Por Siempre Y Para Siempre Tu

CAPÍTULO 2

SHAMARA

El sol de la tarde caía con una pesadez dorada sobre la piscina. Sophia y yo tomábamos el sol. Me recosté en la tumbona, sintiendo el calor en la piel y el sabor amargo de la cerveza en los labios, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia, perdida en un día de lluvia de hace tres años.

Cerré los ojos y casi pude oler la tierra mojada. Tenía quince años y el corazón roto porque mi perro se había escapado. Recuerdo haber deambulado por las calles, empapada y temblando, hasta que apareció él. Dean. El hijo del mejor amigo de mi padre; el chico que, desde mis trece años, se había convertido en el dueño absoluto de mis suspiros infantiles. Él era cinco años mayor, una brecha que para mí era un abismo, y siempre me había mirado como a una niña pequeña.

Ese día, bajo la tormenta, buscamos durante horas. Cuando finalmente encontramos el cuerpo inerte de mi cachorro a un lado del camino, mi mundo se desmoronó. Lloré con una desesperación que solo se tiene a esa edad, y Dean, dejando de lado cualquier distancia, me estrechó contra su pecho. Por un momento, el tiempo se detuvo. Sus brazos eran un refugio de calor y seguridad. Entonces, ocurrió lo impensable: me miró con una intensidad nueva, embelesado, y me besó. Fue un beso tierno, apenas un roce de labios que sabía a lluvia y consuelo.

Pero la magia se rompió cuando él se apartó, con el rostro desencajado por el arrepentimiento. Sus disculpas me dolieron más que la muerte de mi mascota. Hui de allí con el corazón encendido y avergonzado, y desde entonces, ese silencio se convirtió en un muro entre nosotros.

El vibrar de mi teléfono sobre la mesa de cristal me devolvió al presente. Al ver el nombre en la pantalla, el aire se quedó atrapado en mis pulmones.

—Princesa, muchas felicidades por tu cumpleaños… —Su voz llegó a través del auricular, profunda, sexy, con esa vibración que siempre me hacía flaquear las piernas.

—¡Gracias, Dean! —respondí, intentando que mi voz no sonara tan ansiosa como me sentía—. ¿Vendrás esta noche a la disco?

Hacía dos años que no nos veíamos. Dos años en los que él se había convertido en un hombre de veintitrés, mientras yo contaba los días para dejar de ser "la niña". Su negativa me cayó como un balde de agua fría: trabajo, exámenes, proyectos con mi hermano Owen. Excusas lógicas que se sentían como dagas.

—Te prometo que pronto iré a verte —añadió, y aunque sus palabras fueron dulces, me dejaron con un vacío que solo el azul claro de mi vestido de fiesta pudo llenar horas más tarde.

***

A las diez de la noche, me miré al espejo. El vestido azul, cruzado en la cintura, resaltaba mis curvas con unos zapatos altos color crema y la cadena de plata que mi mamá me había regalado brillaba contra mi piel. Me solté el cabello, dejando que las ondas cayeran por mi espalda, y bajé las escaleras sintiéndome, por primera vez, dueña de mi propio destino.

Eran las diez de la noche cuando bajé las escaleras camino al estacionamiento en busca de mi nuevo coche que me regaló mi padre por mi cumpleaños.

La discoteca era un caos de luces y música pulsante. Mis hermanos y amigas gritaron "¡Sorpresa!" y por un momento logré sumergirme en la celebración.

Lo que nunca me imaginé que mi mejor amiga Sophia me tenía en la fiesta globos, pastel y hasta un enorme globo con el número dieciocho en grande.

─ ¡Chicos a disfrutar! ─exclamé emocionada…

Después de unas cuantas copas y haber bailado varias veces con casi todos los chicos, me senté a descansar y tomar un poco de aire, ajena a que Paul me asechaba como si fuera una presa lista pasa ser devorada.

Paul era muy guapo, alto, cabello marrón, ojos oscuros, piel blanca, boca carnosa y con una personalidad muy posesiva. El representaba todo lo que yo quería dejar atrás: una relación de un año marcada por sus celos posesivos y su insistencia asfixiante por llevarme a la cama antes de que yo estuviera lista. Se acercó con dos tragos y esa sonrisa de conquistador que ahora me resultaba repulsiva.

—Salud por nosotros y nuestro futuro —murmuró, acortando la distancia con una confianza que no le pertenecía.

Justo cuando intentaba invadir mi espacio personal, una voz que reconocería entre un millón cortó el aire como un látigo.

—Feliz cumpleaños, hermosa.

Me giré, y el corazón me dio un vuelco. Dean estaba allí. Parecía un modelo recién salido de una revista: el cabello corto por los lados, una camisa que se ajustaba a sus hombros anchos y esos vaqueros que parecían esculpidos sobre su cuerpo. Se veía... peligrosamente sexy.

—Me dijiste que no podías venir, tonto —le dije, subiendo las manos a sus mejillas mientras lo abrazaba. Él me entregó una cajita azul. Dentro, una pulsera de plata con una piedra verde que imitaba exactamente el color de mis ojos.

—Lo escogí pensando en ti, preciosa —susurró al oído, y su aliento me provocó un escalofrío que no tuvo nada que ver con el aire acondicionado del lugar.

El Estallido

La tensión subió de tono cuando Ed Sheeran comenzó a sonar. Dean me tomó de la cintura, pegándome a él, guiándome en un baile lento que nos aisló del resto del mundo. Sus labios rozaron mi cuello y juré que podía derretirme allí mismo. Pero la noche aún guardaba un giro violento.




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