Porque a ti

CAPITULO 5- LA NOTICIA

"Éramos solo dos niños. Nunca imaginamos que un día los recuerdos se convertirían en el único lugar donde aún podríamos encontrarnos."

El lunes por la mañana desperté como cualquier otro día.

La alarma sonó a la misma hora de siempre. El uniforme seguía doblado sobre la silla. El olor del desayuno llenaba la casa mientras mi mamá me apuraba para no llegar tarde al colegio. Afuera, el mundo continuaba exactamente igual.

O, al menos, eso creía.

Hay días que parecen completamente normales. Días que uno vive sin prestarles demasiada atención. Días que pasan desapercibidos... hasta que, años después, descubres que ese fue el último día de tu antigua vida.

Caminé hacia el colegio pensando en los exámenes, en las tareas pendientes y en las conversaciones que tendría con mis amigos durante el recreo. Reí. Presté atención a algunas clases. Me quejé de lo aburrido que había sido el día.

Mientras yo seguía con mi rutina...

La vida ya estaba escribiendo una historia que ninguno de nosotros estaba preparado para vivir.

Si alguien me hubiera dicho que ese sería el último día en el que conocería la tranquilidad, no le habría creído.

Porque uno siempre piensa que las tragedias les ocurren a otras personas.

Nunca imagina que un día tocarán la puerta de su propia casa.

Cuando sonó la campana de salida, regresé caminando con una sonrisa. Pensaba en lo que haría por la tarde y en lo aburridas que habían estado las clases.

Qué extraño resulta recordar esos pensamientos tan simples cuando sabes que, apenas unos minutos después, todo dejaría de importar.

Abrí la puerta.

Y el silencio me recibió antes que mi mamá.

Ella hablaba por teléfono.

No sabía con quién estaba hablando, pero bastó con verla para comprender que algo no estaba bien.

Su voz temblaba.

Sus manos apenas podían sostener el teléfono.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas que luchaban por no caer.

Nunca la había visto así.

Sentí un nudo en la garganta.

Un miedo inexplicable comenzó a recorrerme el cuerpo.

Esperé en silencio hasta que terminó la llamada.

Cada segundo parecía una eternidad.

Cuando finalmente colgó, levantó lentamente la mirada y me observó.

Nunca olvidaré aquella expresión.

Hay miradas que anuncian una tragedia incluso antes de pronunciar una sola palabra.

Respiró profundamente.

Como si intentara reunir el valor necesario para romperme el corazón.

Entonces dijo las palabras que cambiarían mi vida para siempre.

—Hanna... Joshi desapareció.

El tiempo se detuvo.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Que el suelo bajo mis pies había dejado de existir.

Que mi corazón había olvidado cómo seguir latiendo.

—¿Qué...? No... eso no puede ser... —respondí casi sin voz, esperando que todo fuera un horrible malentendido.

Mi mamá negó lentamente con la cabeza.

Y ese pequeño movimiento terminó de destruir la esperanza a la que me aferraba.

—Sí, cariño... Joshi desapareció.

En ese instante mi mundo se vino abajo.

No era solo mi primo.

Era mi mejor amigo.

Mi compañero de aventuras.

La persona con la que crecí.

Quien conocía todos mis secretos y había estado presente en cada uno de mis recuerdos más felices.

¿Cómo alguien simplemente desaparece?

¿Cómo una persona puede salir de casa...

...y nunca regresar?

Miles de preguntas comenzaron a llenar mi mente.

Ninguna tenía respuesta.

No lloré.

No delante de mi mamá.

Porque llorar significaba aceptar que aquello era real.

Y yo todavía esperaba que el teléfono volviera a sonar.

Que alguien dijera que todo había sido un error.

Que Joshi estaba bien.

Que simplemente se había perdido.

Que volvería a casa sonriendo, como siempre.

Pero esa llamada nunca llegó.

Y el silencio comenzó a responder todo aquello que nadie quería aceptar.

Esa noche me encerré en mi habitación.

Fue entonces cuando el dolor dejó de ser un pensamiento.

Y se convirtió en lágrimas.

Lloré hasta que ya no tuve fuerzas.

Hasta que respirar comenzó a doler.

Recordé cada promesa que nos habíamos hecho.

Cada tarde jugando.

Cada carrera.

Cada broma que solo nosotros entendíamos.

Cada conversación.

Cada instante que compartimos creyendo que la infancia sería eterna.

Y, sobre todo...

Recordé el último día que lo vi.

Nunca imaginé que ese sería nuestro último adiós.

Si lo hubiera sabido...

Lo habría abrazado más fuerte.

Le habría dicho cuánto lo quería.

Habría intentado detener el tiempo, aunque solo fuera un minuto más.

Pero nadie sabe cuándo será la última vez que verá a la persona que ama.

Simplemente ocurre.

Y después solo quedan los recuerdos... y los "si hubiera".

Esa noche terminé dormida entre lágrimas, abrazando los recuerdos como si así pudiera traerlo de vuelta.

A la mañana siguiente fuimos a casa de mi tía.

El ambiente era completamente distinto al que siempre había conocido.

Aquella casa, donde antes se escuchaban risas, ahora estaba envuelta en un silencio insoportable.

Las paredes parecían guardar el eco de la desesperación.

El aire pesaba.

Hasta respirar resultaba difícil.

Mi tía apenas podía mantenerse de pie.

Con la voz quebrada comenzó a contarle a mi mamá todo lo que había sucedido.

—El sábado 25 lo mandé a la tienda a comprar unas cosas... Era un recorrido de solo unos minutos. Salió de la casa como cualquier otro día... pero nunca llegó a la tienda... y nunca volvió.

Sus palabras hicieron que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo.

Nadie entendía cómo era posible.

Los vecinos aseguraban que no habían visto nada extraño.

Nadie escuchó un grito.

Nadie vio un vehículo sospechoso.



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En el texto hay: familiares, desaparecido, desaparición

Editado: 02.08.2026

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