Leonor se fue junto a su esposo al día siguiente. Aunque sintió una breve tristeza al despedirse de su madre y los criados, el hastío que profesó la antigua condesa al ofrecerle partir con ella, la fortaleció de esperanzas. Después de todo, su madre no habría hecho diferencia, ya se sentía sola en casa estando ella o no.
Su nuevo esposo se mostraba distante, ninguna conversación de por medio. Bien por él, pero ella no era de quedarse sin lengua por largo rato.
—Allí hay otras esposas... —carraspeó—. Eh, hmm, ¿cómo debería llamarle?
Rudof la miró ceñudo.
—Como desee. —«¿Cómo debería decirle?», pensó seriamente. Primera vez que tenía un esposo, y nunca su madre la dejo tener un cachorrito... ¿Cómo le llamaría a un cachorro? —. Retiro mi palabra, no me gusta esa mirada.
—Hay algo malo con mi mirada, ¿debo cambiarla?
—¿Qué? ¡No! No es lo que... Olvídalo.
—Está bien, lo pensaré en otro momento.
—¡¿Qué pensará en otro momento?! —Se alteró.
Leonor se encogió de hombros corriendo la cortina del carruaje. Ujum, tendría una mañana soleada.
—¿Leonor?
—Su nuevo nombre, por supuesto.
Rudof visiblemente se relajó y soltó un suspiro de alivio. ¿Cambiar la mirada? ¡Sería una desgracia! Sus ojos eran un deleite que deseaba apreciar. Un chocolate claro e intenso. Antes de perder tal regalo, se cortaría un dedo de la mano que usa la espada.
Ajena a los pensamientos de su esposo, Leonor se fijaba en sus vestiduras; el guerrero vestía ropas simples con botas altas, en el brazo la banda de la casa Undeeh: dos rosas azules con espina encontrándose en la parte delantera. Ella también llevaba una parecida.
—Mi nombre es Rudof, puede llamarme cómo le plazca: Sir, esposo, querido, cariño, amor, mi hombre... —Con cada sugerencia la joven cambiaba de expresión de sorpresa a nerviosa. El rostro de Leonor se ruborizó. Él al notar su incomodidad, se apresuró a decir—: o simplemente Undeeh.
«Undeeh es un tanto formal», pensó.
—¿Querido?
Rudof golpeó el techo repentinamente y el coche frenó. Se bajó del carro y antes de ir a por su caballo, le dijo fuerte y claro:
—Llámame querido, es la mejor opción.
—Tienes razón, querido.
Rudof casi sonrió de la satisfacción, en cambio, asintió y siguió el resto del camino a caballo. Un respiro más cerca de ella y le exigiría todos los apelativos cariñosos que se le ocurriera. Y lo peor es que ella lo tomaría como un deber de esposa.
Qué curiosa mujer. Esperaba lloriqueo, malas caras, mirada de odio. Nada de eso, aparte de la ira del día anterior, la chica se mostraba expectante. Y si se atrevía a creerlo, diría que estaba emocionada, pero era demasiado esperar que fuera el caso.
Después de todo, estaba unida a un salvaje.
Soltó una magnífica carcajada. ¡Increíble! Que sería lo próximo, lo esperaba con ansias. Esa cachetada y el toque de su boca del día anterior lo hizo desvelarse con una sonrisa de idiota. Los soldados que iban centrados en el camino desenvainaron las espadas, atentos. Y al notar que no había peligro lo miraron fijamente, incluso, uno se cayó de la montura viéndole pasar y soltó una oración de protección. Quizás los rumores sobre él perdiendo la cordura en la última batalla eran ciertas, pues, desde entonces, el general no paraba de soltar risas de la nada o participando en los entrenamientos hasta dejarles las manos en carne viva. Anteriormente, no hacía ninguna acción que lo hiciera humano.
Todos oraban a diario para que su atención se centrara en su reciente esposa, por mucho, mucho tiempo.
La tercera parte del camino se recorrió sin ningún problema.
Los aldeanos que veían pasar la caravana de doce hombres se apartaban o se ponían de puntilla tratando de ver más allá de la ventanilla del carruaje lo valioso que escoltaban. Muchos reconocieron al general y se inclinaban con respeto, otros le lanzaban miradas mordaces haciéndole saber lo que le haría si se descuidaban.
Separar la cabeza del cuerpo de sir Rudof Undeeh valía una bolsa gorda de oro. Una deliciosa recompensa para los simpatizantes de los rebeldes.
Al caer el sol, agotados y con el sudor resbaladizo por los rostros, organizaron los carros en un cuadrado y montaron guardia los primeros dos soldados, otros dos se encargaron de la leña adentrándose en el bosque y dos mujeres jóvenes comenzaron a juntar carne y condimentarla. Se veían tan concentradas en la cena que llamaron la atención de su nueva señora.
Leonor ya las conocía de antes, aunque no se atrevió a platicar con ellas en ese entonces. Ahora era diferente. Dio el primer paso al sentarse frente ellas en un trozo de árbol que le había proporcionado unos de los soldados. Ya que no le fue dado ningún trabajo como a los demás, decidió aprender de su cocina ¿Qué le gustaba comer a los bárbaros montañeses?
En las semanas que estuvo en el castillo su padre le ordenó permanecer en la alcoba comiendo pan y avena. Solo cuando el sir la llevó a sus aposentos y la obligó a comer cordero con variadas verduras, o pollo asado, fue la excepción. Sin embargo, en esa ocasión la comida le supo a ceniza. Igual no recordaba gran cosa de lo consumido, otras cosas demandaban su diligencia.