¿por qué solo yo los podía ver?

La mujer de blanco, las gárgolas y el duende demoniaco

Nunca me sentí segura en esa casa.

Aunque mi papá la había construido con sus propias manos y mi mamá la mantenía siempre limpia y ordenada, había algo en el aire que me oprimía el pecho. Las paredes de barro y el techo de paja parecían absorber los sonidos… y tal vez también los secretos. En el fondo del terreno, al final de un pasillo largo que mi papá había hecho, vivía doña Mari. Una mujer silenciosa y oscura. Cada vez que la veía, se me formaba un nudo helado en el estómago. No era timidez. Era puro rechazo visceral.

Años después supe la verdad: doña Mari hacía brujería. Enterraba pactos en el patio de atrás. Y una vez le había pedido a mi mamá que me dejara con ella porque “la niña tiene dones”. Dones que yo nunca pedí. Dones que solo me trajeron noches interminables de terror y soledad.

Desde muy pequeña odiaba la hora de dormir. Sabía lo que venía. Mis hermanos jugaban o hacían sus cosas, y yo me quedaba sola con ese presentimiento que me carcomía por dentro. Dormía en la misma cama que mi hermana mayor: ella en la cabecera, yo a los pies, directamente frente a la ventana grande que daba al patio.

Todas las noches era igual.

Pasada la medianoche, el corazón empezaba a latirme con fuerza, como si ya supiera lo que iba a ocurrir. Primero llegaba el chirrido lento de la reja. Después, un viento frío y húmedo que se filtraba aunque todo estuviera cerrado. Y luego… los pasos.

Pasos lentos. Deliberados. Sobre la vereda de piedras que mi papá había colocado. Se acercaban sin apuro, como si disfrutaran sabiendo que yo estaba despierta, esperándolos con el cuerpo rígido y la respiración entrecortada. Cada paso me hacía hundir más la cabeza en la almohada. Sabía que se detendrían justo debajo de mi ventana.

Y allí se quedaban. Observándome.

La primera vez que la vi, no pude resistir la tentación enfermiza de mirar.

Allí estaba ella.

Una mujer completamente vestida de blanco, levitando a unos centímetros del suelo. El vestido flotaba suavemente, como si estuviera bajo el agua. Su rostro era solo una mancha borrosa, envuelta en una niebla gris y espesa. No tenía ojos visibles… pero yo sentía que me miraba fijamente. Con un dedo largo y pálido sobre los labios, me ordenaba silencio.

“Shhh…”

En ese instante sentí que algo dentro de mí se rompía. Un terror tan profundo que no podía gritar, ni moverme, ni siquiera respirar con normalidad. Las lágrimas me caían calientes por las mejillas mientras mi cuerpo entero temblaba sin control. Me tapé la cabeza con la sábana y me hice un ovillo, rogando en silencio que se fuera, que me dejara en paz. Pero la desesperación era peor que el miedo: sabía que aunque cerrara los ojos con todas mis fuerzas, ella seguía allí. Mirándome. Esperando.

Y volvía. Noche tras noche.

A veces solo escuchaba los pasos y el viento. Otras veces, bajo la luz enfermiza de la luna, las plantas que mi papá tanto cuidaba se convertían en formas grotescas. Criaturas rojas y marrones, como gárgolas deformes, colgaban de las ramas. Escuchaba sus colas golpeando el tronco con un sonido húmedo y repugnante. Y lo más aterrador: me hablaban. Susurros que se metían directamente en mi cabeza.

—“Nadie te va a creer… eres la única que nos ve… estás sola…”

Cuando mis primos venían a dormir, el terror se multiplicaba. Yo ya sabía a qué hora empezarían las visitas. Intentaba actuar normal, pero en cuanto sentía que se acercaba la medianoche, el pánico me invadía. Ellos se reían de mí cuando yo me tapaba entera o lloraba en silencio. “Otra vez con tus inventos”, decían. Yo quería gritarles que era real, que yo no estaba loca… pero ¿y si tenían razón? ¿Y si todo estaba solo en mi cabeza? Esa duda me destruía más que las apariciones mismas.

El día que más desesperación sentí fue una mañana de invierno, cuando tenía solo cinco años.

Mi mamá había salido antes del amanecer y mi hermana ya estaba en la escuela. Me quedé completamente sola. Quise hacer algo bueno y empecé a barrer el patio, lleno de hojas secas del gomero que se enroscaban como dedos retorcidos.

Estaba concentrada en mi tarea cuando escuché una voz ronca y cargada de rabia que venía desde la reja:

— ¡Maldición… se me hace tarde! No recogí la ofrenda… ya va a salir el sol…

La reja se abrió sola, chirriando como un grito.

Apareció una figura baja y repugnante. Cara llena de verrugas supurantes, piel rugosa y gris, ojos pequeños y brillantes de furia. Venía apurado, refunfuñando maldiciones y haciendo ruidos guturales asquerosos.

Quedé paralizada. La escoba se me cayó de las manos.

Pasó justo a mi lado y me empujó con violencia. Caí al suelo con fuerza. Se giró hacia mí y me escupió con odio:

— ¡Correte, mocosa! ¡Que llego tarde!

Su aliento era putrefacto, como si viniera de la tumba. Me levanté temblando, con la nariz sangrando y las piernas que no me respondían. Corrí hacia la casa, cerré el portón con desesperación y me metí debajo de la cama, hecha un ovillo. Lloraba sin hacer ruido, con el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que me iba a morir allí mismo.

Me quedé horas ahí, temblando, preguntándome una y otra vez la misma cosa:

“¿Por qué yo? ¿Por qué solo yo los veo?”

Nunca le conté a nadie lo que pasó esa mañana.

Y aunque han pasado muchos años, todavía siento esa misma desesperación cuando recuerdo esa ventana, esos pasos… y la certeza de que, en esa casa, algo oscuro me había elegido.



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En el texto hay: terror, miedo., paranomal

Editado: 09.04.2026

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