"Cada año pasa, pero siempre hay una vela que en silencio sigue esperándote."
El tiempo nunca se detuvo.
Los días siguieron convirtiéndose en semanas.
Las semanas en meses.
Y, sin darnos cuenta, llegó el primer cumpleaños desde que desapareciste.
1 diciembre
Diciembre ya no es igual.
llego tu cumpleaños y nada se sentía como una celebración había un dolor en el pecho porque en lugar de que estes soplando velas… estamos buscándote
ese día me sentía terrible no deje de llorar haciéndome la misma pregunta ¿dónde estás?
Quedamos en ir a la casa de la abuela a pasar el día, aunque sabíamos que tu no estabas ahí
Cuando llegamos los tíos ya estaban ahí mi abuela, aunque a ella también le dolía preparo un almuerzo y compro un pastel.
Mi tía sostenía la foto entre sus manos con tanta fuerza que parecía tener miedo de perder también ese último pedazo de ti.
Mi tío apenas hablaba.
Solo observaba la puerta una y otra vez.
Como si su corazón se negara a aceptar que ese día terminaría sin verte llegar.
Entonces llegó el momento de apagar las velas.
Todos guardaron silencio.
Nadie sabía qué hacer.
¿Quién debía pedir el deseo?
¿Quién debía soplar las velas?
Después de unos segundos que parecieron eternos, mi tía cerró los ojos.
Con lágrimas corriendo por su rostro, susurró:
—Solo quiero que mi hijo vuelva a casa.
No pidió dinero.
No pidió salud.
No pidió nada para ella.
Solo pidió volver a abrazarte.
Aquel deseo rompió el corazón de todos.
Ese día comprendí que los cumpleaños ya nunca volverían a ser iguales.
Con el paso del tiempo llegaron más cumpleaños.
El mío.
El de mi mamá.
El de mis primos.
El de mi tía.
Y cada uno tenía el mismo vacío.
Siempre faltaba alguien para completar la fotografía familiar.
Siempre había un abrazo que no podíamos dar.
Siempre existía una vela que, en silencio, seguía esperándote.
Muchas personas creen que el dolor disminuye con los años.
Quizá algunas heridas sí cicatrizan.
Pero hay ausencias que aprenden a vivir con nosotros.