A veces me pregunto si alguna vez estuve realmente sola.
Desde que tengo uso de razón, el mundo invisible me eligió como su testigo. No fue un don. Fue una maldición que se clavó en mí desde niña. Veía lo que nadie más podía ver. Sentía presencias que nadie más percibía. Escuchaba susurros que solo llegaban a mis oídos. Y cada vez que intentaba contarlo, el mundo me castigaba con la misma crueldad:
"Estás loca." "Deja de mentir." "Solo quieres llamar la atención."
Incluso mi propia madre, agotada de mis llantos nocturnos y mis terrores constantes, me llevó al médico. Recuerdo estar sentada en esa consulta fría, con las piernas cortas colgando de la silla, mientras el doctor me observaba con lástima y desconfianza. Me hicieron estudios. Me preguntaron cosas que me avergonzaban. Me diagnosticaron "nervios" e "imaginación excesiva". Salí de allí con una receta y una etiqueta que me perseguiría durante años: "niña problemática".
Pero los exámenes siempre salían normales.
El problema nunca estuvo en mi cabeza.
El problema era que ellos me seguían a todas partes.
No importaba si cambiábamos de casa, de ciudad o de vida. Las presencias venían conmigo. Algunas me observaban en silencio desde las esquinas oscuras. Otras susurraban mi nombre con voces que helaban la sangre. Algunas eran rabiosas y cargadas de odio. Yo cargaba esa sensibilidad como una cadena invisible que no podía romper. Cerraba los ojos con fuerza, me tapaba hasta sofocarme bajo las sábanas, pero sentía sus miradas atravesando la tela. Sentía su aliento frío rozándome la nuca. Y siempre, siempre, esa misma pregunta que me devoraba por dentro:
"¿Por qué yo? ¿Qué es lo que quieren de mí?"
Aprendí a callar. Aprendí a tragarme el terror hasta que me quemaba la garganta. Aprendí a llorar sin emitir sonido, a morder la almohada hasta romperla, a fingir que dormía mientras el corazón me latía tan fuerte que creía que iba a morir de miedo. Porque sabía que hablar solo traería más burlas, más vergüenza y más visitas al médico.
Estos relatos no son simples historias de terror.
Son pedazos rotos de mi infancia. Son las noches en las que creí que realmente me estaba volviendo loca. Son la prueba silenciosa de que algo oscuro me había marcado desde muy pequeña.
Si estás leyendo esto, quiero que sepas la verdad más cruda:
No estoy loca. Nunca lo estuve.
Solo veía lo que la mayoría de las personas tienen la bendita suerte de ignorar.
Pero si alguna vez sentiste que algo te observaba desde la oscuridad... Si alguna noche escuchaste pasos donde no había nadie... Si sentiste un frío repentino que no venía del viento...
Entonces tal vez tú también estés empezando a ver.
Y si eso llega a pasar, te lo advierto desde ahora:
No intentes contárselo a nadie. Nadie te va a creer.
Y una vez que ellos sepan que puedes verlos... ya nunca te dejarán en paz.