La fiesta de la empresa comenzó a las ocho de la noche en un salón elegante frente al mar.
Luces cálidas.
Música suave.
Copas brillando entre conversaciones y risas.
Todo el mundo parecía relajado.
Todos menos Valeria.
Frente al espejo del baño del salón, acomodó nerviosamente el vestido negro que había tardado casi una hora en decidir ponerse. Era sencillo, pero resaltaba su figura de una manera que la hacía sentirse extrañamente insegura.
Porque sabía que Sebastián estaría ahí.
Y también Daniel.
Cerró los ojos unos segundos intentando tranquilizarse.
—Respira, Valeria —murmuró para sí misma.
Cuando salió nuevamente al salón, el ruido de la música y las conversaciones la envolvió de inmediato.
Y entonces lo vio.
Daniel estaba hablando con unos empresarios cerca de la barra. Vestía completamente de negro otra vez, con la camisa ligeramente abierta en el cuello y esa presencia tranquila que hacía que todos terminaran mirándolo aunque no quisiera llamar la atención.
Como si sintiera su presencia, levantó la vista.
Y cuando sus ojos encontraron los de ella…
Se quedó inmóvil unos segundos.
Valeria sintió el corazón acelerarse inmediatamente.
Porque Daniel estaba mirándola de una forma distinta.
Más intensa.
Más personal.
Él se disculpó rápidamente con las personas que lo rodeaban y caminó directamente hacia ella.
Sin esconderse.
Sin miedo.
—Wow.
La palabra salió apenas llegó frente a ella.
Valeria soltó una pequeña risa nerviosa.
—Hola.
Daniel negó suavemente con la cabeza mientras seguía observándola.
—No… eso no fue un saludo. Fue una reacción involuntaria.
Ella sintió calor subirle a las mejillas.
—No exageres.
—Créeme, me estoy controlando bastante.
Valeria bajó la mirada intentando esconder la sonrisa.
Y Daniel sintió algo peligroso en el pecho.
Porque verla nerviosa por él le gustó demasiado.
—Te ves hermosa —dijo finalmente.
La frase salió suave. Sincera.
Sin juegos.
Valeria levantó lentamente la mirada hacia él.
Y justo en ese momento sintió otra presencia acercándose.
Sebastián.
La tensión apareció inmediatamente.
Él llevaba varios segundos observándolos desde el otro lado del salón y la escena le estaba consumiendo el pecho lentamente.
Porque jamás había visto a Valeria sonreírle así a otro hombre.
Ni siquiera a él.
—Qué bonita coincidencia —murmuró Sebastián al llegar junto a ellos.
Daniel lo miró tranquilo.
Pero Valeria notó inmediatamente la frialdad escondida en su expresión.
—Sebastián —saludó Daniel educadamente.
—Daniel.
El ambiente se volvió incómodo de inmediato.
Valeria tragó saliva.
Sebastián no apartaba los ojos de ella.
Y Daniel tampoco.
Como si ambos estuvieran peleando silenciosamente por algo que todavía nadie decía en voz alta.
—¿Quieres tomar algo? —preguntó Daniel mirando directamente a Valeria.
Antes de que ella respondiera, Sebastián habló:
—Necesito hablar contigo un momento.
Valeria sintió el cansancio golpearle el pecho inmediatamente.
Otra vez.
Siempre reclamándole espacios que nunca quiso darle oficialmente.
Daniel notó su incomodidad enseguida.
Y eso terminó molestándolo más de lo esperado.
—Creo que ella puede decidir si quiere hablar contigo o no —dijo con calma.
Sebastián tensó la mandíbula.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
Daniel sostuvo su mirada sin moverse.
—Empieza a tener bastante que ver conmigo cuando ella parece incómoda cada vez que apareces.
El silencio cayó pesado entre los tres.
Valeria abrió ligeramente los ojos sorprendida.
Porque nadie la había defendido así antes.
Nunca.
Sebastián soltó una risa seca.
—No sabes nada de nosotros.
Daniel respondió inmediatamente:
—Lo suficiente para saber que no la haces feliz.
Golpe directo.
Sebastián sintió la rabia subirle al pecho.
Y Valeria… sintió miedo.
Porque por primera vez estaba viendo dos versiones completamente distintas del amor frente a ella.
Un hombre que la escondía mientras exigía seguir teniendo acceso a ella.
Y otro que, incluso sin tener nada oficial, la hacía sentir protegida.
Sebastián dio un paso más cerca.
—¿Ya te olvidaste de todo lo que vivimos?
Valeria levantó finalmente la mirada hacia él.
Y algo dentro de ella se quebró un poco.
Porque durante meses habría dado cualquier cosa por escuchar desesperación en su voz.
Pero ahora solo se sentía cansada.
—No, Sebastián —susurró—. Ese es el problema. Nunca voy a olvidarlo.
El dolor cruzó el rostro de él inmediatamente.
Daniel observó la escena en silencio.
Y aunque intentaba mantenerse tranquilo… una verdad comenzaba a incomodarlo demasiado:
No estaba celoso solo porque le importara Valeria.
Estaba celoso porque empezaba a enamorarse de ella.
Editado: 06.06.2026