Por Tu Traición

Prólogo

Las carcajadas de felicidad eran contagiosas cuando Esther leyó el positivo de su embarazo en aquel papel.

La doctora la abrazó descubriendo en ella aquella ansias de ser madre que la impulsaron a gritar de alegría, aplaudir e inspirarse a saltar como una niña.

Lo que muchos no sabían es que ella y su esposo tenían siete años esperando por tan hermoso regalo de Dios.

—Es tan hermoso ver en tus ojos el milagro de la vida —dijo muy conmovida su medico— tu esposo estará muy feliz de esta noticia.

—¡Si, claro que sí, ya no quiero ni imaginar su emoción! ¡Él ha estado tan pendiente como yo…deseando a nuestro bebé!

—Los hombres  esperan con ansias  su primogénito, y tú Esther, hoy le darás la gran noticia, espero que la felicidad reine aún más en tu hogar.

—¡Amen doctora, estoy tan feliz! ¡Nunca imaginé sentirme así, mi esposo muere por ser papá... contagió sus ganas en mi y solíamos desearlo tanto, ahora ya es una realidad, ya está en mi barriga! ¡No aguanto las ansias de decírselo, vieras todo los planes que hemos hecho juntos, nuestro bebé será un niño feliz...!

Aquellas palabras eran mágicas, Esther se dirigió hacia las empresas llevando con ella el brillo de la ilusión y el sueño de la eterna felicidad familiar.

—¡Hola chica hermosa!  ¡Hoy estoy tan feliz, que te regalaré uno de mis nuevos diseños! —dijo sorprendiendo a la secretaria de su esposo mientras se dirigía hacia su oficina.

—¡Señora, por favor, no entre! —dijo la secretaria al verla pasar sin detenimiento — ¡No puede entrar allí señora, su esposo….! ¡Dios mío!

Los ojos de Esther al entrar  se llamaron de lágrimas, su sonrisa se congeló y una amargura se adueñó de su corazón.

Las manos arrugaron aquel papel que para ella era importante y lo apretó en el puño saliendo de ella una rebeldía en cada una de  sus palabras.

—¡Yo no merezco ésto Damián! —el hombre se sobresaltó quedando totalmente fuera de control en sus erradas palabras, cerró su braga ante la lujuriosa amante que no paraba de reír.

—¡Esther, cariño, no es lo que tú  crees! — dijo  procurando alcanzarla mientras Esther caminaba hacia atrás mostrando unas constantes náuseas—  ¡Déjame explicarte…mi amor!

—¡No! ¡Noooo! ¡No me expliques, no quiero que me expliques nada! — tapó  sus oídos con ambas manos— ¡Me la pagarás Damián, te lo juro que me la pagarás!

—¡Escúchame mi amor! 

Ella volteó a correr dando los alargados pasos que deseaba dar en aquella reacción tan determinante, y Damián salió detrás de ella, de inmediato, pero no logró  alcanzarla, solo logró  ver cerrar el ascensor en donde Esther dejaba ver su rostro decaído en una amargada tristeza.

Sin pérdida de tiempo el  marcó el número  llamando a su guardaespaldas y éste no dudó en responderle.

—¡Dígame señor!

—¡Mi esposa está bajando, detenla! ¡Detenla,  no la dejes ir…o te quedas sin trabajo! 

—¡Sí señor, ya la ví! —el guardaespaldas guardó su teléfono y salió a su encuentro.

—¡Señora Sotomayor, detengase, su esposo....

—¡Apártese de mi camino! — gritó Esther sintiéndose acorralada— ¡Auxilio, este hombre me hace daño! ¡Auxilio!

De inmediato se detuvo un transeúntes y con el fueron llegando varios y el hombre fue cuestionado,  ella corrió en medio de la confusión hasta el estacionamiento abordando su auto.

—¡¿Qué les pasa?! — gritó determinante el hombre— ¡Sólo quiero ayudarla…es la mujer de mi jefe!

Lo detuvieron por seguridad y el guardaespaldas no pudo cumplir con la petición de su jefe.

—¡¿En dónde está mi mujer?! — gritó Damián enfurecido apareciendo en medio de la nada  y viendo a su guardaespaldas tratando  de sacudirse a la gente.

—¡Logró escapar, señor…! — gritó lleno de vergüenza— ¡Ella hizo que esta gente me detuviera...!

—¡Pues síguela y  encuéntrala ya...!

El hombre pareció un león atrapado en un laberinto cuando las palabras de Esther hacían eco en su agitada cabeza.

 

 

 

 

 

 

 




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