Sebastián observó el carro de Daniel estacionarse frente a la empresa.
Otra vez.
Apretó la mandíbula inmediatamente al ver a Valeria acercarse sonriendo apenas mientras Daniel le abría la puerta como si fuera la cosa más natural del mundo.
Y eso fue exactamente lo que más le dolió.
La naturalidad.
Porque mientras él convirtió su historia con Valeria en secretos, ansiedad y promesas vacías… Daniel la estaba haciendo sentir tranquila sin siquiera esforzarse demasiado.
Sebastián sintió rabia.
Pero sobre todo miedo.
Porque comenzaba a entender algo horrible:
Valeria ya no lo miraba como antes.
Antes bastaba un mensaje suyo para desarmarla. Una llamada. Una disculpa mediocre.
Ahora ella parecía… cansada.
Y el cansancio emocional era peligroso.
Porque cuando alguien deja de luchar por amor, normalmente ya está empezando a irse.
Mientras tanto, dentro del carro, Daniel conducía tranquilo mientras Valeria comía unas papas fritas que él había comprado en el camino.
—No puedo creer que hayas manejado veinte minutos solo para traerme comida.
Daniel sonrió apenas sin apartar la vista de la carretera.
—Claro que sí puedes. Ya sabes que tengo complejo de salvador.
Ella soltó una pequeña risa.
Y otra vez apareció esa sensación cálida en el pecho.
La calma.
Daniel giró apenas la cabeza para mirarla unos segundos.
—Me gusta escucharte reír.
Valeria bajó inmediatamente la mirada hacia las papas intentando esconder la sonrisa.
—Últimamente dices muchas cosas peligrosas.
—¿Peligrosas?
—Sí. Cosas que una mujer emocionalmente confundida no debería escuchar.
Daniel soltó una pequeña risa suave.
Pero luego se quedó en silencio unos segundos.
Como si estuviera pensando demasiado.
Finalmente habló:
—¿Y si no quiero que estés confundida?
El corazón de Valeria se aceleró.
Daniel estacionó el carro frente al mar antes de continuar.
El cielo comenzaba a teñirse de naranja por el atardecer y el sonido de las olas llenó el pequeño silencio entre ambos.
Él apagó el motor lentamente.
Y entonces la miró directamente.
—Valeria… yo no estoy intentando ser tu distracción de Sebastián.
La sinceridad en su voz hizo que ella dejara de respirar un segundo.
—Daniel…
—Déjame terminar.
Él apoyó ambos brazos sobre el volante soltando el aire despacio.
—Sé que todavía estás herida. Y sé que parte de ti sigue atrapada en todo lo que viviste con él.
Valeria sintió el pecho apretarse.
Porque era verdad.
Daniel continuó mirándola fijamente.
—Pero también sé que cada día te veo menos triste cuando estás conmigo.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Demasiado íntimas.
Demasiado reales.
Valeria tragó saliva lentamente.
—No quiero hacerte daño.
Daniel sonrió apenas.
—Eso significa que ya te importa un poco hacerlo.
El corazón le dio un salto absurdo.
Ella desvió rápidamente la mirada hacia el mar.
Porque sí.
Le importaba.
Muchísimo más de lo que debería.
Mientras tanto, desde el otro lado de la calle, Sebastián observaba el carro estacionado sintiendo cómo los celos comenzaban a consumirlo completamente.
No podía escuchar la conversación.
Pero no necesitaba hacerlo.
La forma en que Daniel la miraba decía demasiado.
Y la forma en que Valeria ya no parecía triste a su lado…
Lo destruyó por dentro.
Editado: 06.06.2026