Con tu despedida
te convertiste en un recuerdo
que nunca aprendió a irse.
Se sintió cómo un sueño
donde prometimos quedarnos,
antes de que el destino
nos arrebatara el tiempo.
Puse una lápida a tu recuerdo,
no porque nos creyera muertos,
era la única forma
para que, aun lejos,
siguieras en mis pensamientos.
Le conté nuestra historia a la Luna;
la hice prometer que te cuidaría,
yo no puedo gastar otra vida en hacerlo.
Déjame besar el viento...
quizá, en su frío, aún conserve tu aliento.
Piensa en mí cuando roce tu cuello.
Conoces bien mis ruinas,
bésalas cuando quieras abrazarme.
Déjame reposar sobre tu tumba;
cúbrete con mis cenizas.
Déjame morir
en la herida de tu recuerdo.
Y si aún deseas volver, no tardes...
que aún te espero,
donde el tiempo se volvió eterno.
Porque al final los dos morimos,
a la espera de un regreso.
Con la última rosa
negra, oscura cómo aquellos tiempos.
Entrelacémonos en la misma tumba;
que esto se vuelva eterno,
para que, por fin, dejemos de dolernos.