Cuando la fortaleza de hielo me cubrió por completo sabía que venía mi final, que Nézereth lo había conseguido, o al menos eso pensaba.
El hielo llegó sin visar, envolviéndome poco a poco como si el mundo hubiera decidido cerrarse sobre mí sin necesidad de explicaciones. Primero fue el silencio, después el frío que avanzaba por todo mi cuerpo con una calma cruel. No intenté luchar. Supe, sin necesidad de palabras, que Nézereth ya había tomado mi decisión.
El aire se volvió pesado casi imposible de respirar, y no fue solo por el hielo cerrándose a mi alrededor, sino porque entonces lo vi. Entre el blanco cruel de la fortaleza entre las sombras alargadas el invierno, estaba mi hijo. No sé cuánto tiempo llevaba allí ni en que momento Nézereth lo había traído, solo supe que sus ojos buscaban con demasiada desesperación.
Mi corazón se rompió antes que el mundo.
No quise que me viera así. No quise que ese fuera el último recuerdo que guardara de mí, mi cuerpo atrapado, mi voz ausente, mi derrota expuesta ante él como una lección que nadie debería aprender. Intenté tranquilizarle, diciendo su nombre, pero el hielo ya me había robado incluso eso.
Fue ese dolor absoluto el que me abrió la herida.
Algo dentro de mi se aferró a un recuerdo, no al más feliz ni al más luminoso, sino al primero, al instante exacto que todo empezó a derrumbarse. Cuando aún era una niña y no sabía ponerle nombre al miedo.
Tenía doce años aquella noche y la luna se alzaba en el cielo con un tono rojo que jamás había visto antes. Recuerdo haber sentido que algo no estaba bien incluso antes de que la tierra comenzara a temblar, 3con violencia, sino como si respirara con dificultad. Los centauros del clan se movían inquietos, sus cascos golpeaban el suelo en un ritmo desordenado y los adultos hablaban en voz baja, evitando mirarme.
Yo no entendía que estaba ocurriendo. Solo sentía que el aire se había vuelto más frío, que el cielo parecía demasiado bajo y que tenía una sensación extraña en el pecho que em oprimía.
Nos habían enseñado que había cosas que debían permanecer intactas, objectos antiguos que tenían un poder que exigía un precio que nadie debería pagar. La piedra negra era una de ellas. Siempre había estado ahí como si llevara siglos esperando que alguien cometiera el error de escucharla.
Esa noche dejó de estar donde debía.
No vi el momento exacto en que fue tomada, pero sentí la reacción del mundo como si me atravesara el cuerpo. El frío llegó de golpe, colándose en el bosque y bajo la piel. Y el cielo se tensó hasta parecer a punto de romperse. Mis piernas flaquearon y caí de rodillas, convencida de que no tenía fuerzas paras seguir, fue entonces cuando apareció el calor.
El hielo avanzó después, ajeno a todos, extendiéndose como una sombra que no pertenecía a nuestro hogar, y aún así el calor permaneció como coraza evitando la congelación. El calor me aislaba del grito que parecía surgir de todas partes. Sentí las lágrimas del mundo llorando por algo antiguo que acababa de perder para siempre.
El recuerdo se desvaneció cuando el frio regreso. Con más fuerza. Arrastrándome de nuevo al presente. El
hielo ya empezaba a entumecerme y sentí la última llama que permanecía en mi interior alejándose, atravesando una grieta invisible que separa lo que fue de lo que aún pude ser, buscando otro corazón, otro lugar donde arder sin consumirse. Y antes de que el hielo cerrara mis ojos, sonreí, porque supe con una certeza que no había tenido en mi vida que el mundo aún no estaba perdido.
El fuego había elegido. Y esta vez, no sería yo quien lo protegiera.