¿por qué solo yo los podía ver?

Relato 5 - El hombre del sombrero

Después de décadas evitando el tema, volví a hablar de lo que me sucedía en la infancia. Estaba en terapia y, sin darme cuenta, empecé a abrir la caja de Pandora: le conté a la psicóloga que de niña veía duendes, que había visto a una mujer volando entre los árboles, los maltratos constantes de mi madre, la sensación de que yo siempre estaba de más en mi propia familia, que siempre cargaba con la culpa de todo. Que mis hermanos me miraban como si yo fuera una intrusa.

Mientras hablaba, vi cómo cambiaba su expresión. Esa mirada de escepticismo, de lástima mezclada con desconfianza. Casi podía escuchar sus pensamientos: “Esta mujer tiene problemas mentales”. Cuando me preguntó con tono cauteloso “¿Y cuándo dejaste de ver esas cosas? ¿O todavía te pasan?”, sentí que el estómago se me cerraba. En ese instante me arrepentí de haber abierto la boca. “Karina, ya no cuentes más de estas cosas. No te entienden”, me dije.

Pero ya era tarde. Le había contado demasiado.

Hoy, con 54 años, sigo sin encontrar respuestas. Solo sé que las veía. Y una de esas presencias me marcó como ninguna otra.

Tenía diez años. Acababa de pelear con mi hermana mayor, que me llevaba cinco años. Ella me había pegado, como siempre. Luego llegó mi mamá y, sin preguntar, nos golpeó a las dos. Me invadió una impotencia tan grande, una injusticia tan profunda, que me quedé ahí parada pensando: “¿Para qué vivo? ¿Qué sentido tiene seguir aquí?”

De repente, un cosquilleo helado me recorrió toda la espalda, como si miles de arañas diminutas caminaran bajo mi piel. Una náusea violenta me subió por la garganta y un dolor de cabeza brutal me apretó las sienes. Sentí que algo me observaba. Giré lentamente la cabeza hacia la ventana y la esquina oscura de la habitación.

Allí estaba.

Una sombra imponente, mucho más alta que la puerta, casi rozando el techo. Al principio me quedé admirada por su tamaño, pero esa admiración duró menos de un segundo. Era completamente negra. Una figura humana, pero no del todo. Vestía de negro total, con un sombrero antiguo que ocultaba lo poco que podría haber tenido de rostro. Donde debía estar la cara solo había una bruma densa, negra como la nada misma. No tenía ojos visibles… pero yo sentía que me miraba. Me miraba con un odio antiguo, con una maldad que no era de este mundo.

El aire se volvió pesado, frío, cargado de un olor a humedad y podredumbre que no pertenecía a la habitación. Mi cuerpo se paralizó. Intenté no mover ni un solo músculo de mi cara, ni un dedo. Por fuera parecía calmada, pero por dentro temblaba con tanta fuerza que sentía que mis órganos vibraban. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho. Esa presencia no solo me observaba… me descomponía. Sentía que su oscuridad se filtraba dentro de mí, que me contaminaba el alma.

Y entonces todo se puso negro.

Me desmayé.

Cuando desperté, no le dije nada a nadie. ¿Para qué? Ya sabía que me llamarían mentirosa, loca o que solo quería llamar la atención.

Años más tarde, con catorce años, la volví a ver. Estaba sola en casa mirando una película. Mi hermana había bajado al departamento de abajo a ver a su novio. De pronto sentí esa misma sensación horrible: el cosquilleo, la náusea, el frío que te cala los huesos. Levanté la vista y ahí estaba otra vez, en la misma esquina oscura. Más nítida. Más cerca. Esa vez el recuerdo se me grabó a fuego en la memoria.

Hablar con la psicóloga removió todo ese pozo oscuro. Su cara de descreimiento me dejó frustrada, enojada y profundamente incomprendida. Otra vez esa sensación de siempre: “Nadie va a creerme”. Y con esa rabia volvieron también los viejos pensamientos oscuros… esas ganas de no despertar más, de dormir para siempre, de que todo terminara. Esa angustia tan pesada que no se puede explicar con palabras, solo se puede sentir.

Fue en ese momento que entendí que no había sido la primera vez. Probablemente la había visto siendo aún más pequeña, pero mi mente la había borrado después del desmayo. Solo ahora, al contarlo en voz alta, el recuerdo regresó con una claridad aterradora, como una película que se reproduce sola en mi cabeza.

No estoy loca. Nunca lo estuve.

Solo veía lo que la mayoría de las personas, por bendición, nunca tienen que ver.

Y si alguna vez sentiste que algo te observaba desde una esquina oscura… si sentiste ese frío que no viene del aire… entonces tal vez ya sepas de lo que estoy hablando.

Y si ellos saben que puedes verlos… ya nunca te dejan en paz.



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En el texto hay: terror, miedo., paranomal

Editado: 05.06.2026

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