¿por qué solo yo los podía ver?

Relato 2 - Las imágenes que me miraban

Nunca pude explicarle a nadie por qué las imágenes religiosas me provocaban un terror tan profundo y enfermizo. No era miedo común. Era una violación lenta del alma que me dejaba temblando, vacía y rota por dentro.

Recuerdo especialmente la Virgen de Guadalupe que mi mamá tenía colgada justo encima de su cama. Cada vez que me bañaba y me acostaba allí para peinarme el cabello, mientras la televisión sonaba de fondo, sentía un cosquilleo helado y repugnante en la nuca, como si miles de insectos diminutos caminaran bajo mi piel. Sabía que ella estaba detrás de mí. Y lo peor no era su presencia… sino la certeza visceral de que, si me movía aunque fuera un milímetro, si respiraba demasiado fuerte o giraba la cabeza, sus ojos inertes se clavarían en los míos y ya no me soltarían jamás.

No era una estatua. Era algo que respiraba mi miedo. Algo que esperaba el momento exacto para moverse.

Años después, mi abuela le regaló a mi mamá otra Virgen, tallada en un tronco de madera y pintada de un celeste pálido y cadavérico. La colocaron al final del pasillo del nuevo departamento, como si supiera que yo tendría que pasar frente a ella todas las noches. Yo me aferré desesperadamente a la idea de que en esa casa todo sería diferente.

Me equivoqué. El horror solo había aprendido a acecharme mejor.

Esa Virgen dominaba el pasillo como un centinela maldito. El baño quedaba del otro lado. Cada noche que me despertaba con la vejiga a punto de reventar, me quedaba paralizada en la cama, temblando con tanta violencia que los dientes me castañeteaban. Prefería orinarme encima como un animal y sufrir la humillación de limpiar todo a escondidas antes que cruzar ese pasillo oscuro. Y lo hice. Varias veces. Me quedaba despierta durante horas interminables, apretando las piernas hasta que los músculos me ardían, llorando en silencio mientras las lágrimas calientes se mezclaban con el sudor frío. El dolor físico se fundía con un terror tan grande que sentía que mi mente se estaba rompiendo.

Sentía que su cabeza giraba lentamente, con un crujido casi imperceptible, para seguir cada uno de mis movimientos. Aunque estuviera de espaldas, sabía que sus ojos muertos me atravesaban la nuca. Cuando me atrevía a caminar, lo hacía pegada a la pared, con las uñas clavadas tan profundo en las palmas que me sangraban. Sentía su mirada como un peso físico sobre mi espalda, como dedos fríos que me recorrían la columna.

Y a veces… se movía.

No era un movimiento brusco. Era lento, antinatural, como si la madera y la pintura se estuvieran derritiendo y reformando. Veía cómo su cabeza giraba un poco más de lo posible, cómo sus manos de mármol se crispaban ligeramente, cómo los pliegues de su manto se movían solos, como si respirara. En esos momentos el aire se volvía denso, pesado, y yo sentía náuseas tan fuertes que creía que iba a vomitar allí mismo.

Cuando empecé la primaria, mi mamá me inscribió en la escuela religiosa San Antonio de Padua. Tenía que ir a misa todos los días. Me eligieron como ayudante de la pianista. Todas las mañanas entraba sola a la iglesia y el silencio me golpeaba como una bofetada fría. Tenía que limpiar los bancos con cera y quitar las telas de araña de todas las imágenes.

Cada vez que acercaba la mano a una estatua, sentía que ella se preparaba para atacarme. Sentía un aliento frío y húmedo rozándome los dedos, como si la figura estuviera inhalando mi miedo. Las telas de araña se pegaban a mi piel como si las imágenes las hubieran tejido deliberadamente para atraparme. Y cuando abría la puerta principal y miraba hacia el fondo del templo… todas las figuras dentro de sus urnas giraban sus cabezas hacia mí al mismo tiempo. No era una ilusión. Era un movimiento sincronizado, lento y deliberado. Sus ojos de vidrio o pintura se clavaban en los míos con un odio silencioso y profundo. Sus bocas entreabiertas parecían sonreír con burla. Sus manos, antes cruzadas en oración, se crispaban ligeramente, como si quisieran salir de sus nichos y arrastrarme hacia ellas.

Tragaba saliva hasta que me dolía la garganta, me temblaban tanto las piernas que apenas podía mantenerme en pie, y me repetía como una loca rota: “Tengo que ser valiente… si no, se van a reír de mí… tengo que ser valiente…”

Tenía siete años.

Esa escuela fue una tortura diaria y cruel que duró casi tres años. El cura hablaba de los huérfanos, pero yo solo veía caras que se parecían demasiado a la suya. Cuando se lo decía a mi mamá, ella explotaba de furia: “¡Cállate! ¡Deja de inventar monstruosidades!”

En casa era igual de infernal. Mi mamá guardaba estampitas de Santa Lucía, Santa Rita y otras beatas. Olían a podredumbre antigua, a encierro, a algo que se descomponía lentamente. Mi hermana y mis hermanos me llamaban “la ñata” y se burlaban sin piedad. No entendían que no era rebeldía. Era pánico visceral que me doblaba el estómago, me provocaba dolores de cabeza cegadores y náuseas que me dejaban tirada en el piso.

Y lo más perturbador: las estampitas también me hablaban.

Voces frías, crueles y penetrantes que se clavaban como agujas en mi cerebro:

“Sí, a vos te hablamos.”

“No mires para otro lado.”

“Sabemos que nos ves.”

Me daba vuelta bruscamente, buscando a alguien en la habitación vacía, pero siempre estaba sola. Completamente sola con esas voces que me perseguían incluso cuando cerraba los ojos.

Nadie me creía. Mi mamá se enfurecía, me golpeaba con la chancleta hasta que me ardía la piel. El médico dijo que tenía “debilidad en el cerebro” y me recetó vitaminas. Yo solo quería gritar hasta quedarme sin voz que no estaba loca, que algo maligno y antiguo habitaba en esas imágenes, que se movían cuando nadie miraba, que me seguían, que me susurraban promesas de sufrimiento eterno.

Pero cuanto más suplicaba, más me aislaban. Cuanto más terror sentía, más se burlaban de mí.

Y yo seguía cargando sola esa maldición que me estaba destrozando por dentro, noche tras noche, día tras día.



#89 en Terror
#193 en Paranormal

En el texto hay: terror, miedo., paranomal

Editado: 23.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.