Portadora de las llamas del origen

Capítulo 2 - Fuego

—¡Ya estoy aquí! —exclamó Mar, jadeando mientras se apoyaba en el marco de la puerta del portal.

—¡Ya era hora! ¡Siempre acabamos llegando tarde! —replicó Anna con una sonrisa burlona.

Estaba apoyada en su moto, con esa presencia que siempre imponía sin proponérselo. Llevaba su clásico uniforme de motorista: chaqueta ancha con refuerzos en los hombros, pantalones pitillo negros y el inseparable casco oscuro en la mano. Alta, de curvas marcadas, su rostro afilado tenía algo de modelo de portada. Evocaba a Rihanna en el tono cálido de su piel, en el corte del cabello, en las lentillas verdes que ocultaban sus verdaderos ojos. Su pelo, corto y negro como la obsidiana, era tan característico como su actitud.

—¡Vamos! —le lanzó el casco rojo caoba mientras se subía a la moto—. ¡Cada mañana la misma historia!

Mar asintió con una sonrisa y se colocó el casco. Pero antes de subirse, volvió la vista hacia el interior del edificio.

Mar asintió con una sonrisa y se colocó el casco. Antes de subirse, volvió la vista hacia el interior del edificio, y entonces lo vio: el mismo chico de antes, apoyado en el rellano, observándola en silencio. Sus miradas se cruzaron y, por un instante, el mundo pareció detenerse. Había algo inquietante en su forma de estar allí: firme, inmóvil, como si no tuviera prisa… como si supiera que acabarían volviendo a encontrarse. Tras unos segundos que se le hicieron eternos, él se dio media vuelta y subió las escaleras sin decir una palabra.

Un escalofrío recorrió la espalda de Mar.

El rugido de la moto rompió la tensión. Mar se acomodó detrás de Anna y apenas tuvo tiempo de sujetarse antes de que acelerara como si la ciudad fuera solo para ellas.

—¡Anna! ¡Llevas a alguien detrás! —rió Mar, aferrándose con fuerza.

—¡No seas aguafiestas! —gritó Anna, divertida, mientras se colaban entre coches y semáforos.

El tirón de velocidad, la ráfaga de aire, la descarga de adrenalina sacudiéndole el pecho… Por un instante, Mar se permitió olvidar el sueño, la mirada del chico, el nudo que aún sentía en el estómago.

Poco después, la moto redujo la velocidad y el rugido del motor se apagó frente al instituto. Mar soltó el agarre poco a poco, dejando que la adrenalina se disipara mientras se quitaba el casco y respiraba hondo.

—Oye —dijo Anna al bajarse y apoyarse en la moto—, ¿qué vas a hacer por tu décimo sexto cumpleaños?

Mar asintió sin responder de inmediato. Había alzado la mirada, distraída, y entonces lo vio.

Pero Mar no la escuchaba.

Había alzado la mirada y se había quedado fija en un grupo de chicos que no recordaba haber visto antes. Eran cinco. Todos vestían ropa oscura; algunos llevaban gorras, otros mascarillas. Y todos —sin excepción— la observaban.

Otro escalofrío.

—¡Mar! ¡Te estoy hablando! —Anna le dio un codazo.

—¿Quiénes son? —preguntó sin apartar la vista.

—¿Ellos? —rió Anna—. Llevan aquí tanto tiempo como nosotras. Aunque… —ladeó la cabeza—. El de la gorra oscura no me suena de nada.

Mar sintió cómo el rostro se le encendía.

Volvió a mirarlos. Eran atractivos, imposibles de pasar por alto. Pero no era eso lo que la inquietaba, sino la sensación densa que la rodeaba, como si supieran algo que ella aún no estaba preparada para entender.

Entraron al edificio entre risas y empujones suaves.

—¡Mar! —la llamó una voz desde una mesa. Era Callum—. ¿Verdad que me dejas comparar mis respuestas con las tuyas?

—Vaya forma más sutil de decir “¿me dejas copiar?” —bromeó Anna.

Callum era su amigo desde primero de la ESO. Y aunque solía depender de su inteligencia para salir del paso, Mar nunca le negaba ayuda. Buscó el cuaderno sin mirar… y se equivocó.

Callum lo abrió y se quedó inmóvil.

El dibujo del centauro, las llamas, la luna roja.

—¿Esto es…?

Mar reaccionó al instante, le arrebató el cuaderno y lo cambió por el de matemáticas.

—Perdón…

Callum la observó unos segundos más de lo normal, como si hubiera querido decir algo, pero finalmente guardó silencio.

Entonces, la puerta del aula se abrió y la profesora entró acompañada por alguien. Mar no necesitó levantar del todo la vista para sentirlo. Era él. El chico de la gorra oscura. Su presencia atravesó el aula con una calma inquietante, como si aquel lugar no le perteneciera y, aun así, todos tuvieran que apartarse para dejarle pasar.

—Buenos días. Sentaros, por favor —anunció la profesora—. Hoy se incorpora un nuevo alumno. Lucas viene de Estados Unidos.

Mar alzó la mirada. Ahora, de cerca, su presencia era imposible de ignorar: piel oscura, ojos almendrados de un verde intenso, facciones marcadas, inexpresivas. Había algo en él que parecía más viejo que su edad. Algo fuera de lugar.

—Lucas, las gorras no están permitidas en el aula.

Se la quitó con desgana, dejando al descubierto un cabello negro azabache y una cicatriz que cruzaba desde la ceja hasta el borde del ojo.



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En el texto hay: magia, enemytolovers, romantasy

Editado: 18.07.2026

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