreír comenzaba a importarle demasiado.
Valeria tomó el café caliente entre sus manos y lo observó unos segundos en silencio.
—¿Por qué eres así conmigo?
La pregunta lo sorprendió.
—¿Así cómo?
—Bueno.
Daniel sostuvo su mirada.
Y por primera vez pareció quedarse sin una respuesta sencilla.
Porque la verdad era mucho más complicada de lo que debería ser.
Desde el momento en que la vio, algo en Valeria le llamó la atención. No solo su belleza. Había tristeza en ella. Una tristeza silenciosa que él no podía ignorar.
Y ahora quería protegerla de todo aquello que la estaba rompiendo.
—Porque mereces que alguien te trate bien —respondió finalmente.
Valeria bajó lentamente la mirada.
La frase le dolió más de lo que esperaba.
Porque Sebastián también había dicho cosas bonitas alguna vez. Pero con él, las palabras siempre terminaban vacías.
Con Daniel… los gestos coincidían.
Y eso daba miedo.
Mientras tanto, afuera, Sebastián seguía observando el edificio bajo la lluvia sintiendo cómo los celos comenzaban a consumirlo completamente.
Su celular vibró.
Sofía.
Lo miró unos segundos antes de rechazar la llamada.
Ni siquiera tuvo fuerzas para contestar.
Porque toda su cabeza estaba atrapada en otra imagen:
Daniel abrazando a Valeria.
La idea le revolvió el estómago.
Sin pensarlo demasiado, salió del carro y caminó hacia la entrada del edificio bajo la lluvia.
Impulsivo.
Molesto.
Desesperado.
Subió rápidamente hasta el apartamento de Valeria y golpeó la puerta con fuerza.
Dentro, Valeria dio un pequeño salto del susto.
Daniel levantó inmediatamente la mirada hacia la entrada.
Los golpes volvieron a sonar.
Más fuertes esta vez.
Valeria sintió el corazón acelerarse porque ya sabía quién era.
Daniel lo notó enseguida.
—¿Es él?
Ella no respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
Los golpes continuaron.
—¡Valeria, abre la puerta!
La voz de Sebastián sonó alterada al otro lado.
Daniel se puso de pie lentamente.
Toda la tranquilidad de antes desapareció de golpe.
Valeria también se levantó nerviosa.
—No quiero hablar con él ahora.
Sebastián volvió a golpear.
—¡Sé que estás ahí!
Daniel observó el miedo y la ansiedad inmediata en el rostro de Valeria.
Y algo dentro de él terminó de enfriarse completamente hacia Sebastián.
Porque un hombre que ama no debería provocar ese tipo de reacción.
Valeria caminó lentamente hacia la puerta con el corazón descontrolado.
Pero antes de que pudiera llegar, Daniel tomó suavemente su mano.
Ella levantó la mirada.
Y él habló con calma:
—No tienes que abrirle si no quieres.
Esa frase…
Esa simple frase…
Hizo que Valeria sintiera lágrimas acumulándose otra vez.
Porque Sebastián siempre entraba en su vida cuando quería.
Pero Daniel acababa de recordarle algo que ella había olvidado hacía mucho tiempo:
Que también tenía derecho a decir que no.
Editado: 06.06.2026