La casa estaba llena de risas.
Pequeñas.
Desordenadas.
Felices.
Valeria caminó lentamente hacia la sala siguiendo el sonido mientras intentaba no reírse antes de tiempo.
—¡No corran! —gritó desde el pasillo.
Muy tarde.
Una niña pequeña de rizos oscuros pasó corriendo frente a ella con una corona de princesa torcida en la cabeza.
—¡Papá hizo trampa! —acusó señalando detrás.
Daniel apareció segundos después cargando a un niño pequeño que no dejaba de reír.
—Eso es una mentira. Yo gané justamente.
—¡No! —gritó la niña indignada.
Valeria terminó riéndose mientras negaba con la cabeza.
Y entonces Daniel levantó la mirada hacia ella.
La misma mirada tranquila de siempre.
La misma que años atrás comenzó a reconstruir partes de ella que creía perdidas para siempre.
—Mamá se está burlando de nosotros —dijo él acercándose.
Valeria cruzó los brazos divertida.
—Porque parecen niños los tres.
Daniel sonrió apenas antes de acercarse lo suficiente para besarla suavemente.
Y aun después de cinco años… ese beso seguía sintiéndose como hogar.
La niña hizo una cara de asco exagerada.
—¡Qué románticos!
Los tres soltaron una carcajada.
Y mientras observaba la escena frente a ella, Valeria sintió algo cálido llenándole el pecho lentamente.
Paz.
Esa paz que creyó imposible cuando pasaba noches llorando preguntándose por qué nunca era suficiente para alguien.
Ahora entendía que el amor correcto no te hace competir.
Te hace descansar.
Más tarde esa noche, después de acostar a los niños, Valeria salió al balcón con una taza de café entre las manos.
La ciudad brillaba tranquila a lo lejos.
Daniel apareció detrás de ella rodeándole suavemente la cintura.
—¿Qué piensas tanto? —preguntó apoyando el mentón sobre su hombro.
Valeria sonrió apenas.
—En todo lo que cambió.
Daniel besó suavemente su cuello.
—¿Te arrepientes de algo?
Ella guardó silencio unos segundos.
Y entonces respondió honestamente:
—Solo de haber pensado tanto tiempo que el problema era yo.
Daniel giró suavemente su rostro para mirarla.
—Nunca lo fue.
Los ojos de Valeria se llenaron ligeramente de lágrimas.
No de tristeza.
De alivio.
Porque durante años creyó que tenía que ser más bonita, más interesante, más perfecta para que alguien finalmente la eligiera.
Y al final la vida le enseñó algo completamente distinto:
La persona correcta no te hace preguntarte por qué otra sí y tú no.
Te mira…
y simplemente sabe que eres tú.
Editado: 06.06.2026