¿por qué solo yo los podía ver?

Relato 3 - Lo que quedo debajo de la cama

Recuerdo tener ocho años y que mi momento favorito del día era sentarme a ver Los Pitufos. Todo en ellos era simple y ordenado: personajes con nombres claros, colores vivos, un mundo que parecía seguro. Pitufina, Gruñón, Perezoso… cada uno tenía su lugar, y yo sentía que también tenía el mío cuando los miraba.

Esa tranquilidad la llevé a mi habitación. Empecé a dibujarlos y a colgar cada uno en la pared, como si fueran posters. Me gustaba mirarlos antes de dormir, sentir que estaban ahí conmigo. También tenía remeras y una mochilita con sus caras. Todo mi espacio estaba lleno de ellos, de colores, de algo que me hacía sentir acompañada.

Hasta que un día, sin previo aviso, mi mamá entró a la pieza y me dijo algo que no terminé de entender. Habló de niños desaparecidos, de un rumor, de algo que habían dicho en la televisión. Dijo que los Pitufos tenían que ver con eso. No lo explicó demasiado, pero su cara no dejaba lugar a dudas: ella lo creía.

Después, simplemente actuó. Arrancó los dibujos de las paredes uno por uno. El sonido del papel desgarrándose quedó grabado en mí. Los juntó y los quemó. El olor no era solo a papel; era algo más pesado, más difícil de olvidar. Luego agarró mi ropa, mi mochila, todo lo que tenía sus imágenes, y lo sumergió en lavandina hasta borrarles el color por completo. Quedaron blancos, vacíos, como si nunca hubieran sido nada.

Esa noche, mi habitación se sintió distinta. No era solo la ausencia de los dibujos. Era un vacío más profundo, como si algo hubiera sido arrancado… o como si algo, de alguna manera, se hubiera quedado. El silencio ya no era tranquilo. Era un silencio denso, incómodo, que parecía contener algo.

Después de la medianoche, comenzaron los ruidos. Al principio fueron leves: un crujido, un roce, algo que parecía moverse con cuidado. Venían del ropero… y de abajo de la cama. Grité. Mi mamá entró, encendió la luz, revisó todo y no encontró nada. Me retó, dijo que dejara de hacer escándalo. Apagó la luz y se fue.

Cuando el silencio volvió, ya no era el mismo. Era un silencio cargado, expectante.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que empecé a sentir mi cuerpo extraño, pesado, como si no me respondiera del todo. Pero mis sentidos estaban más despiertos que nunca. Escuchaba todo: el goteo de la canilla, el mínimo roce de las sábanas, mi propia respiración sonando ajena. Y entonces llegaron las voces.

No venían de afuera. Venían de abajo.

Eran varias, murmuraban entre ellas, como discutiendo. Intenté moverme, pero no pude. Intenté gritar, pero mi voz no salió. Y en medio de ese murmullo, reconocí una voz. Era Pitufina… pero no sonaba como antes. Había enojo en su tono, una especie de reproche. Decía que yo la había dejado, que ya no la quería.

Después escuché otra voz, más grave, más firme. Era Papá Pitufo. Decía que ya podían subir.

Sentí el frío recorrerme el cuerpo antes de entender lo que estaba pasando. Algo rozó las sábanas. Algo tironeó de ellas. Como uñas. No podía ver nada, y eso lo hacía peor, porque mi mente empezó a llenar ese vacío con imágenes que no quería tener. Ya no eran dibujos. Eran algo más pequeño, más cercano al suelo, algo que se movía donde yo no podía mirar.

Pensé que iban a lastimarme. Pensé que nadie iba a escucharme, aunque gritara.

No sé en qué momento me dormí, o si realmente fue sueño. A la mañana siguiente, el ropero estaba abierto. Yo estaba segura de haberlo dejado cerrado. Y en mis piernas había marcas: líneas finas, rojizas, como si algo hubiera probado hasta dónde podía llegar.

Se lo mostré a mis hermanos, pero se rieron. Dijeron que lo había hecho yo para llamar la atención. En ese momento entendí que estaba sola. Y dejé de hablar del tema.

La noche siguiente, el miedo llegó antes que el sueño. Intenté prepararme: me puse medias, me tapé por completo, traté de quedarme quieta. Pero cuando el silencio se hizo total otra vez, supe que iban a volver. El murmullo empezó de nuevo, más claro, más cerca. Esta vez no discutían. Decían que ahora sí. Que ahora podían.

Mi cuerpo no respondía. Ni siquiera podía tragar saliva. Sentía que estaba atrapada dentro de mí misma, consciente de todo, sin poder hacer nada. Sabía que estaban ahí, esperando.

De pronto, un golpe seco. La luz se encendió.

El aire volvió a mis pulmones de golpe y pude gritar. Era mi papá. Entró, se acercó y me dijo que no llorara, que él se quedaba conmigo. Se sentó al lado de la cama, en silencio.

Ese silencio era distinto.

Era un silencio que protegía.

Me costó dormirme. Fingía hacerlo, pero abría los ojos para asegurarme de que seguía ahí.

—Papá… ¿estás?

—Sí, hija. Estoy acá.

Esa noche no pasó nada más.

Pero nunca volví a sentir mi habitación igual.

Porque incluso ahora, cuando todo está en calma, todavía puedo recordar esa sensación. La certeza de que, en cuanto la luz se apaga, hay cosas que esperan.

Y algunas… no perdonan que las olvides.



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En el texto hay: terror, miedo., paranomal

Editado: 23.04.2026

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