Después de la fiesta, algo cambió definitivamente entre Valeria y Sebastián.
Ya no era solo distancia.
Era agotamiento.
Ese tipo de cansancio emocional que aparece cuando una persona llora demasiado tiempo por alguien y, poco a poco, empieza a quedarse sin fuerzas incluso para seguir sufriendo.
Sebastián lo sintió inmediatamente.
Los mensajes de Valeria dejaron de llegar primero.
Las llamadas ya no eran eternas.
Y lo peor… ella comenzaba a verse tranquila sin él.
Eso lo estaba destruyendo.
Esa mañana, Sebastián llegó temprano a la empresa únicamente porque sabía que Valeria estaría allí.
La encontró en recepción organizando unos documentos mientras tomaba café.
Hermosa.
Pero diferente.
Había algo más frío en ella ahora. Más lejano.
Antes, apenas él aparecía, sus ojos se iluminaban automáticamente.
Hoy no.
—Buenos días —dijo acercándose.
Valeria levantó la vista apenas un segundo.
—Buenos días.
Y volvió a los papeles.
Sin sonrisa.
Sin nervios.
Sebastián sintió el pecho apretarse inmediatamente.
—¿Podemos hablar?
—Estoy trabajando.
La respuesta fue tranquila.
Demasiado tranquila.
Él apoyó una mano sobre el escritorio acercándose un poco más.
—Valeria, no puedes seguir evitándome.
Ella soltó una pequeña risa cansada.
—Qué raro escucharte decir eso después de pasar meses evitándome tú.
Golpe directo.
Sebastián tragó saliva.
Porque se lo merecía.
Valeria siguió acomodando carpetas intentando ignorar cómo se aceleraba su corazón teniéndolo tan cerca otra vez.
Porque el amor seguía ahí.
Solo que ahora estaba mezclado con demasiado dolor.
—No quiero pelear contigo —murmuró él.
Ella finalmente levantó la mirada.
Y Sebastián sintió algo romperse dentro de sí.
Porque ya no veía esperanza en sus ojos.
Solo decepción.
—Entonces deja de buscarme solo cuando sientes que me estás perdiendo.
El silencio cayó pesado entre los dos.
Sebastián abrió la boca para responder, pero alguien apareció detrás de él antes de que pudiera hacerlo.
—¿Interrumpo?
Daniel.
La tensión fue inmediata.
Valeria sintió el aire atorarse en su garganta mientras Sebastián se giraba lentamente.
Daniel llevaba una carpeta bajo el brazo y una expresión tranquila… aunque sus ojos se endurecieron apenas notó la cercanía entre ellos.
—No pasa nada —respondió Valeria rápidamente.
Sebastián soltó una risa seca.
—Claro. Ahora apareces tú otra vez.
Daniel ignoró completamente el comentario y miró directamente a Valeria.
—La junta se adelantó quince minutos.
Ella asintió agradecida por la interrupción.
—Ya voy.
Sebastián observó el pequeño intercambio entre ambos sintiendo algo oscuro crecerle dentro del pecho.
Porque Daniel la trataba como si realmente le importara.
Y ella comenzaba a responderle diferente.
Más suave.
Más tranquila.
Como antes respondía con él.
Eso le dolió muchísimo más de lo esperado.
Cuando Valeria intentó caminar hacia la sala de reuniones, Sebastián tomó suavemente su brazo.
Instintivamente.
Como si tuviera miedo de que se fuera.
Ella se quedó inmóvil.
Daniel también.
El ambiente cambió completamente.
—No hagas esto —murmuró Sebastián mirándola fijamente.
—¿Hacer qué?
—Alejarte así de mí.
Valeria sintió el corazón apretarse.
Porque durante meses ella fue quien rogó exactamente lo contrario.
Que no la dejara sola.
Que no desapareciera.
Que la eligiera.
Y él nunca la escuchó realmente.
Lentamente bajó la mirada hacia la mano de Sebastián sujetando su brazo.
Después volvió a mirarlo.
—Ahora entiendes cómo se siente.
La frase salió suave.
Pero fue suficiente para destruirlo.
Sebastián soltó lentamente su brazo mientras sentía la desesperación creciendo dentro del pecho.
Porque Valeria ya no parecía la mujer que esperaba migajas de amor.
Y eso significaba algo aterrador:
Tal vez realmente estaba aprendiendo a vivir sin él.
Editado: 06.06.2026