"Si hubiera sabido que ese momento era el comienzo del final, habría abrazado más fuerte al primo que conocía, antes de que comenzara a irse poco a poco."
Después de aquel día, nada volvió a ser igual.
Joshi ya no era el mismo de antes. El chico que siempre hacía reír a todos ahora permanecía en silencio la mayor parte del tiempo. Cada vez que lo veía, notaba cómo su sonrisa se apagaba un poco más. Intentaba convencernos de que estaba bien, pero había algo en su mirada que decía todo lo contrario.
Los días pasaban lentamente y, aunque parecía que comenzaba a recuperarse, algo dentro de mí seguía diciéndome que nada estaba realmente bien.
Nunca imaginé que el tiempo se nos estaba acabando.
Martes 21 de mayo de 2019.
¿Cómo olvidar ese día?
Aquella noche habíamos asistido a un evento en la iglesia de mi abuela. Después de varias semanas sin verlo, por fin volvería a estar con Joshi.
Cuando llegamos, lo vi de pie junto a mi tía y mi tío.
Se veía mucho mejor.
Su rostro ya no reflejaba tanto cansancio y, por primera vez en mucho tiempo, sonreía como antes.
Corrí hacia ellos con una enorme sonrisa.
—¡Hola, tía! ¡Hola, tío! ¡Hola, Joshi!
—¡Hola, Hanna! —respondieron los tres casi al mismo tiempo.
No parecía haber nada fuera de lo normal.
El evento comenzó y todos disfrutaban del servicio, pero por alguna razón yo no podía concentrarme. Sentía un peso extraño en el pecho, una inquietud que no lograba explicar.
Era como si mi corazón intentara advertirme de algo.
Intenté ignorarlo.
Pensé que solo estaba siendo exagerada.
Ojalá hubiera sido así.
Cuando el evento terminó, Joshi y yo salimos a sentarnos afuera de la iglesia. La noche estaba tranquila; apenas se escuchaban algunas conversaciones y el sonido de los grillos.
Por un momento todo volvió a sentirse como antes.
—¿Cómo te sientes? —le pregunté mientras lo observaba.
Él sonrió.
—Mucho mejor.
Y, por un instante, le creí.
Comenzó a hacer las mismas bromas de siempre, esas que lograban sacarme una sonrisa incluso cuando intentaba hacerme la seria.
En ese momento pasó una muchacha muy bonita frente a nosotros.
Joshi la siguió con la mirada hasta que desapareció.
—A esa sí me la doy... —dijo riéndose.
Lo miré con los ojos bien abiertos.
—¡Joshi! ¡Por Dios! Respeta, estás en la iglesia.
Él soltó una carcajada.
—Ay, vamos, pulga. No me vas a decir que no está bien bonita.
No pude evitar rodar los ojos.
—Bueno... eso sí. Pero igual compórtate.
Los dos comenzamos a reír.
Era una risa sincera.
De esas que nacen sin esfuerzo.
De esas que uno cree que va a poder escuchar toda la vida.
Después de un rato llegó el momento de irnos.
Nos levantamos casi al mismo tiempo.
Sin decir mucho, nos abrazamos.
Un abrazo sencillo.
De esos que parecen uno más entre tantos.
—Adiós, Joshi... —le dije.
Él sonrió.
—Adiós, mi pulguita. Te veo otro día.
—Sí... nos vemos.
Nos soltamos.
Él caminó hacia su familia.
Yo caminé hacia la mía.
Ninguno de los dos sabía que ese sería el último abrazo que compartiríamos.
Ninguno imaginó que aquellas serían las últimas palabras que escucharíamos el uno del otro.
Si hubiera sabido que ese sería nuestro último encuentro, habría detenido el tiempo.
Lo habría abrazado un poco más.
Le habría dicho cuánto lo quería.
Porque nadie nos enseña que los "nos vemos" también pueden convertirse en despedidas para siempre.
Los días continuaron como si nada hubiera pasado.
Yo seguía con mi rutina, sin imaginar que, mientras el mundo seguía girando, el mío estaba a punto de detenerse.
Entonces llegó el sábado.
Un día que, sin que yo lo supiera, marcaría el inicio de la peor etapa de mi vida.
Ni mi mamá ni yo sabíamos lo que estaba ocurriendo.
La noticia tardaría dos días más en llegar.
Y cuando llegó...
Nada volvió a ser igual.
El lunes amaneció como cualquier otro.
El sol salió, fui al colegio y todo parecía completamente normal.
Pero aquella tarde, al regresar a casa, descubriría que ese abrazo, aquella risa y ese simple "te veo otro día" se convertirían en el recuerdo más doloroso de toda mi vida.