¿por qué solo yo los podía ver?

Relato 4 - Lo que estaba entre los sauces

Ese día estaba en la cocina tomando mate con mi esposo, muchos años después, y sin que viniera a cuento se me vino ese recuerdo. Como pasa con ciertas cosas que no se van del todo: se quedan dormidas en algún rincón y un día despiertan solas.

Yo tenía ocho años y medio.

No quería dormir la siesta. Nunca quise. Pero no era capricho, aunque nadie me creyó jamás: cada vez que me despertaban de ese sueño de tarde, la cabeza me estallaba desde adentro, un dolor sordo y pulsante que me bajaba por detrás de los ojos. Y las pesadillas. Siempre pesadillas en esa casa. Sólo en esa casa. Me mudé muchas veces a lo largo de mi vida, y en ningún otro lugar sentí ese peso encima cuando dormía. Pero en esa casa sí. Siempre.

Cuando se lo decía a mi mamá, ella suspiraba con esa paciencia agotada de las madres que ya no escuchan. Mis hermanos eran peores. El mayor me golpeaba la cabeza y me decía que me callara, que siempre estaba queriendo llamar la atención. Mi hermana tampoco me prestaba atención. Aprendí temprano que ciertas cosas era mejor callarlas. Que yo era de esas personas que molestan con sólo estar.

Así que esa tarde escapé al jardín.

Entre los dos sauces llorones había un tronco largo que mi papá había puesto a modo de banco. Yo lo usaba de escenario. Me subía, cantaba canciones que inventaba en el momento, mezclaba palabras en un inglés imaginario que sonaba como el de las películas. Me imaginaba famosa. Libre. Lejos de todo lo que no me entendía.

El calor de la siesta pesaba sobre el jardín. El aire estaba quieto, denso, con ese olor a tierra húmeda y hoja podrida que tienen los patios en verano. Las chicharras. El silencio aplastante que sólo rompía la voz de mi hermano desde adentro para decirme que bajara la voz. Antes de cerrar la ventana me dijo algo que no entendí: que me iba a agarrar la solapa. Que la solapa se llevaba a los niños que no dormían la siesta. Encogí los hombros. Siempre queriéndome meter miedo.

Seguí cantando.

El primer ruido vino del sauce de la derecha. Un aleteo. Seco, pesado, como si algo muy grande hubiera cambiado de posición entre las ramas. Levanté la vista. Las hojas se mecían apenas, pero el aire seguía quieto. No había viento.

Palomas, me dije. O loros.

Seguí con mi canción.

El segundo ruido fue diferente. No fue un aleteo. Fue un silencio primero, un silencio distinto al anterior, más espeso, como si el jardín entero hubiera contenido el aliento. Las chicharras dejaron de sonar. Eso fue lo primero que noté: que de golpe no había ningún sonido. Y entonces, en ese hueco, llegó el chillido. Agudo al principio, luego quebrado, como una voz humana que hubiera olvidado cómo serlo. Algo que intentaba sonar y no del todo lo lograba. Se me puso la piel de gallina en los brazos antes de que mi cabeza procesara por qué.

Miré hacia arriba.

Entre las ramas más altas del sauce, medio oculta por las hojas colgantes, había una figura. No puedo decir que la vi completa de una sola vez. La vi de a pedazos, como se ve algo que la mente no quiere terminar de armar. Primero las alas: enormes, oscuras, como tela vieja y tensa sobre huesos que doblaban en ángulos que no deberían doblar. Después el cuerpo: largo, de mujer, o de algo que había sido mujer, o que imitaba la forma de una mujer sin entender del todo cómo hacerlo. La piel tenía ese color grisáceo del cielo antes de una tormenta, y las piernas se perdían hacia abajo como si se deshilacharan en la sombra, como si no tuvieran fin o no necesitaran tenerlo. Olía a humedad, a algo cerrado y viejo, como una habitación que lleva años sin abrirse.

La cara no la vi bien. No quise verla bien. Lo que sí vi fueron los ojos: dos puntos sin blanco, oscuros como la parte más honda de un pozo, fijos en mí. No como los ojos de alguien que acaba de notarte. Como los ojos de alguien que lleva mucho tiempo mirándote y recién ahora decide que sabe.

Bajé del tronco sin saber que lo estaba haciendo.

Me puse de rodillas en la tierra, con la frente apoyada contra el suelo. Los ojos cerrados. Las manos en la nuca. Como si no verla fuera suficiente para que ella no me viera a mí. La tierra olía a humedad y a pasto aplastado. Sentí un frío que no tenía explicación bajo ese sol de siesta.

Es mi imaginación, me repetí. Es lo que dice el médico. No es real. No es real.

No podía gritar. Si gritaba, mi hermano salía. Mis padres no habían vuelto del trabajo. Estaba sola, con esa cosa en el árbol y con ese miedo que no cabía en el cuerpo pero tampoco podía salir.

Entonces habló.

No fue un grito. No fue del todo una voz. Fue algo entre las dos cosas, como dos cuerdas rotas que vibraban juntas. Triste. Eso sí lo recuerdo bien: era una tristeza que daba más miedo que la rabia. Las palabras llegaron lentas, separadas, como si viniera de muy lejos o como si el aire le costara cargarlas.

Vengo a buscarte. Yo sé que vos me ves. Ya te tengo prometida.

Me quedé completamente quieta. El corazón me golpeaba tan fuerte que parecía que se podía escuchar desde afuera. Prometida. A qué. A quién. A dónde me llevaba. No hubo respuesta. Y eso fue lo más aterrador de todo: no saber a dónde.

Me arrastré con las rodillas en la tierra hasta el ligustro que estaba unos metros más allá. Me metí entre las ramas como pude y me quedé ahí, encogida, con los ojos cerrados con fuerza. No me moví. No hice ruido. Esperé, sin saber bien qué esperaba, hasta que el calor volvió a posarse sobre el jardín y las chicharras, despacio, empezaron a sonar otra vez.

Ahí le pedí a Dios. No sé si con palabras. Le pedí que me cuidara. Que no me dejara llevar. Que esa cosa, por favor, se fuera.

Y después lloré, sola y en silencio, porque ni siquiera eso me podía permitir en voz alta.

Esa noche no le dije nada a nadie. Ni esa noche, ni la siguiente, ni muchas otras. Ya sabía cómo terminaría. Ya sabía que nadie me creería.

Me guardé la figura del sauce adentro, como tantas otras cosas de esa casa.



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En el texto hay: terror, miedo., paranomal

Editado: 23.04.2026

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