—Te estás enamorando.
Valeria levantó la mirada inmediatamente.
—¿Qué?
Camila soltó una risa mientras revolvía el café frente a ella.
—Por favor. Se te nota demasiado.
Valeria negó rápido con la cabeza.
—No digas tonterías.
—Ajá. Y yo nací ayer.
Camila llevaba años siendo su amiga. Demasiados años como para no notar los cambios pequeños: la manera en que Valeria sonreía distraída mirando el celular, cómo ya no lloraba cada cinco minutos por Sebastián o cómo su voz cambiaba apenas mencionaban a Daniel.
Era evidente.
Y eso asustaba muchísimo a Valeria.
—No estoy enamorada de nadie —murmuró removiendo nerviosamente el jugo con la pajilla.
Camila apoyó los brazos sobre la mesa observándola fijamente.
—Entonces explícame por qué cada vez que te llega un mensaje suyo sonríes como idiota.
Valeria sintió calor subirle a las mejillas justo cuando el celular vibró sobre la mesa.
Daniel.
Camila abrió los ojos exageradamente.
—¡Mírate! ¡Literalmente acabas de sonrojarte!
—Cállate.
Intentó sonar molesta, pero terminó riéndose nerviosa.
Camila sonrió con ternura.
Porque después de meses viendo a su amiga destruirse por Sebastián… verla así se sentía diferente. Más ligera.
Más viva.
—¿Qué te escribió?
Valeria dudó unos segundos antes de abrir el mensaje.
“¿Ya comiste o todavía sigues sobreviviendo solo con café?”
Automáticamente sonrió.
Y Camila soltó una carcajada señalándola.
—¡Ahí está esa sonrisa otra vez!
Valeria mordió suavemente su labio intentando disimular.
—Solo es atento.
—No, Valeria. Le gustas muchísimo.
El corazón le dio un salto incómodo.
Porque ella también empezaba a sentirlo.
En cada mirada.
En cada mensaje.
En la forma en que Daniel siempre aparecía cuando peor se sentía.
Y eso era peligroso.
Muy peligroso.
Valeria dejó lentamente el celular sobre la mesa.
—No quiero lastimarlo.
Camila frunció el ceño.
—¿Por qué lo harías?
Ella bajó la mirada.
—Porque todavía no sé si terminé completamente con Sebastián.
El silencio cayó unos segundos entre ambas.
Camila suspiró suavemente.
—¿Lo amas todavía?
Valeria sintió el pecho apretarse.
La respuesta era sí.
Pero ya no de la misma manera.
Ya no era ese amor desesperado que la hacía soportarlo todo. Ahora estaba mezclado con cansancio, decepción y heridas demasiado profundas.
—No lo sé —susurró honestamente.
Camila tomó suavemente su mano.
—Entonces no confundas amor con costumbre.
La frase le golpeó directo al corazón.
Porque quizá eso era exactamente lo que estaba pasando.
Sebastián había sido ansiedad constante durante meses. Dolor disfrazado de esperanza. Y ella se acostumbró tanto a perseguir migajas de amor… que ahora la tranquilidad de Daniel le parecía extraña.
Casi irreal.
El celular volvió a vibrar.
Otro mensaje.
“Voy a pasar por la empresa más tarde. ¿Te llevo algo de comer?”
Valeria soltó una pequeña risa sin darse cuenta.
Y Camila negó lentamente con la cabeza.
—Sí. Definitivamente estás perdida.
—No estoy perdida.
—Entonces estás empezando a encontrarte… y eso te da miedo.
Valeria guardó silencio.
Porque quizá era verdad.
Horas después, al salir de la empresa, encontró a Daniel apoyado sobre su carro esperándola.
El viento movía suavemente su camisa mientras revisaba algo en el celular.
Y apenas levantó la mirada hacia ella…
Sonrió.
Como si automáticamente el día mejorara un poco al verla.
El corazón de Valeria se aceleró otra vez.
Daniel se acercó despacio.
—Traje comida porque sospecho que sigues alimentándote terrible.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Siempre apareces así de repente?
—Solo cuando quiero ver a alguien.
La frase salió natural.
Pero el silencio después fue diferente.
Más intenso.
Valeria sintió el aire atorarse ligeramente en su garganta mientras Daniel la observaba demasiado fijamente.
Y entonces ocurrió algo que la asustó muchísimo:
Por primera vez… ya no pensó en Sebastián primero.
Editado: 06.06.2026